
El ballet cubano mantiene viva su tradición entre apagones, escasez y sacrificios cotidianos
LA HABANA, 29 sept — Cada día puntualmente el primer bailarín del Ballet Nacional de Cuba, Dani Hernández, se sube a una motocicleta eléctrica, algo peligroso para quien depende de no tener lesiones, para llegar a su clase de danza.
A veces, luego de una noche de apagones, calor y mosquitos que lo obligan a dormir en la terraza como a sus vecinos del edificio en el que vive en el barrio habanero de El Vedado.
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La Habana, 29 de septiembre de 2026.— Para los bailarines del Ballet Nacional de Cuba, las exigencias comienzan mucho antes de entrar al salón de ensayos. Llegar a tiempo, descansar lo suficiente y mantener el cuerpo preparado se han convertido en desafíos diarios en una isla donde los apagones y las dificultades del transporte también condicionan la actividad artística.
El primer bailarín Dani Hernández encarna esa realidad. Según el reportaje de Andrea Rodríguez para The Associated Press, cada día utiliza una motocicleta eléctrica para trasladarse a sus clases, un medio que implica riesgos para alguien cuya carrera depende de evitar lesiones. En ocasiones emprende el recorrido después de pasar la noche en la terraza de su edificio, en el barrio habanero de El Vedado, buscando alivio al calor y a los mosquitos durante los cortes de electricidad.
Hernández, de 37 años, combina su trayectoria sobre los escenarios con la dirección de la Escuela Nacional de Ballet, institución que prepara a nuevas generaciones de bailarines. “Nosotros trabajamos con el cuerpo”, explicó a AP, al describir las dificultades de afrontar largas jornadas de ensayo sin haber descansado adecuadamente. Su experiencia refleja el esfuerzo que exige sostener la disciplina profesional en medio de las carencias.
Las dificultades también afectan a quienes comienzan su formación. AP recoge el caso de Roxana Pérez de la Mora, una estudiante de 14 años que debe levantarse antes del amanecer y recorrer unos 20 kilómetros para llegar a la escuela. La preparación de los futuros intérpretes transcurre así entre las exigencias académicas y los obstáculos de la vida cotidiana.
Otros reportajes muestran cómo la compañía ha adaptado su funcionamiento. Una información publicada por Diario Libre en junio, con testimonios recogidos por AFP, señaló que la falta de combustible había obligado a reservar los autobuses del ballet para los días de función. Los ensayos se habían reducido a cuatro horas diarias para ahorrar electricidad y facilitar el regreso de los artistas a sus hogares.
En ese trabajo, la solista Laura Kamila Rojas, de 25 años, relató las dificultades para cubrir los cinco kilómetros entre su vivienda y la sede de la agrupación. Los apagones nocturnos interrumpían su descanso, pero la joven mantenía su compromiso con los ensayos y las presentaciones.
La directora y primera bailarina Viengsay Valdés destacó entonces la necesidad de mantener activos a los intérpretes: una interrupción prolongada obliga a recuperar después la preparación física. El respaldo del público acompañaba ese esfuerzo, con funciones que reunían a numerosos espectadores en el Teatro Nacional, cuya sala dispone de unas 2,000 butacas, y horarios ajustados a la disponibilidad eléctrica.
La continuidad de las presentaciones quedó reflejada también en una crónica de EFE publicada por 14ymedio en mayo. La compañía llevó al escenario La magia de la danza, una selección de pasajes de obras como Giselle, El Cascanueces, Don Quijote y El lago de los cisnes, en un período de dificultades para la programación cultural cubana.
Detrás de esa perseverancia existe una tradición de casi ocho décadas. Fundado en 1948 por Alicia Alonso junto con Fernando y Alberto Alonso, el Ballet Nacional de Cuba fue declarado Patrimonio Cultural de la Nación en 2018. Ese reconocimiento abarca también su repertorio, archivos y documentos, un legado cuya continuidad depende del trabajo cotidiano de maestros, estudiantes y bailarines que siguen preparándose para levantar el telón.
Fuente: AP
