El color de nuestra pobreza

José Luis Taveras

Caracas, Río de Janeiro, Medellín y La Paz, por citar ciudades latinoamericanas, exhiben, casi con arrogancia, sus barrios marginados. La pobreza, como bandera del atraso, se alza en las serranías de sus periferias. Cuando las visitamos, el mensaje urbano es categórico: «no escondemos lo que somos».

Los cerros de Caracas, las favelas de Río de Janeiro y las chabolas de Medellín se superponen a las torres de sus grandes centros. Esos conglomerados están ahí, amontonados e inertes, como epitafio viviente que denuncia una historia de negaciones sociales.

Esa indigencia urbana es la que se esconde en los recovecos de otras ciudades planas (Buenos Aires, Ciudad de México o Santo Domingo), durmiendo bajo los puentes, a orilla de los ríos, al filo de los riscos, de espaldas a los muros o a unas cuantas esquinas de los núcleos históricos.

América Latina crece en hacinamiento urbano, con cerca de 310 urbes de más de 250,000 habitantes y el 82 % de la población viviendo en las ciudades: cerca del 93 % de los venezolanos, el 92.5 % de los argentinos y uruguayos, el 90.6 % de los brasileños y el 89.3 % de los chilenos. Esa inmigración trastorna, carga y enreda la vida colectiva.

Pero, a pesar de compartir carencias, nuestra pobreza urbana es folclórica en hábitat, cultura y convivencia. Así, la vivienda que la cobija se levanta con bloques de cemento y láminas de zinc. En cambio, en las construcciones sudamericanas predominan los techados en tejas y las estructuras de ladrillo. Las casuchas de nuestros barrios se pintan con diversas tonalidades tropicales, dándole claridad y contraste al paisaje, a diferencia del ladrillo, material que le imprime un tono uniforme pero mustio al ambiente.

En cierta ocasión participé en un foro sobre Vivienda y Pobreza. Recuerdo la intervención de un urbanista chileno que, entre otras impresiones, destacaba los variados matices de las viviendas barriales como uno de los factores que aporta la sensación de «pobreza feliz» en las islas del Caribe. La vistosidad, asimetría y diversidad de nuestros barrios retratan de esta manera el carácter jovial y relajado de sus pobladores.

El entendimiento emocional que se trenza entre habitante y entorno es tan dependiente que en no pocas ocasiones he escuchado decir a compatriotas residentes en países nórdicos (pero procedentes de barrios dominicanos) que se sienten deprimimos por la fría uniformidad de la arquitectura y la opacidad de las viviendas. «Yo me pierdo y me confundo a cada rato, aquí todas las casas se parecen», me comentaba doña Mercedes, una dominicana que prestaba servicio doméstico en la casa de un viejo amigo en Ridgefield, New Jersey. O tal vez cuando Temo Balbuena, dependiente de una bodega en el Bronx, repetía con frustrado deseo: «Tengo 29 años aquí y no me acostumbraré al orden, llevo por dentro el reguero del barrio».

El equilibrio, la simetría y la uniformidad son extraños al hábitat suburbano dominicano, dominado por el colorido y la desarmonía. Es tan así que a la mayoría de los complejos multifamiliares construidos por el Gobierno, a poco tiempo de ser entregados, sus habitantes le hacen marquesinas, cercan con verjas las unidades de los primeros pisos, forran de hierro las ventanas, pintan a discreción los balcones, levantan anexidades para explotarlas como colmados o bancas de apuestas; en definitiva, «ordenan» su convivencia en el caos a través de la degradación ambiental. Cada uno recrea la vida de todos a su particular manera.

Otra de las notas sociales del barrio es lo que he llamado la «cultura de la intemperie». La rutina de sus parroquianos se desenvuelve fuera de la casa: en las aceras, en el patio trasero, en las galerías o en la calle; espacios que usan para jugar dominó, poner música, trabajar, compartir y hasta trasegar murmuraciones. Las altas temperaturas durante el año, las estrecheces de los espacios interiores, la conexión con el entorno y hasta la contemplación como ejercicio lúdico validan así un fenómeno del que apenas tomé conciencia cuando un extranjero me expresó su extrañeza por la cantidad de gente que «vive afuera» de sus propias casas.

Somos, como nación, un gran barrio adaptado más de lo necesario a su ruda sobrevivencia, que busca y halla lo llevadero en las escaseces, le da ritmo a sus infortunios y pinta de vida su maltrecho cobijo, contando los días en cada sol y suspirando, en cada sueño, su futuro.

Somos, como nación, un gran barrio adaptado más de lo necesario a su ruda sobrevivencia, que busca y halla lo llevadero en las escaseces, le da ritmo a sus infortunios y pinta de vida su maltrecho cobijo, contando los días en cada sol y suspirando, en cada sueño, su futuro.

Diario Libre

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