El dilema Washington-Puerto Príncipe

Juan Guiliani Cury

La decisión del Consejo de ministros de Haití, que preside Ariel Henry, sacudido por la crisis de inestabilidad y el magnicidio del presidente Jovenel Moise, el 7 de julio 2021, ha solicitado la intervención militar extrajera a territorio haitiano. La intervención sería difícil materializarse, sí la propuesta no está en la agenda de los intereses estratégicos de Washington. Nos explicamos. La última presencia miliar en Haití terminó en 2017 con el retiro de las fuerzas combinadas de la Organización de las Naciones Unidas conocida en inglés como MINUSTASH o cascos azules. Esta presencia militar permaneció 11 años en labores de seguridad y prevención ante la inestabilidad política, social y de violencia por la que atravesaba la vecina república. La MINUSTASH terminó siendo acusada de distintas transgresiones a la población durante su permanencia en territorio haitiano. Desde violaciones a mujeres hasta permitir que la peste de la colera se introdujera en esa parte de la isla Hispaniola con un resultado de más de 10,000 muertos que fueron trasmitidas por soldados nepalí del grupo militar multinacional. La ONU tampoco tiene apetito de intervenir directamente.  La otra intervención que le precedió fue el 19 de septiembre de 1994 de un desembarco de marines norteamericanos para reponer a expresidente Jean Bertrand Aristide, tumbado por un movimiento del ejército haitiano liderado por su máximo comandante Raoul Cedras. La intervención de 1994 por Washington tuvo su arrepentimiento al Aristide no responder a los deseos de la Casa Blanca de integrar un gobierno liberal de amplia base democrática que permitiera la inversión extranjera, la apertura de la economía y cesar la represión política a sus opositores. Esto no sucedió. El resto no tengo que contarle el resultado en 2004 de la salida abrupta del exsacerdote de la orden de los Salesianos del poder al exilio en la República Central Africana. La pregunta al pedido urgente de Puerto Príncipe de una intervención militar para detener las bandas armadas y restaurar el orden democrático, hasta ahora no tenemos la respuesta, pero no soy optimista, ya que el ambiente político global es ahora muy distinto y complejo que en 1994 y 2006 – 2017 en medio de una guerra entre Ucrania y Rusia y las convulsiones sistémicas en el Oriente Medio. Sabemos que sectores conservadores haitianos hace tiempo ven con simpatía una intervención norteamericana en Haití, igual en nuestro país donde ya se han pronunciado destacados líderes políticos, pensadores e intelectuales. Sin embargo, todo es posible, pero la sangre no ha llegado al rio. No creo que a Washington le guste la idea de intervenir, aunque sea con una fuerza militar limitada a Haití. La otra alternativa que entendemos factible es la vía diplomática ya mencionada anteriormente en esta columna. La acción de Washington iría a un rearmamento de la Policía Nacional de Haití y de un intenso entrenamiento a su oficialidad y agentes para combatir a los grupos armados ilegales bajo un esquema de asistencia militar de largo plazo.  Apúntelo. 

Fuente Listín Diario       

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