El efecto barbecue

Carmen Imbert Brugal

aquí. Pena de la vida para quien mencionara la inexistencia del Estado haitiano. Paradoja incomprensible que arriesgó la estabilidad en nombre de la osadía de ocasión.

La sentencia dictada por el Tribunal Constitucional, el día 23 de septiembre del año 2013 provocó un inusitado conflicto. Dimes y diretes expusieron la catadura de unos y otros y de poderosos titiriteros.

Fueron devaluados conceptos como patria y soberanía. El malinchismo se adueñó de la sesera de prominentes ciudadanos.

Aquello de la representación dominicana en foros internacionales denunciando la falacia de la apatridia, está en el archivo de la infamia criolla.

En nombre del autoritarismo alternativo, los jefes del grupo decidieron quién es racista y quién no.
Son los únicos que pueden pautar el alcance de la vinculación de la República Dominicana con Haití. Retorcer los hechos y desoír a los dolientes.

No reaccionaron cuando Daniel Supplice, entonces embajador de Haití en el país, declaró:
“Nosotros somos los responsables de lo que sucede con nuestros compatriotas. Si no somos capaces de proveer identificación a nuestros ciudadanos, en nuestro propio país, no veo cómo podríamos haberlo hecho afuera…”
Mentís contundente al peligroso discurso de la frivolidad mercenaria.

El embajador comentaba el fracaso del “Programa de Identificación y Documentación de los Inmigrantes Haitianos”. El revés impedía inscribirse en el tan vilipendiado Plan Nacional de Regularización de Extranjeros.

Difícil la situación cuando no pueden acusar de xenófobos a los haitianos que, desde hace décadas, denuncian algo más que el Estado fallido.

Elitistas y descalificadores prefieren los foros académicos de ultramar para no contaminarse con la miseria. Tampoco se acercan a los guetos. Miran “el pequeño Haití” como si fuera un mercado de pulgas.

Es mejor la solidaridad desde el ático o mirando, entre volutas de humo, el océano Atlántico.
Desde lejos, analizan mejor el prejuicio. Recitan el credo inexpugnable de la victimización y la expoliación, sin posibilidad de réplica.

Más cerca de la estirpe Duvalier que del hambreado colectivo, anhelan la seguridad que los “toton macoute” garantizaban. El terror les permitía paseos esporádicos por las callejas de la historia, con olor a pachulí y adobo de sangre.

Apostaron por el Cambio, lucharon para conseguirlo. El Cambio los premió, fue generoso.
Omitieron la discusión de la política migratoria, definida en el programa de gobierno del PRM, en relación a Haití. Pensaron que una cosa es el texto, otra la ejecución.

Sin embargo, la contingencia obliga a ejecutar lo establecido como propuesta.
Basta leer en el capítulo “La política exterior del gobierno del Cambio”, los acápites dedicados a “la gestión migratoria” y al “control de la frontera para la gobernanza migratoria”.

Ahí está plasmada la decisión de “estricto control territorial del flujo de personas y bienes en la zona fronteriza”. También está, la reiteración de “la plena soberanía del Estado dominicano en la definición de su política migratoria”.

Hoy, esos cabecillas de la devoción haitiana, eluden el tema. Su convicción piadosa ha sido alterada por un decreto. Jimmy Cherizier los calla ahora. Su reino no es el de Barbecue.

Descalificadores prefieren los foros académicos de ultramar

No hicieron caso al embajador Daniel Supplice

Jimmy Cherizier los calla ahora. Su reino no es el de Barbecue

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