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lunes, 3 de agosto de 2026
El espejismo del outsider y el peligro de votar con la rabia

El espejismo del outsider y el peligro de votar con la rabia

·2 de agosto de 2026·44

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La política mundial ha descubierto en las últimas dos décadas un personaje que antes era la excepción y hoy amenaza con convertirse en la regla: el outsider. El término, tomado del inglés, define a quien llega desde fuera del sistema político tradicional, sin una trayectoria partidaria consolidada, presentándose como la antítesis de "los mismos de siempre". Es el candidato que vende la idea de que, precisamente porque nunca ha gobernado ni ha formado parte de la clase política, está mejor preparado para arreglar lo que esa misma clase ha dañado.

La fórmula, hay que reconocerlo, ha dado resultados electorales. Ahí están Javier Milei en Argentina, Nayib Bukele en El Salvador —aunque luego construyó su propio aparato político—, Jimmy Morales en Guatemala, Pedro Castillo en Perú o, en buena medida, Gabriel Boric en Chile, cuya irrupción rompió el esquema tradicional de partidos. En Europa también abundan los ejemplos, desde el Movimiento Cinco Estrellas en Italia hasta Emmanuel Macron en Francia, quien edificó un movimiento político prácticamente desde cero para conquistar el Palacio del Elíseo.

El fenómeno no surge por generación espontánea. Es hijo legítimo del desencanto.

Cuando las promesas se incumplen una y otra vez; cuando el ciudadano siente que trabaja más para vivir peor; cuando la delincuencia avanza más rápido que las patrullas; cuando el costo de la vida se dispara mientras el salario permanece clavado al piso; cuando la desigualdad sigue creciendo y la protección social parece diseñada para otros, el terreno queda perfectamente abonado para que aparezca un vendedor de milagros.

República Dominicana no está inmunizada frente a esa realidad.

Las encuestas vienen reflejando un creciente desinterés por participar en los procesos electorales. Muchos ciudadanos ya no sienten entusiasmo por votar. No creen en los partidos. No creen en los discursos. No creen en las promesas. Y cuando la confianza desaparece, el voto deja de ser una esperanza para convertirse en un castigo.

Ahí es donde entra en escena el outsider.

Las redes sociales hacen el resto. Ya no hace falta construir liderazgo durante veinte años recorriendo comunidades, estudiando administración pública o aprendiendo a negociar consensos. Hoy bastan millones de seguidores, algunos videos virales, una dosis abundante de insultos, un enemigo común y la promesa de resolver en seis meses lo que lleva décadas sin solución.

Es una especie de fast food político: rápido, atractivo, barato... y con muy poco valor nutritivo para la democracia.

Paradójicamente, República Dominicana tampoco puede presentarse como un Estado fallido. Ha celebrado elecciones libres durante más de medio siglo, mantiene estabilidad democrática, registra crecimiento económico sostenido, ha reducido indicadores de pobreza y desempleo y conserva instituciones que, con todas sus imperfecciones, siguen funcionando.

Pero eso no significa que la población esté satisfecha.

Persisten apagones en un país con capacidad instalada suficiente para cubrir la demanda, lo que revela las enormes ineficiencias del sector eléctrico. El salario fijo continúa perdiendo poder adquisitivo frente al alto costo de la vida. Los servicios públicos muestran profundas debilidades y amplios sectores sienten que el progreso macroeconómico nunca llega a la mesa de su casa.

Ese divorcio entre las cifras oficiales y la realidad cotidiana constituye el mejor combustible para quienes ofrecen soluciones mágicas.

Y aquí aparece el caso que hoy comienza a ocupar conversaciones, redes sociales y hasta vallas publicitarias: Santiago Matías, conocido como Alofoke.

Que alguien con enorme influencia en las plataformas digitales aspire a participar en política es perfectamente legítimo. La Constitución no reserva la actividad política para una élite. Lo preocupante no es el derecho a aspirar, sino la peligrosa ligereza con la que algunos parecen asumir que administrar un Estado es apenas una extensión de administrar un canal de YouTube.

Gobernar un país no consiste en acumular reproducciones, convertir los insultos en tendencia o medir liderazgo por la cantidad de comentarios en una transmisión en vivo.

Resulta inquietante observar cómo ya aparecen vallas promoviendo esa figura, incluso cuando la Junta Central Electoral ha prohibido expresamente la promoción política fuera de los plazos establecidos. Más desconcertante aún es el aparente silencio frente a una publicidad que contrasta con la rapidez con que, en el pasado reciente, el organismo actuó para ordenar el retiro de otras vallas de promoción política.

La ley no puede tener algoritmos. O se aplica para todos o termina convirtiéndose en un contenido patrocinado.

No se trata de satanizar a Alofoke ni de descalificar por anticipado cualquier aspiración ciudadana. Se trata de advertir que el enojo jamás ha sido un buen arquitecto del futuro.

Porque una cosa es castigar a los partidos tradicionales y otra muy distinta es entregar el timón de la República al primer influencer que prometa cambiarlo todo mientras convierte la política en un espectáculo permanente.

Al final, el outsider suele venderse como un salto hacia adelante. El problema es que, demasiadas veces, termina siendo simplemente un salto... al vacío.

Y quizás por eso, cuando alguien observó aquella valla en la carretera entre Bávaro y Macao y exclamó con resignación: "Estamos jodíos", no estaba haciendo un análisis político. Estaba retratando el estado de ánimo de una sociedad que corre el riesgo de confundir el desencanto con el criterio y la rabia con el voto.

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