
El Espejo de la Ciudad
Por Milton Olivo
Cuentan que, hace muchos años, existía un municipio hermoso llamado Costa del Faro. Tenía parques, avenidas, escuelas, mercados llenos de vida y una alcaldía que trabajaba todos los días tratando de mantener la ciudad en orden.
Sin embargo, había un problema. Algunos no estaban satisfechos. Si una calle tenía un hoyo, todos culpaban al alcalde. Si un parque necesitaba pintura, culpaban al alcalde. Si un imbornal se tapaba, culpaban al alcalde. Y si el tránsito se congestionaba, también culpaban al alcalde. Cada mañana, en algún lugar del municipio algún vecino repetía:
—"¡Este alcalde no sirve!"
El alcalde escuchaba en silencio. No respondía. Simplemente seguía trabajando. Un día llegó al pueblo un anciano de larga barba blanca. Nadie sabía de dónde venía. Solo pidió sentarse bajo un gran árbol y observar la vida de la comunidad. Después de varios días comenzó a caminar por las calles. Encontró un hombre que, al terminar de beber un refresco, lanzó la botella plastica a una cañada.
—¿Por qué hiciste eso? —preguntó el anciano.
—Porque para eso está el Ayuntamiento; que la recojan ellos. Respondió.
Más adelante vio a una señora colocar una funda de basura en el suelo, justo al lado de un contenedor completamente vacío.
—¿Por qué no la puso dentro señora? —preguntó.
—Porque el personal de la alcaldía la recogerá. –respondió-.
Continuó caminando. Observó varios vehículos estacionados a ambos lados de una calle estrecha. El paso apenas permitía circular un automóvil. Horas después, escuchó a los mismos conductores decir:
—¡Qué alcalde tan malo! ¡Miren estos tapones!
El anciano siguió recorriendo el pueblo. Llegó al Palacio Municipal y pidió conocer las cuentas del Ayuntamiento. Entonces descubrió algo que lo sorprendió. De cada cien familias que recibían el servicio de recogida de basura, solo 5 familias pagaban los arbitrios municipales.
El presupuesto del ayuntamiento apenas alcanzaban para mantener funcionando los camiones, pagar el combustible, reparar los equipos y recoger miles de toneladas de residuos cada semana. El alcalde quería comprar nuevos camiones. No había dinero. Quería reparar todos los parques. No alcanzaban los recursos. Quería construir más aceras y contenes. El presupuesto era insuficiente.
Al salir del Ayuntamiento, el anciano reunió a todo el pueblo en la plaza. Llevaba consigo un gran espejo. Sin decir una palabra, comenzó a llamar a cada vecino. El primero llegó indignado.
—Enséñeme al culpable de que su barrio esté sucio. –dijo. Y antes de que el vecino hablara…..
El anciano levantó el espejo. El hombre vio su propio rostro. Llegó otro.
—Muéstreme quién provoca los tapones.
El anciano volvió a levantar el espejo. Y el hombre vio su propio rostro.
Una señora preguntó:
—¿Quién tiene la culpa de que el Ayuntamiento no haga más obras?
Otra vez apareció el espejo. Y los reunidos se vieron en él.
La multitud comenzó a murmurar. Entonces el anciano habló.
—Ustedes creen que una ciudad se construye solamente por el alcalde? Se equivocan. Las ciudades también se construyen con ciudadanos. Cada basura lanzada al suelo cuesta dinero. Cada imbornal tapado consume recursos que podrían invertirse en parques, calles o iluminación. Cada vehículo mal estacionado fabrica un tapón nuevo. Cada persona que recibe servicios públicos y decide no pagar los arbitrios reduce la capacidad del Ayuntamiento para servir a todos.
Después hizo una pausa.
—No digo que los alcaldes sean perfectos. También se equivocan y deben rendir cuentas. Deben administrar con honestidad, eficiencia, transparencia y visión de futuro. Esa es su responsabilidad.
Luego señaló nuevamente el espejo.
—Pero la responsabilidad de una ciudad nunca pertenece solamente al alcalde. Pertenece también al ciudadano. Al hombre que decide respetar las normas. A la mujer que deposita la basura donde corresponde. Al ciudadano que paga sus arbitrios. Al conductor que no bloquea una calle. Al vecino que protege el parque como si fuera el jardín de su propia casa.
Solo entonces la multitud comprendió algo que nunca había pensado. Mientras todos exigían derechos, muy pocos hablaban de deberes. Mientras todos señalaban al Ayuntamiento, casi nadie examinaba su propia conducta. Mientras buscaban culpables, olvidaban que cada ciudadano escribe, con sus acciones diarias, una parte de la historia de su ciudad.
Desde aquel día ocurrió algo extraordinario. Las calles comenzaron a mantenerse limpias por más tiempo. Los imbornales dejaron de obstruirse con tanta frecuencia. Los tapones disminuyeron en las vías publicas. Más ciudadanos empezaron a cumplir con sus arbitrios municipales. Y el Ayuntamiento, con mayores recursos y una ciudadanía más comprometida, pudo hacer mucho más por el pueblo.
El anciano se marchó una mañana, sin despedirse. Solo dejó el gran espejo en la plaza. En su marco había una frase grabada:
"Antes de preguntarte qué hace tu alcalde por la ciudad, pregúntate qué haces tú por ella."
Porque una democracia madura no nace únicamente de buenos gobernantes. Nace, sobre todo, de buenos ciudadanos. Y cuando ambas responsabilidades se encuentran, los pueblos prosperan.
Con la bendición de Dios, toda nación puede alcanzar un desarrollo verdadero cuando comprende que el bien común no es obra solamente de la autoridad, sino el resultado del compromiso de cada uno de sus ciudadanos.
El autor es escritor, ensayista, novelista y pensador social dominicano
