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miércoles, 28 de octubre de 2026
El gran reto: Elecciones Estados Unidos 2026

El gran reto: Elecciones Estados Unidos 2026

·28 de octubre de 2026·6
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Por Braulio A. Rojas

El próximo 3 de noviembre se celebrarán las elecciones de medio término en Estados Unidos. Aunque no se trata de una elección presidencial, estos procesos suelen convertirse en una especie de referendo sobre la gestión del presidente de turno. Sin embargo, considero que las elecciones de este año podrían tener consecuencias que van mucho más allá de quién controle el Congreso, con implicaciones para la estabilidad política estadounidense, la economía mundial y el orden geopolítico.

Durante su campaña, Donald Trump prometió reducir el costo de vida de los estadounidenses y contribuir a poner fin a los conflictos entre Rusia y Ucrania y en Oriente Medio. Sin embargo, los resultados están lejos de aquellas promesas. El costo de vida continúa preocupando a las familias, mientras la política exterior de Washington ha generado nuevas controversias, particularmente por la intervención militar contra Irán.

En mi opinión, abrir otro frente de confrontación en una región tan sensible no tiene ni pies ni cabeza. Sus consecuencias no se limitan al terreno militar. Las tensiones sobre el suministro de energía, el transporte y el comercio terminan afectando a consumidores y empresas alrededor del mundo.

A lo anterior se suman los aranceles y las políticas migratorias restrictivas. Los primeros encarecen numerosos productos importados, mientras que las segundas pueden reducir la disponibilidad de trabajadores en sectores como la agricultura y la construcción. Ambos factores generan presiones inflacionarias que, combinadas con el aumento de los combustibles, afectan directamente el bolsillo de los ciudadanos.

Las encuestas reflejan que la economía y el costo de vida ocupan un lugar central entre las preocupaciones de los estadounidenses. La llamada guerra cultural, que ha sido uno de los pilares del discurso político de Trump, parece haber perdido protagonismo frente a una realidad mucho más cotidiana: cuánto cuesta comprar alimentos, pagar la vivienda o llenar el tanque de gasolina.

El gran reto

En un artículo anterior planteé que el primer mandato de Trump demostró que la institucionalidad estadounidense estaba por encima de los deseos o apetencias de un individuo. Sin embargo, los acontecimientos posteriores a las elecciones presidenciales de 2020 dejaron al descubierto vulnerabilidades que no debemos subestimar.

Mi preocupación no es solamente que Trump pueda cuestionar unos resultados electorales desfavorables, como ocurrió en 2020. Es que una disputa electoral termine convirtiéndose en una confrontación entre la Presidencia, el Congreso, los tribunales y las autoridades estatales, provocando una crisis institucional de consecuencias impredecibles.

Recordemos que en Estados Unidos las elecciones son administradas principalmente por los estados. Aunque existen mecanismos legales para revisar y certificar los resultados, una controversia prolongada, acompañada de acusaciones de fraude sin evidencias suficientes, podría profundizar la desconfianza ciudadana en el sistema democrático.

A esto se suma la posibilidad de que un nuevo Congreso intensifique sus investigaciones y fiscalización sobre el Poder Ejecutivo, generando enfrentamientos con la Casa Blanca. Los desacuerdos entre poderes son normales en una democracia. El verdadero problema comienza cuando una institución desconoce las facultades constitucionales de otra o se resiste a cumplir sus decisiones.

Tampoco podemos ignorar la responsabilidad de los partidos políticos. La defensa de la institucionalidad no puede depender de quién gane o pierda. Republicanos y demócratas tienen la obligación de respetar las reglas democráticas, aceptar los resultados debidamente certificados y resolver sus diferencias dentro del marco constitucional.

Me gustaría equivocarme, pero considero que las tensiones postelectorales podrían representar una de las pruebas institucionales más importantes de los últimos años. Una crisis de esta naturaleza no solamente afectaría la estabilidad interna estadounidense, sino también su credibilidad internacional y la confianza de sus aliados.

En definitiva, el gran reto del próximo 3 de noviembre no será simplemente determinar quién controla el Congreso.

Será comprobar si la democracia estadounidense conserva la capacidad de resolver sus diferencias y demostrar que sus instituciones están por encima de los intereses de cualquier individuo o partido político.

Porque la verdadera fortaleza de una democracia no se demuestra cuando todos están de acuerdo, sino cuando, aun en medio de profundas diferencias, sus protagonistas respetan las mismas reglas.

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