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viernes, 25 de septiembre de 2026
El lujo de lo antiguo

El lujo de lo antiguo

·25 de septiembre de 2026·4

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Por Marino Beriguete

Hay una edad en que las casas empiezan a parecerse demasiado entre sí. Los mismos muebles claros, las mismas lámparas discretas, los mismos comedores sin historia, elegidos según una tendencia que mañana será sustituida por otra. La modernidad doméstica tiene una extraña virtud: renueva los espacios y, a veces, borra las huellas.

En mi casa hay un viejo comedor que mi mujer y mis hijas quisieron cambiar. Yo me negué. Quizás por terquedad, quizás porque uno termina defendiendo ciertos objetos sin saber todavía por qué. Hoy mi hija mayor, arquitecta, mira una mancha de tinta sobre aquella mesa y recuerda que la hizo mientras estudiaba su carrera. De pronto, el desperfecto dejó de ser una mancha. Pasó a ser una fecha.

Mi hija pequeña encontró recientemente, en casa de su abuela, una mesa antigua comprada antes de que ella naciera. Le gustó. La misma mesa que tiempo atrás mi mujer había apartado para dar paso a una nueva. Ahora la mira de otro modo. Parece que los años también educan la mirada.

Se habla mucho del “Old Money”, de la elegancia heredada, del gusto por aquello que envejece bien. Pero yo sospecho que el verdadero lujo de lo antiguo tiene menos que ver con el estilo que con la memoria. En una vida matrimonial de cuarenta años, muchas cosas fueron compradas con sacrificio. Cada silla, cada librero, cada lámpara conoció una etapa de nosotros.

Todavía lamento haber regalado mi primer escritorio. Allí escribí Trece cuentos supersticiosos del Sur. Mi amigo Eddy lo conserva y, sin proponérselo, guarda una parte de mi vida.

Por eso me cuesta desprenderme de mis libros, mis libretas, mis muebles viejos. En mi novela El hombre que vuelve aparece también ese regreso a la casa, a los objetos, a la infancia.

Tal vez por eso me inquietan las casas perfectas, donde nada parece haber sobrevivido a sus dueños. Prefiero una mesa marcada, una silla reparada, una lámpara pasada de moda. En ellas permanece el esfuerzo de quienes estuvieron antes y la continuidad silenciosa de quienes siguen.

Uno envejece y descubre algo sencillo: no siempre conservamos cosas. A veces, las cosas nos conservan a nosotros.

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