
El mito del outsider: Los políticos que triunfan diciendo que no son políticos
Edhoarda Andujar
En los últimos años se ha popularizado una palabra para explicar el ascenso de prácticamente cualquier liderazgo que desafíe a los partidos tradicionales: outsider. Donald Trump, Nayib Bukele, Javier Milei, Jair Bolsonaro y, más recientemente en Colombia, Abelardo de la Espriella han sido colocados, con mayor o menor propiedad, dentro de esa categoría. Pero repetir una palabra no necesariamente convierte en correcta la explicación.
¿Son realmente outsiders? ¿O hemos terminado confundiendo tres fenómenos distintos: ser ajeno a la política, enfrentarse al establishment y construir un discurso antisistema?
La diferencia no es simplemente semántica. Detrás de ella se encuentra uno de los fenómenos políticos más interesantes de nuestro tiempo: la política se ha desprestigiado hasta tal punto que presentarse ante los ciudadanos como alguien que no pertenece a ella se ha convertido, paradójicamente, en una extraordinaria herramienta para conquistar el poder político.
Nayib Bukele, en ese sentido, constituye probablemente uno de los mejores ejemplos. Su irrupción presidencial suele presentarse como la llegada de una figura que rompió desde fuera con el bipartidismo salvadoreño. Sin embargo, su trayectoria política se desarrolló inicialmente dentro de una de las organizaciones que protagonizaron durante décadas la vida política de El Salvador: el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN).
Con esa organización fue elegido alcalde de Nuevo Cuscatlán en 2012 y posteriormente, en 2015, alcalde de San Salvador. Cuando comenzaron a tomar forma sus aspiraciones presidenciales, Bukele ya poseía experiencia electoral, administrativa y partidaria. Su enfrentamiento con la dirección del FMLN y su posterior expulsión del partido, en 2017, produjeron entonces una transformación política mucho más interesante que la simple aparición de un outsider: consiguió convertir una ruptura dentro del sistema en una identidad contra el sistema.
Ese quizás haya sido uno de los mayores éxitos políticos de Bukele: no haber llegado desde fuera, sino convencer a una parte importante del electorado de que ya no pertenecía a aquello de donde provenía.
Javier Milei representa una variante diferente. Economista, profesor y figura mediática, procedía efectivamente de fuera de las estructuras partidarias tradicionales argentinas y construyó buena parte de su notoriedad denunciando a lo que denominó “la casta”. Sin embargo, tampoco pasó directamente de los estudios de televisión a la Casa Rosada. En 2021 fue elegido diputado nacional, articuló una fuerza política, participó del sistema electoral y dos años después alcanzó la Presidencia.
Lo interesante es que su incorporación institucional a la política no modificó sustancialmente su narrativa. Milei consiguió entrar al sistema sin abandonar el discurso de estar enfrentado a él. Primero como diputado y posteriormente como presidente continuó presentándose como adversario de una comunidad política de la cual, institucionalmente, ya formaba parte.
Donald Trump ofrece otra expresión del mismo fenómeno. Cuando anunció su candidatura presidencial en 2015 explotó precisamente su condición de empresario sin experiencia en cargos públicos para presentarse como alguien capaz de desafiar a Washington. Pero tampoco era un completo extraño frente a la política estadounidense. Durante décadas había expresado posiciones políticas, realizado contribuciones a figuras y organizaciones políticas y, en 1999, se vinculó al Reform Party y exploró una posible candidatura presidencial para las elecciones de 2000. En tal sentido, Trump podía ser considerado un outsider respecto del ejercicio de cargos públicos. Difícilmente podía considerarse completamente ajeno a la política.
Un ejemplo que lleva la contradicción todavía más lejos es el de Jair Bolsonaro. Llegó a la Presidencia de Brasil en 2018 capitalizando un enorme rechazo hacia el establishment, pese a haber sido concejal de Río de Janeiro y posteriormente diputado federal durante casi tres décadas. Más que un outsider en sentido estricto, Bolsonaro fue un político profesional que consiguió presentarse electoralmente como adversario del sistema político en el que había desarrollado buena parte de su vida adulta.
El caso de Abelardo de la Espriella en Colombia posee características diferentes. Su trayectoria se ha desarrollado fundamentalmente en el derecho, los medios de comunicación y el debate público, sin una carrera convencional en cargos electivos. En ese sentido se aproxima mucho más a la figura del outsider institucional. Pero su caso obliga a plantear otra pregunta: ¿estar fuera de los partidos significa necesariamente estar fuera de la política?
Una persona puede no haber ocupado nunca un cargo electivo y, sin embargo, participar durante años en los principales debates nacionales, defender posiciones ideológicas, relacionarse con actores políticos, intervenir sistemáticamente en la discusión pública y ejercer influencia sobre sectores de la sociedad.
Por eso resulta problemático colocar bajo una misma categoría a Bukele, Milei, Trump, Bolsonaro o De la Espriella. Sus trayectorias son demasiado diferentes. Alberto Fujimori, en el Perú de 1990, se aproximó mucho más a la concepción clásica del outsider: una figura procedente fundamentalmente del mundo académico que irrumpió electoralmente frente a las organizaciones establecidas. Más recientemente, Volodímir Zelenski llegó desde el mundo del entretenimiento a la Presidencia de Ucrania sin haber desarrollado previamente una carrera tradicional en cargos públicos.
Los verdaderos outsiders existen. Lo que resulta equivocado es llamar outsider a todo dirigente que construya un discurso contra el sistema. Esto nos lleva a pensar que quizás necesitamos otra categoría para comprender mejor lo que está ocurriendo: el outsider narrativo.
El outsider narrativo no depende exclusivamente de dónde proviene el dirigente, sino de la posición que consigue ocupar en el imaginario del electorado. Su éxito consiste en establecer una frontera sencilla y políticamente poderosa: de un lado están “ellos”; del otro, “nosotros”.
Ellos son la casta. Los políticos de siempre. El sistema. Los privilegiados. Los responsables de aquello que no funciona. Frente a ellos aparece alguien que promete representar al ciudadano cansado de todos los anteriores.
Y cuando esa construcción funciona, poco importa que el candidato haya sido alcalde, diputado durante décadas, militante de un partido o participante habitual de los círculos políticos. Si consigue convencer a suficientes ciudadanos de que no pertenece a “ellos”, habrá ganado una de las batallas fundamentales de la política contemporánea: la batalla por definir quién representa al sistema y quién consigue presentarse como una alternativa frente a él.
Por eso quizás hemos estado formulando equivocadamente la pregunta. En lugar de preguntarnos por qué están triunfando tantos outsiders, deberíamos preguntarnos por qué millones de ciudadanos desean votar por alguien que parezca no ser político.
Y esa pregunta resulta mucho más incómoda para los partidos políticos y para quienes ejercemos la política.
La corrupción, las promesas incumplidas, la distancia creciente entre representantes y representados y el deterioro de la confianza en las instituciones han provocado que, para una parte de la sociedad, la experiencia política haya dejado de representar una virtud y comience incluso a convertirse en una sospecha.
Ahí encuentro uno de los grandes riesgos de nuestro tiempo.
Creo, en consonancia con una concepción profundamente arraigada en el pensamiento y la práctica política de Juan Bosch, que la política es para los políticos.
La afirmación puede resultar incómoda en una época en la que declararse enemigo de los políticos produce aplausos. Pero decir que la política es para los políticos no significa defender una élite cerrada ni sostener que solamente quienes han militado durante décadas en los partidos poseen derecho a gobernar.
Todo lo contrario.
La democracia necesita nuevos liderazgos y ciudadanos provenientes de las universidades, las empresas, las comunidades, los movimientos sociales y todos los sectores de la sociedad. Pero quien decide entrar en política tiene también la responsabilidad de formarse para ejercerla.
Porque gobernar un país no es administrar una empresa. Una nación no es una audiencia y los ciudadanos no son seguidores de una cuenta de redes sociales.
Gobernar supone comprender el Estado y sus instituciones, interpretar relaciones de poder, administrar conflictos, construir consensos, conocer la historia, comprender la economía y las relaciones internacionales, negociar intereses muchas veces contrapuestos, anticipar escenarios y tomar decisiones cuyas consecuencias pueden alcanzar a millones de personas.
Para eso no basta la popularidad.
Tampoco basta la indignación.
Mucho menos basta con identificar correctamente todo lo que funciona mal.
Identificar los problemas puede ganar elecciones; saber cómo resolverlos es lo que permite gobernar.
Esta reflexión adquiere todavía mayor importancia en países que necesitan transitar de manera sostenida por las sendas del desarrollo. El desarrollo no depende exclusivamente de encontrar un líder carismático dispuesto a romper con lo que entiende que representa el pasado. Exige instituciones, planificación, políticas públicas, continuidad, comprensión del entorno internacional y, sobre todo, capacidad política para construir acuerdos nacionales que puedan sobrevivir a los gobiernos.
Después de destruir hay que construir.
Después de protestar hay que gobernar.
Después de señalar responsables hay que ofrecer soluciones.
Y es justamente ahí donde comienza la verdadera política.
Por eso una cosa es rechazar a los malos políticos y otra muy distinta rechazar la política. Una cosa es exigir más a los partidos políticos y otra considerar que los partidos son innecesarios. Una cosa es combatir privilegios y otra convertir la ausencia de preparación política en una especie de certificado de autenticidad.
Nuestras democracias no necesitan necesariamente menos políticos. Necesitan mejores políticos.
Pero esa afirmación también obliga a mirar hacia dentro de los propios partidos. Permanecer veinte o treinta años dentro de una organización política tampoco convierte automáticamente a nadie en un político formado. Tenemos demasiados profesionales de las elecciones que nunca terminaron de convertirse en verdaderos hombres y mujeres de Estado.
Saben ganar campañas, pero no necesariamente construir instituciones.
Saben leer encuestas, pero no siempre interpretar la historia.
Saben producir consignas, pero no necesariamente políticas públicas.
Saben movilizar el descontento, pero transformar ese descontento en un proyecto de nación exige capacidades completamente diferentes.
Por eso el debate sobre los outsiders debería conducirnos finalmente hacia una pregunta mucho más importante que determinar quién viene de dentro y quién viene de fuera: ¿Está preparado para gobernar?
La pregunta vale para Milei, Bukele, Trump, Bolsonaro, De la Espriella y cualquier dirigente que aspire a conducir un Estado. Pero debe formularse con exactamente el mismo rigor a quienes llevan décadas dentro de nuestros partidos.
Porque ni ser outsider garantiza nuevas ideas y mejores prácticas, ni ser insider garantiza preparación y experiencia.
Juan Bosch concibió la política también como un ejercicio de formación. En su visión de la organización política, el partido no debía limitarse a reunir personas alrededor del objetivo de conquistar el poder, sino contribuir a formar ciudadanos y dirigentes capaces de comprender la sociedad que aspiraban a transformar. Tal vez sea esa una de las lecciones que deberíamos recuperar.
Los partidos pueden y deben renovarse creando espacios de convergencia entre experiencia, nuevas ideas y mejores prácticas. Nuevos ciudadanos tienen que incorporarse a la vida pública, sin que la edad constituya por sí misma una credencial de renovación. Las élites deben ser cuestionadas cuando dejan de representar las aspiraciones de sus sociedades. Pero el legítimo rechazo a los malos políticos no debería convertirse en desprecio por la política misma.
Porque gobernar es mucho más difícil que ganar.
Cuando termina la campaña, se apagan las consignas, disminuyen los aplausos y desaparecen los escenarios, todo dirigente termina encontrándose frente a una realidad que ninguna narrativa de outsider puede sustituir: la responsabilidad de conducir un Estado.
Al final, quizás el verdadero debate de nuestro tiempo no sea entre insiders y outsiders. Es entre improvisación y preparación.
Y sigo creyendo que, para conducir una sociedad, sortear adecuadamente sus desafíos y transitar por las sendas del desarrollo, la política necesita políticos, y los políticos necesitan formación.
