
El orgullo de Donald Trump
Por Nelson Encarnación
Durante su intervención en la 81.ª Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, habló con una satisfacción casi orgásmica sobre el éxito de la operación militar llevada a cabo en Caracas, Venezuela, el 3 de enero pasado, que culminó con el secuestro del mandatario de este país, Nicolás Maduro.
El orgullo que esta acción le genera al inquilino de la Casa Blanca tuvo su clímax cuando reivindicó el motivo principal de la operación: quedarse con el petróleo venezolano.
Del mismo modo que se le atribuyó al futuro Enrique IV de Francia la expresión “París bien vale una misa…”, pudiéramos poner en boca de Trump algo así como “Caracas (el petróleo) bien vale un baño de sangre”, partiendo de las decenas de personas asesinadas durante la operación castrense del 3 de enero.
En la intervención del mandatario se produjeron al menos dos situaciones casi alucinantes. La primera fue la reacción cuasi gélida de la presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez Gómez, cuya expresión poco empática con su anterior jefe se puso allí de manifiesto.
Pero lo peor vino después. Trump declaró que Estados Unidos no dudaría en recurrir al uso de la fuerza militar si sus intereses en la región se viesen amenazados, arenga que fue aplaudida incluso por los destinatarios de la amenaza. Insólito.
¿O los gobernantes de las naciones incluidas, sin citar ninguna, por supuesto, estaban pensando que lo dicho por el presidente Trump no les concierne aun de forma hipotética? Muy equivocados estarían.
Cuando Trump habla de “sus intereses” no se puede asumir esto como una alusión exclusiva al petróleo, sino que deben ser incluidas otras materias primas que abundan en el continente y que Estados Unidos necesita para mantener su maquinaria productiva.
Aquí caben los llamados minerales críticos o estratégicos, entre los cuales sobresalen el litio, cobalto, cobre, níquel y otros, así como ahora todos los contenidos en las denominadas tierras raras, esenciales para procesos industriales y tecnológicos complejos.
Cuando estos líderes aplaudían a Trump, los imagino pensando en Irán, o quizá en Níger, Malí, Burkina Fasso o cualquier Estado africano cuyos gobernantes nacionalistas han decidido expulsar a los colonizadores europeos que por siglos explotaron—y siguen explotando en cierta forma—a los países del continente negro. ¡Qué ilusos son!
Nelsonencar10@gmail.com
