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miércoles, 16 de septiembre de 2026
El país que está dejando de ir a las urnas

El país que está dejando de ir a las urnas

·15 de septiembre de 2026·7

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Por Felipe Carvajal de los Santos

Pocas discusiones han ocupado tanto espacio en la ciencia política del último siglo como la del ciudadano que decide quedarse en casa el día de las elecciones. Seymour Lipset y Stein Rokkan explicaron la participación a partir de los clivajes sociales que dieron forma a los sistemas de partidos; Arend Lijphart, en su discurso presidencial ante la Asociación Estadounidense de Ciencia Política, publicado en 1997, calificó la participación desigual como el dilema no resuelto de la democracia, porque quien se abstiene rara vez pertenece a los sectores mejor situados.

De su lado, André Blais dedicó un libro completo a examinar si la teoría de la elección racional basta para explicar por qué la gente vota; Mark Franklin sostuvo que la caída de la concurrencia responde menos al hastío del elector que al carácter de las contiendas mismas; Pippa Norris describió la aparición de ciudadanos críticos que adhieren al ideal democrático mientras desconfían de quienes lo administran.

En ese hilo, Dieter Nohlen recordó, desde la mirada latinoamericana, que ninguna cifra de participación se interpreta al margen del entramado institucional que la produce. La investigación presentada por la Junta Central Electoral en alianza con el Instituto Interamericano de Derechos Humanos y su Centro de Asesoría y Promoción Electoral, se inscribe en esa conversación y le aporta lo que hasta ahora faltaba en el caso dominicano: evidencia propia, reciente y verificable.

Durante décadas, la República Dominicana exhibió una de las concurrencias más altas del hemisferio, recuerdo haber escrito en 2012 un artículo que titule: «RD Marca País en Participación Electoral». Durante años los promedios históricos de abstención se movieron en una franja cómoda, situada entre el 25% y el 30%, con niveles de participación cercanos al 72%. Esa regularidad se quebró en 2020.

Aquel año (2020), la abstención presidencial llegó al 44,7% y la explicación disponible resultaba casi obvia: pandemia, restricciones sanitarias, temor al contagio y un calendario alterado por la suspensión de las elecciones municipales de febrero. La hipótesis del episodio excepcional era razonable. El problema es que 2024 la desmintió. En condiciones de normalidad social, sin emergencia sanitaria y con una competencia abierta, la abstención general se ubicó en 45,6%. Lo que se creyó una anomalía se convirtió en el nuevo piso.

Ese dato exige desagregación, y el estudio la practica con rigor. El voto interno registró una participación del 58,6%, es decir, una abstención de 41,4%, cifra elevada pero todavía comprensible dentro de una tendencia regional. La fractura verdadera está afuera. Los dominicanos residentes en el exterior representan el 10,6% del padrón, con 863,784 electores inscritos, y apenas el 19% acudió a votar. Dicho de otro modo: cuatro de cada cinco electores del exterior no participaron. Ese segmento, por su tamaño, arrastra hacia arriba el promedio nacional y produce un efecto estadístico que conviene nombrar con precisión, porque una parte del salto en la abstención global se explica por el crecimiento del padrón transnacional y no por un desplome equivalente dentro del territorio. Reconocer ese matiz no minimiza el problema; lo ordena.

El objetivo general de la investigación del IDHH/CAPEL consiste en analizar los factores sociales, políticos, económicos, culturales y logísticos que explican la abstención en el ciclo de 2024, distinguiendo convergencias y divergencias entre quienes residen en el país y quienes viven fuera. De allí se desprenden objetivos específicos que apuntan al impacto de la desafección política en los grandes centros urbanos, al peso del capital educativo y de la desinformación entre los emigrados, al papel de la Junta Central Electoral y de los partidos en la decisión de votar.

Cabe destacar aquí el contraste entre dinámicas rurales y metropolitanas, y a la percepción que tiene el dominicano del exterior sobre la relevancia de su sufragio. Seis hipótesis ordenan el trabajo ya citado: desafección democrática, insatisfacción con las candidaturas, polarización urbana, percepción de irrelevancia del voto exterior, incidencia de la desinformación y desconfianza institucional asociada a barreras logísticas.

La solidez de un estudio se mide por su método, y aquí reside una de las principales fortalezas de este trabajo que la JCE presenta como insumo que reta a los actores del sistema electoral. Se optó por una triangulación metodológica de carácter explicativo-correlacional y exploratorio-interpretativo. Según la ficha técnica, el componente cuantitativo se apoyó en una muestra de 2,535 personas, 1,535 en el territorio nacional y 1,000 en el exterior, con modelos de regresión logística para someter a prueba las hipótesis sobre desconfianza y obstáculos operativos.

El componente cualitativo trabajó con 48 participantes que se abstuvieron en 2024, mediante entrevistas a profundidad y grupos focales realizados en distintas localidades del país y fuera de él, complementados con la visión de la academia, la sociedad civil y organismos como el Tribunal Superior Electoral y la Procuraduría General de la República. Las encuestas indican cuánto; las entrevistas explican por qué. Sin ese segundo movimiento, la abstención se convierte en una estadística muda.

Evaluando la robusta estructura metodológica de la entrega, se observa que el resultado se organiza en ocho capítulos. El primero fija el marco teórico y sitúa la calidad de la democracia dominicana en clave comparada. El segundo caracteriza la participación en términos sociodemográficos y territoriales entre 2016 y 2024. El tercero levanta el perfil del abstencionista dentro y fuera del país. El cuarto examina la desafección y las percepciones ciudadanas. El quinto formula la propuesta estratégica de los llamados puentes. El sexto y el séptimo desmenuzan las barreras operacionales del voto nacional y del voto exterior. El octavo cierra con conclusiones y recomendaciones. Es una arquitectura que va de lo general a lo específico sin perder de vista la pregunta que originó todo el ejercicio.

Conviene detenerse en un hallazgo del primer capítulo, porque desarma cualquier lectura catastrofista. En un continente que acumula casi una década de retrocesos democráticos, la República Dominicana aparece en los índices de V-Dem y del Economist Intelligence Unit como un caso de profundización, un democratizador independiente que lidera el componente deliberativo.

La paradoja es evidente y merece ser discutida académicamente: mientras la democracia dominicana mejora en sus indicadores institucionales, una porción creciente de la ciudadanía se retira del acto que la sostiene. Un sistema puede perfeccionar sus procedimientos y, al mismo tiempo, perder densidad social. Poner sobre la mesa esa tensión es el gran logro del estudio.

Hay además un dato de gran valor institucional que pudiera pasar inadvertido. La confianza ciudadana en la Junta Central Electoral se mantiene en terreno positivo, alrededor del 47%, por encima de la que reciben los partidos, el Congreso y la clase política en general. Esto significa que el problema dominicano no es de credibilidad en el árbitro ni de eficiencia en la maquinaria comicial. La legitimidad técnica está ganada. Lo que está pendiente es la legitimidad social del sistema representativo, y esa no se resuelve con logística.

Que un órgano electoral promueva y acompañe una investigación capaz de escrutar su propio desempeño y el del sistema en el que opera no es un gesto menor, indica compromiso con la integridad electoral. Supone aceptar que la administración de elecciones impecables constituye una condición necesaria, aunque insuficiente, para la salud democrática. La abstención opera como termómetro: no diagnostica la enfermedad, pero indica que existe. Este estudio ofrece por primera vez un cuadro clínico completo, con cifras, testimonios y comparaciones internacionales, para que el debate deje de sostenerse en impresiones.

Prometo en los artículos que siguen en esta serie recorrer tres de sus vetas más productivas: la geografía urbana del desencanto, que desmonta buena parte de lo que creíamos saber sobre quién vota y quién no; la situación del voto en el exterior, donde la investigación acuña una fórmula difícil de olvidar, la de una ciudadanía económica sin ciudadanía política; y el nudo de la desafección, el clientelismo y las propuestas de reconstrucción del vínculo entre el elector y el Estado. La discusión apenas comienza, y comienza, por fin, con muchos datos.

Felipe Carvajal de los Santos

Politólogo- Master en Estudios Políticos Electorales Univ. de Granada -PUCMM.

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