El peso de la palabra empeñada

José Manuel Arias M.

Más allá de nuestra apreciación sobre “las jugadas” de gallos, independientemente de que nos guste o no, lo cual no es el tema que nos convoca, si algo ha sido aceptado a través de los años en varias sociedades, y la nuestra no es para nada la excepción, es que cuando quienes se desenvuelven en ese ambiente se comprometen a algo es cumplido al pie de la letra; de ahí la expresión aceptada para referirse al cumplimiento de las promesas de “palabra de gallero”.

Sin embargo existe en la esfera política una contraposición diríamos que muy lamentable a esto, llegando incluso algunos a afirmar: “ya no soy político, puedo decir la verdad”, expresión atribuida a Pablo Iglesias en España, como destaca en escrito Enrique Arias Vega. A tal punto ha llegado esto que muchos para reforzar el cumplimiento de sus promesas y el compromiso de honrar su palabra llegan a manifestar sin tapujo alguno: “yo no soy político, puedes contar con eso”, aludiendo a que al comprometerse cumplen con la palabra empeñada y que cosa contraria hacen los políticos.

Para nadie es un secreto que, aunque es obvio que nunca se debe generalizar, son muchos los casos que vemos a diario donde las promesas quedan sólo en eso, llevando incredulidad en la población e incertidumbre ante el compromiso de honrar la palabra empeñada; esto definitivamente debe ser erradicado y empujar en la dirección de honrar los compromisos asumidos y las promesas que se hacen, y esto no solo ya para los políticos, sino para todos en sentido general. Claro está, se insiste en “los políticos” en tanto son los que desde las posiciones públicas manejan el presupuesto nacional, que son recursos del pueblo, no de ellos.

Esas realidades que se dibujan en nuestras sociedades nos hacen irremediablemente recordar aquella anécdota “del dirigente nacional de un partido de visita en un pueblo para arengar a las masas”, cuando señaló: “Y haré construir un puente para cruzar el río… Entonces, el cacique local de su partido le musitó por lo bajo, angustiado: “Oiga, que aquí no hay río” y sin inmutarse, el dirigente nacional añadió: “y antes, claro, os haré llegar el rio”, y como era de esperarse, “nunca, jamás, llegó a haber río en ese pueblo y, por supuesto, tampoco el innecesario puente para cruzarlo”.

Ese ambiente no es del todo extraño en nuestro entorno, donde incluso podemos apreciar, entre otras situaciones, que el discurso desde la oposición en algunos casos es diametralmente opuesto al enarbolado  cuando se llega al gobierno, y que igualmente habiendo estado ayer en el gobierno no se hace ni por asomo o se ha hecho todo lo contario a lo que hoy se ofrece desde la oposición, y así se va creando un ambiente de asombroso abandono del cumplimiento de la palabra empeñada ante el ofrecimiento de ofertas que jamás se cumplen.

Por desdicha eso no es lo peor, pues no hay mejor escenario para un político incumplidor que un pueblo que olvida en algunos casos y que desconoce en otros, sino que lo peor en realidad es que los pueblos se vayan “acostumbrando al engaño” y no se empoderen para exigir el cumplimiento de lo prometido y “pedir responsabilidades cuando los políticos no cumplen sus promesas”.

No creemos que haya un solo dominicano de los que le da seguimiento a las promesas hechas desde la esfera oficial y desde la oposición que no haya verificado el incumplimiento de obras anunciadas y promesas realizadas, en algunos casos hasta con mucha pomposidad pero que no pasan de ser sólo eso… anuncios y promesas.

Se llega al colmo incluso de establecer fechas específicas para el inicio de obras determinadas y que no inician en la fecha indicada o que sencillamente nunca se hacen. Sin embargo hay que decir que independientemente de que se esté en el gobierno o en la oposición jamás se deben hacer compromisos con los que no se vaya a cumplir, y si es el caso hay que explicar muy bien y con meridiana claridad por qué no se ha llevado a cabo la promesa que se hizo. Si se está al frente de la cosa pública con mucha mayor razón.

Lo que sí debe quedar claro es que no es posible que se siga por estos derroteros, que no se puede seguir prometiendo lo que jamás se hizo y se pudo hacer, ni dejar de hacer lo que se prometió y se puede hacer; urge el cumplimiento de la palabra empeñada.

El autor es juez titular de la Segunda Sala del Tribunal de Ejecución de la Pena del Departamento Judicial de San Cristóbal, con sede en el Distrito Judicial de Peravia.

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