El Piro incomoda

Por Marino Beriguete
Es curioso: uno escribe sobre el Piro y enseguida aparecen los contadores de favores. Unos preguntan cuánto paga. Otros aseguran que uno se volvió su abogado. Hay quien incluso sospecha que detrás de cada artículo existe una transferencia bancaria. En este país la imaginación suele trabajar más horas que la inteligencia.
No escribo sobre el Piro porque me convenga. Escribo porque conviene entenderlo. El fenómeno no nació en una oficina pública ni en una facultad. Nació donde nacen casi todas las cosas que después incomodan: en la calle, frente a un teléfono y con gente dispuesta a escuchar.
El Piro les recuerda a muchos jóvenes que crecieron sin padrinos, aprendieron a hablar solos y descubrieron que una cámara puede ser más eficaz que un salón lleno de dirigentes bostezando mientras aplauden a un político trasnochado.
El Piro desespera a cierta aristocracia del comentario. Hay intelectuales que soportan cualquier disparate, siempre que venga citado en francés. Pero les produce alergia un muchacho de barrio diciendo verdades con acento popular. Confunden modales con talento y títulos con autoridad.
Prefiero al Piro porque no vive de contratos oficiales ni de anuncios disfrazados de periodismo. No necesita llamar a un ministro para saber qué debe decir mañana. Conserva un lujo escaso: la libertad de equivocarse sin pedir permiso.
Claro, puede exagerar, puede fallar y puede entusiasmarse demasiado. También lo hacen los políticos, con la diferencia de que ellos lo financian los contribuyentes. Esa factura nunca llega al influencer.
Lo verdaderamente incómodo no es el Piro. Lo incómodo es descubrir que miles de personas prefieren escuchar a un creador independiente antes que a quienes llevan décadas administrando micrófonos, presupuestos y solemnidades.
Que se molesten. Un escritor que procura no incomodar termina escribiendo para el mobiliario. Y los muebles jamás responden. El Piro, en cambio, provoca respuestas todos los días. Tal vez por eso algunos desean verlo callado. Yo, francamente, prefiero verlo hablando y obligándonos a pensar antes de repetir los prejuicios de siempre.
Quizás el Piro tenga razón, los verdaderos tigres están del otro lado de la acera y yo soy un simple palomo.
No’ vemos ahorita…
