
Europa bajo asedio: ¿quién mueve los hilos del miedo y la incertidumbre?
Europa parece haberse convertido en un inmenso escenario de sobresaltos, donde la tranquilidad es cada vez más escasa y el miedo comienza a cotizarse como una mercancía de primera necesidad.
Las protestas callejeras, algunas acompañadas de graves episodios de violencia, se multiplican en Francia, Italia, España, Portugal, Alemania, Suiza y Albania. Y, como si el continente no tuviera suficientes problemas, ahora aparecen amenazas de bombas en vuelos comerciales, alarmas en instalaciones públicas y operaciones de piratería informática contra altos funcionarios gubernamentales.
¿Qué está ocurriendo realmente en Europa? ¿Estamos frente a una desafortunada coincidencia de acontecimientos o existe alguna mano interesada en convertir la incertidumbre en un instrumento de presión política?
Las preguntas son legítimas. Las respuestas, sin embargo, exigen algo más que sospechas, aunque ciertas circunstancias invitan a mirar con atención hacia Moscú.
Porque hay un elemento imposible de ignorar: Europa ha tomado partido abiertamente por Ucrania frente a la invasión rusa. Y Vladimir Putin, dueño y señor del Kremlin, no se ha distinguido precisamente por su delicadeza diplomática cuando alguien contradice sus aspiraciones geopolíticas.
La guerra contra Ucrania ha dejado ciudades destruidas, numerosas víctimas civiles y millones de desplazados. Los ataques rusos contra infraestructuras energéticas y zonas habitadas han sido ampliamente documentados. Mientras tanto, Moscú habla
periódicamente de negociaciones y posibles acuerdos de paz, aunque los bombardeos parecen tener un calendario bastante menos flexible que el de sus diplomáticos.
Una curiosa manera de preparar la paz: hablar de entendimiento mientras los misiles continúan haciendo su trabajo.
Y las tensiones no terminan en territorio ucraniano.
Polonia ha denunciado incursiones de drones rusos en su espacio aéreo, mientras Dinamarca y otros países europeos han reportado incidentes con aeronaves no identificadas que han obligado a reforzar la vigilancia. Alemania, por su parte, ha investigado presuntas operaciones de sabotaje y amenazas contra infraestructuras estratégicas, incluidos objetivos relacionados con el transporte aéreo.
No todos esos episodios tienen una autoría rusa demostrada. Conviene subrayarlo, porque una cosa es investigar responsabilidades y otra convertir cada sospecha en sentencia. Pero tampoco sería sensato ignorar las operaciones de inteligencia, desinformación y guerra híbrida que las autoridades europeas atribuyen a estructuras vinculadas con Rusia.
El Kremlin, naturalmente, rechaza las acusaciones. En Moscú nunca falta una explicación para negar responsabilidades. Es una especialidad diplomática que parece funcionar incluso cuando las evidencias de determinados incidentes obligan a sus adversarios a levantar la voz.
Ahora surge otro fenómeno inquietante: falsas amenazas de bombas contra vuelos comerciales que han provocado desvíos, inspecciones extraordinarias y alteraciones en las operaciones aeroportuarias. Los reportes hablan de numerosos vuelos afectados en pocos días, aunque el balance preciso y la eventual conexión entre los incidentes requieren confirmación.
También se han registrado amenazas contra medios de comunicación y otras instalaciones europeas. Y cuando parecía que el repertorio estaba completo, apareció Italia.
La primera ministra Giorgia Meloni denunció este sábado la divulgación de datos personales de su ministro de Relaciones Exteriores y viceprimer ministro, Antonio Tajani, en la llamada internet oscura, atribuyendo la operación a piratas informáticos prorrusos.
Tajani afirmó que los responsables buscan información adicional sobre él y su familia, incluso ofreciendo dinero para obtenerla. Meloni calificó el episodio como un asunto de grave preocupación que debe enfrentarse con máxima determinación.
El canciller vinculó las amenazas con el respaldo italiano a Ucrania. La denuncia es seria, aunque todavía corresponde establecer judicial y técnicamente la identidad y las conexiones de los responsables.
¿Y quién mueve los hilos de las protestas?
Aquí aparece otra interrogante. Las manifestaciones que sacuden ciudades europeas responden a problemas reales: alto costo de la vida, pérdida del poder adquisitivo, demandas estudiantiles, conflictos laborales y rechazo a determinadas políticas gubernamentales.
En las calles coinciden sindicatos, estudiantes, trabajadores y organizaciones de izquierda y derecha, dependiendo del país y de quién ejerza el poder.
Pero sería irresponsable concluir que todas esas protestas están dirigidas desde Moscú. Una cosa es reconocer que Rusia puede beneficiarse de una Europa dividida y otra, muy distinta, afirmar que controla sus movimientos sociales. Las redes sociales facilitan la movilización, pero también pueden convertirse en instrumentos de manipulación y desinformación.
Y ahí está precisamente el peligro: que las legítimas inconformidades ciudadanas terminen siendo aprovechadas por intereses extranjeros.
La situación se complica con Donald Trump en la Casa Blanca, un presidente cuya relación política con Putin y sus diferencias con los aliados europeos han provocado frecuentes controversias. El reciente cambio en la composición del Congreso estadounidense introduce ahora un nuevo elemento de incertidumbre.
Habrá que ver hacia dónde soplan los vientos de Washington.
Europa necesita respuestas, investigaciones rigurosas y firmeza frente a cualquier agresión. Porque si cada avión necesita una escolta militar, cada ministro un ejército de especialistas informáticos y cada aeropuerto un escuadrón antibombas, alguien está consiguiendo sembrar el miedo, aunque todavía no sepamos quién dirige toda la función.
Y lo verdaderamente preocupante es que, mientras los poderosos juegan su peligrosa partida geopolítica, los ciudadanos comunes siguen pagando la cuenta.
Como siempre, los señores de la guerra discuten el menú. Los pueblos ponen los muertos.
