La Propuesta Digital
lunes, 24 de agosto de 2026
Farmear aura: cuando hasta socializar empieza a parecer una competencia

Farmear aura: cuando hasta socializar empieza a parecer una competencia

·24 de agosto de 2026·4

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Por Irina Peguero
Hay tendencias de internet que parecen simples disparates hasta que uno se detiene a observar lo que dicen de nosotros.

“Farmear aura” es una de ellas.

El término viene de la lógica de los videojuegos: farmear significa realizar acciones para acumular puntos, experiencia o recursos. En las redes, el “aura” se convirtió en una especie de puntuación imaginaria que mide qué tan cool, seguro, interesante o naturalmente carismático luce alguien.

Llegar a un lugar sin saludar demasiado: +500 aura.

Hacer algo impresionante sin aparentar esfuerzo: +5,000 aura.

Intentar verte demasiado interesante y que se note: −10,000 aura.

Hasta ahí, un meme.

Lo interesante comienza cuando dejamos de preguntarnos qué significa la palabra y empezamos a preguntarnos por qué una generación encontró tan divertido convertir la presencia social en puntos.

Porque, pensándolo bien, farmear aura no inventó nuestra necesidad de impresionar.

Antes también lo hacíamos.

El carro recién lavado frente a la casa. El equipo de música que tenía que escuchar el barrio completo. El BlackBerry colocado estratégicamente encima de la mesa. La botella, el reloj o la llave del vehículo que casualmente aparecían en aquella foto de Facebook acompañada de un inocente: “Aquí, tranquilo”.

Siempre hemos enviado señales de estatus, pertenencia, atractivo y reconocimiento.

La diferencia es la audiencia.

Antes queríamos impresionar a quienes estaban presentes. Hoy podemos estar compartiendo con cinco personas mientras, simultáneamente, construimos una versión de ese momento para otras cinco mil que no están allí.

Y ahí la tendencia deja de parecerme superficial y comienza a resultar socialmente interesante.

Porque quizás “farmear aura” traduce algo mucho más profundo: estamos aprendiendo a observarnos mientras vivimos.

Ya no solamente vivimos una experiencia. También pensamos cómo se verá.

No solamente comemos: fotografiamos lo que comemos.

No solamente viajamos: documentamos que viajamos.

No solamente salimos: demostramos que salimos.

No solamente nos divertimos: producimos evidencia de que nos estamos divirtiendo.

Incluso aquello que debería parecer espontáneo puede necesitar varios intentos hasta quedar suficientemente espontáneo.

Y eso no significa que las redes sociales sean malas ni que esta generación esté perdida. Esa sería la lectura fácil.

La lectura interesante es otra.

Por primera vez, millones de personas llevan permanentemente en el bolsillo una cámara, un escenario, una audiencia y métricas capaces de decirles inmediatamente cuánto gustó lo que hicieron.

Eso inevitablemente transforma nuestra manera de relacionarnos.

Por eso me llama tanto la atención que las llamadas “batallas de aura” lleven esta lógica incluso al encuentro físico: personas reunidas para competir simbólicamente por quién proyecta mayor presencia.

Es casi una metáfora perfecta de nuestro tiempo.

Nos juntamos, pero también nos medimos.

Compartimos, pero también nos comparamos.

Vivimos, pero también nos observamos viviendo.

Y quizás la pregunta no debería ser si farmear aura es bueno o malo.

La pregunta podría ser:

¿Cuánto de lo que hacemos nace de lo que realmente queremos vivir y cuánto nace de cómo queremos ser percibidos mientras lo vivimos?

Porque buscar reconocimiento tampoco es nuevo. Es profundamente humano.

Lo nuevo es disponer de un marcador permanente.

Nuestros “puntos de aura” quizás son imaginarios, pero nuestra necesidad de validación no lo es.

Y por eso esta tendencia, más que invitarnos a burlarnos de quienes participan en ella, podría servirnos para observar algo de nosotros mismos.

A preguntarnos cuándo dejamos el teléfono sobre la mesa.

A disfrutar una conversación que nadie va a grabar.

A vivir una experiencia que quizás nunca llegue a una historia de Instagram.

A entender que nuestra presencia no necesariamente aumenta porque más personas puedan verla.

Tal vez la gran ironía del “aura farming” sea precisamente esa:

Mientras más desesperadamente intentamos demostrar que tenemos aura, más evidente hacemos nuestra necesidad de que alguien nos confirme que la tenemos.

Quizás por eso el verdadero lujo de esta época no sea conseguir atención.

Quizás sea poder disfrutar algo sin necesitar convertirlo en contenido.

Y quién sabe…

Tal vez el verdadero aura sea no necesitar demostrar que la tienes.

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