
Guido y el outsider
Marino Beriguete
Guido Gómez Mazara habló del outsider y algunos políticos debieron sonreír. Los partidos tradicionales tienen esa costumbre. Sonríen cuando alguien anuncia el problema y convocan a su comisión política, cuando el problema ya está sentado en la sala de los hogares. Guido conoce el comportamiento de la política contemporánea. Ha pasado décadas entre campañas, convenciones, derrotas, victorias, traiciones, reconciliaciones y compañeros que se insultan por la mañana y se abrazan por la noche porque apareció una encuesta.
Por eso conviene escucharlo. Dice que existen condiciones para que un outsider pueda competir seriamente por la Presidencia. No sería extraño. Extraño sería que nunca apareciera. Hubo un tiempo en que los partidos discutían ideas.
Había intelectuales, profesores, escritores, economistas, abogados que estudiaban el Estado y jóvenes que ingresaban buscando participar en la construcción del país.
Hoy abundan los especialistas en candidaturas. Conocen todas las encuestas. Algunos no conocen ningún libro.
Los partidos fueron perdiendo intelectuales mientras ganaban estrategas comerciantes, asesores mercenarios, relacionistas públicos, influencers sin formación política y expertos de un curso de dos semanas capaces de explicar durante veinte minutos cómo conseguir votos sin mencionar una sola vez para qué quieren gobernar. Debe llamarse modernización.
También llegó la corrupción. Funcionarios investigados, contratos cuestionados, fortunas difíciles de explicar, expedientes judiciales y políticos que descubren repentinamente las virtudes del debido proceso cuando el expediente lleva su nombre.
El partido responde que siempre son casos individuales. Después aparecen otros individuos. Y otros. Hasta formar una multitud de inocentes que esperan audiencia. La gente observa. También se cansa. Y deja de creer. Entonces comienza el verdadero peligro para los partidos. No cuando pierden unas elecciones, sino cuando pierden la fe de quienes alguna vez los siguieron.
Pero nuestra sociedad tiene también sus responsabilidades. Nos quejamos de los mismos dirigentes y volvemos a buscarlos. Presidentes que ya gobernaron regresan prometiendo resolver problemas que estuvieron sobre sus escritorios durante años.
Y los escuchamos. Los aplaudimos. Hasta discutimos por ellos. Algunos defienden a un expresidente con mayor pasión que sus propios derechos. Quizá hemos confundido democracia con fidelidad.
Trump entendió el cansancio estadounidense. Milei entendió la irritación argentina. Bukele comprendió el rechazo salvadoreño hacia los partidos tradicionales. Colombia acaba de demostrar nuevamente que las estructuras conocidas pueden ser desafiadas cuando una parte importante de la sociedad decide buscar otra opción.
República Dominicana no vive detrás de un muro. Aquí también hay cansancio.
Los jóvenes no heredan necesariamente el partido de sus padres. No sienten obligación ante los viejos liderazgos. Consumen información de otra manera, desconfían de los discursos conocidos y pueden convertir en candidato a alguien que ayer solamente tenía audiencia.
Los partidos siguen contando locales, alcaldes, diputados, dirigentes y comités.Deberían contar decepcionados. Son más difíciles de fotografiar. Guido hizo bien en advertirlo. El outsider todavía puede no tener nombre o no tener partido ni estructura. Pero tiene algo mucho más importante: quienes están cansados de los que ya estuvieron. Los partidos preguntan quién será, cuándo aparecerá, de dónde vendrá. Tal vez están haciendo las preguntas equivocadas.
Porque el outsider no llegará desde afuera. Hace años que los partidos lo están fabricando desde adentro.
Y cuando finalmente aparezca, ellos mismos habrán puesto cada voto que lo llevará a poner un pie frente a la puerta del Palacio Nacional.
Demuéstrame que estoy equivocado.
