
La característica esencial de políticos dominicanos
Felipe Ciprián
Debe ser muy difícil la vida íntima de un político, sin academia y sin experiencia de Estado, donde su éxito se mide por el nivel de astucia para engañar al pueblo y su habilidad para hacerse rico junto a mafiosos.
Esos políticos son una nueva especie de lúmpenes que ponen sus habilidades al servicio de sus intereses personales, familiares, grupales, pero jamás pensando en el porvenir del pueblo, de la patria y de su soberanía.
Son pordioseros de un éxito que solo tiene sentido en un país donde la basura inunda calles, callejones, cañadas, arroyos, ríos, costas, solares, barrios, ciudades, provincias y el resto del territorio.
Líderes son de una sociedad que solo esporádicamente reacciona a la doble estafa de apagones diarios, facturas artificialmente elevadas, fiscales antifraude eléctrico persiguiendo infelices y medio país embelesado ante un supuesto “simulacro” de salvamento.
Campeones de agenciarse privilegios para vivir en un país en caos total: sin instituciones, sin respeto a las leyes, sin disuasivos, donde los privilegiados de la política viven como chivos sin corral, mientras la masa represada del pueblo cae en la tormenta de los tapones, los asaltos callejeros, la violencia, inseguridad y desesperanza.
Perdidos en lo claro
República Dominicana debe ser al día de hoy el (mi) país más conservado en alcohol y sal. Esa congelación impide que se pudra, pero lo maniata para defenderse de cualquier tipo de agresión y mucho menos para pasar a la contraofensiva.
Desde el punto de vista político y social, aquí la inmensa mayoría se ha tornado conservadora.
Desde los nazi-o-nalistas –con su inmensa carga racista– hasta los viejos socialcristianos, socialdemócratas, liberales y socialistas.
El país ha devenido en una suerte de pandilla caribeña que no piensa, no cuestiona, no reacciona y mucho menos hace resistencia a agresiones externas y subordinaciones internas. ¡Un penoso drama medioeval!
Uno de mis mejores amigos –más que mi hermano (A.M.) – sostiene que eso es igual desde el río Bravo hasta la Patagonia.
Hago constar su opinión, pero mi sufrimiento es principalmente con República Dominicana, donde mis deberes tienen la inmediatez de la tragedia social de mi pueblo, aunque con gusto pongo mis rodillas para servir a cualquier nación del mundo con igual dedicación y compromiso.
El mundo ya es otro
Mientras en República Dominicana hay una especie de competencia por demostrar quién es más conservador y genuflexo al gobierno de Donald Trump, el mundo está mostrando cambios tan dramáticos que por su naturaleza deslumbran a quienes, hartos de subordinación, no advierten la agonía de un modelo pronto a caer.
Estoy convencido de que Trump –no creo que su equipo político tenga esa sagacidad– sabe que su poder, cargado de arrogancia, tiene su tiempo contado en meses, no en años.
Sabe que perderá de forma descomunal las elecciones de medio tiempo a celebrarse el 3 de noviembre de 2026 y que desde enero de 2027 su poder no tendrá la energía con que ahora amenaza a pueblos y se apropia de riquezas y áreas de influencia.
Medio mundo debía estar viendo que la mayoría del Congreso de Estados Unidos, desde enero, no estará en manos de Trump como ahora para seguir agrediendo países, manipulando elecciones y subordinando sardinas que hoy gobiernan o aspiran a gobernar en América Latina.
Una amplia franja de senadores y representantes será apoyada por el pueblo estadounidense escogida en las candidaturas progresistas en el Partido Demócrata, que ellos mismos se llaman socialistas.
Pero la miopía política está tan generalizada o los cerebros apabullados de tal forma en República Dominicana, que el elenco político del patio sigue alineado a las políticas groseras y agresivas en la región y el mundo, como si en poco tiempo nada fuera a pasar.
Un botón de muestra
El 11 de agosto de 2026 el gobierno de Luis Abinader, actuando como cartero de correo del gobierno de Trump, expulsó a 10 diplomáticos cubanos y sus familiares del territorio dominicano.
No habiendo cometido ese personal diplomático ninguna falta, el gobierno dominicano dijo que no daría los nombres de los afectados, no explicaría motivos y daba el caso por terminado porque quería conservar las relaciones entre Cuba y República Dominicana.
El gobierno de Abinader no tomó esa decisión. No fue su iniciativa, ni siquiera su deseo y mucho menos su gusto. Hablo con conocimiento a fondo.
Pero Abinader actuó como se lo ordenó el Departamento de Estado de Estados Unidos para dar un paso más tratando de aislar a Cuba de sus vecinos más cercanos y hermanos de sangre.
Por eso aceptó la orden de expulsar a los cubanos y días después colocó al frente del Ministerio de Relaciones Exteriores a Víctor Bisonó, uno de los más connotados subordinados de las políticas trumpistas y reaccionarias en el país.
De enero en adelante, cuando todo será distinto, veremos cómo estas personas, cambiarán tan naturalmente.
Condeno la genuflexión de Abinader, su PRM y aliados –sin exclusiones de mudos–con la misma energía del silencio de Leonel Fernández, Danilo Medina, Hipólito Mejía y demás políticos que son demócratas de ocasión y conveniencia.
¿Cuáles de ellos, todos beneficiarios como gobernantes de la solidaridad cubana, han siquiera preguntado por qué el gobierno dominicano atropelló a 10 diplomáticos cubanos y a sus familias sin que nada justifique tan insolente acción?
Leonel, Hipólito y Danilo no lo harán porque son simplemente políticos, no patriotas comprometidos con su pueblo, que prefieren mil veces no disgustar a un Trump camino a su mayor derrota, que defender la solidaridad antillanista de Máximo Gómez, José Martí y Eugenio María de Hostos, con sus genuinos herederos.
Cuando el trumpismo sea historia, esos políticos se acomodarán a la nueva realidad que ahora no ven y que no están dispuestos a desafiar.
Son los corchos que prefieren flotar para no ahogarse en ningún caso.
Cuando emerja la nueva realidad y ellos vengan con su traje camaleónico, espero poder decir a los jóvenes que son todos farsantes y cobardes.
