
La fe por convicción más allá de la indiferencia y el desconocimiento
Por Gilka Melendez
Después de publicar mi artículo anterior, muchas personas me llamaron o me escribieron. En sus comentarios encontré una coincidencia que me conmovió: decían que les gustaba leerme porque percibían sinceridad en mis palabras y porque encontraban en ellas asuntos importantes que, con la prisa y las preocupaciones de la vida, a veces vamos dejando en el camino. Recibí esas expresiones con gratitud y, sobre todo, como un estímulo para seguir hablando con franqueza de aquello en lo que creo.
Con los años he aprendido a decir en voz alta cosas que antes me reservaba. Me preocupa el dolor humano, me indigna la injusticia y todavía creo que una palabra sincera puede ayudar a alguien a detenerse y mirar la vida de otra manera. Esa respuesta de tantas personas me animó a escribir sobre algo profundamente personal: mi fe.
Mi fe no nació del miedo ni de una imposición. Se formó en el hogar, cuando todavía era muy pequeña y escuchaba a mi padre leer en voz alta los Salmos. Los oí tantas veces que algunos quedaron grabados en mi memoria antes de que pudiera comprender su profundidad. Con el tiempo, aquella herencia familiar se convirtió en una convicción propia. Mi acercamiento a Dios y a la Virgen ha nutrido mi espíritu y me ha sostenido en momentos difíciles.
No pretendo tener todas las respuestas ni convencer a nadie. Cada persona recorre su propio camino. Comparto mi fe porque ha dado sentido y fortaleza a mi vida, pero también porque me exige examinar mis actos y preguntarme si existe coherencia entre lo que digo creer y la manera en que trato a los demás.
Hay quienes creen, quienes dudan y quienes no han sentido la necesidad de acercarse a Dios. Las experiencias, las pérdidas y las preguntas de cada ser humano son distintas. No toda falta de fe procede de la ignorancia, así como no toda manifestación religiosa nace de una convicción verdadera. Para mí, la fe por convicción es una elección consciente, fortalecida por las pruebas y expresada, sobre todo, en la manera de vivir y de relacionarnos con la gente.
En ese propósito resulta inevitable pensar en Jesucristo, quien hace más de dos mil años proclamó un mensaje de amor, humildad, justicia y solidaridad. Se acercó a los pobres, cuestionó la hipocresía y enseñó que la verdadera grandeza no está en dominar, sino en servir. Si entendemos la política en su sentido más noble, como la búsqueda del bien común, ese mensaje conserva una fuerza extraordinaria: transformar el corazón humano para que también pueda transformarse la sociedad.
Durante los últimos años he dedicado buena parte de mi trabajo a la prevención de la corrupción y al seguimiento de compromisos internacionales en esta materia. Lo he hecho por responsabilidad profesional, pero también por convicción. Esa experiencia me ha enseñado que cambiar prácticas y costumbres arraigadas durante mucho tiempo exige paciencia, educación y perseverancia. Algunas conductas llegan a normalizarse hasta el punto de que se pierde de vista el daño que ocasionan. La corrupción siempre tiene consecuencias: debilita las instituciones, aumenta la desigualdad y priva a muchas personas de servicios y oportunidades esenciales.
Por eso me resulta imposible conciliar una fe que se proclama con una conducta movida por la codicia o con una fortuna construida sobre las necesidades ajenas. Quien se apropia del dinero público no roba una cifra abstracta: le quita medicamentos al enfermo, alimentos al hambriento, educación al niño y oportunidades a quienes más las necesitan. La fe no nos hace perfectos ni nos autoriza a juzgar. Tampoco me coloca a mí fuera de esa exigencia. Pero sí debería movernos a revisar nuestros actos y a procurar coherencia entre lo que creemos, lo que decimos y lo que hacemos.
Hablar de Dios con naturalidad no obliga a nadie. Es dejar encendida una luz que otra persona podrá mirar cuando llegue su momento de buscar su propio camino. Todos, creyentes, indiferentes y quienes todavía dudan, nos aproximamos al mismo gran misterio. Algún día cruzaremos el portal de esta vida sin poder llevar con nosotros nada de lo acumulado. Solo quedará lo que fuimos y lo que hicimos por los demás.
Si algo deseo al compartir estas palabras, es que inviten a una reflexión sincera. Que quienes ejercen el poder recuerden que cada recurso robado tiene un rostro humano detrás. Y que quienes alguna vez hemos sentido la fuerza de la fe sepamos compartirla con humildad, sin imponerla, pero sin ocultar aquello que ha dado sentido a nuestra vida.
