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viernes, 9 de octubre de 2026
La marea roja: Son tiempos de derecha

La marea roja: Son tiempos de derecha

·9 de octubre de 2026·6
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Por Juan Tomás Monegro

La historia escribe derecho con renglones torcidos. No avanza en línea recta: tiene sus idas y vueltas, sus reflujos y sus mareas.
Hace apenas unos años, buena parte de América Latina parecía teñirse de izquierda; hoy el movimiento va en dirección contraria.

Brasil, después de la primera vuelta electoral, es la fotografía más reciente de un fenómeno que desborda sus fronteras. De América Latina a Estados Unidos y Europa, el centro de gravedad político se desplaza hacia la derecha y, en no pocos casos, hacia una derecha más radical. Son tiempos de derecha.

Pero ninguna marea permanece para siempre ni deja intacta la costa que alcanza. Conviene mirar qué significa este cambio de corriente, qué deja a su paso y qué ocurre con quienes hoy sienten el golpe del derechazo. La historia, después de todo, también conoce de reflujos.

1. Brasil: la marea llega a otra orilla

Brasil llegó a las urnas con algo más que su propio gobierno en juego. Lula, al frente de la mayor economía latinoamericana, representaba también uno de los grandes contrapesos que todavía conserva la izquierda en una región cuyo mapa político ha cambiado aceleradamente.

Las encuestas alimentaban la expectativa de que llegaría a la segunda vuelta por delante de Flávio Bolsonaro. Fue lo contrario: Bolsonaro obtuvo 47.03% y Lula 45.16%. El próximo 25 de octubre decidirá.

Dos puntos parecen poca cosa. Políticamente, pueden pesar mucho más. No porque anticipen el desenlace —que sigue abierto—, sino porque alteraron la fotografía esperada. Para sectores latinoamericanos que se identifican con la izquierda, Brasil era también la esperanza de contener una corriente que ya había cambiado de signo a varios gobiernos de la región.

La posibilidad de que también allí cambie el color del poder agranda la sensación de repliegue y, acaso, el temor de que el repliegue termine pareciéndose a una desbandada.

Quizá por eso algunas derrotas electorales golpean más allá de sus fronteras. No se pierde solamente una elección ajena: se siente que se estrecha el espacio propio. El mapa parece encogerse y una sucesión de resultados nacionales comienza a percibirse como signo de época.

Pero Brasil enseña también que una primera vuelta no escribe el desenlace. En 2022, Lula llegó primero a la segunda vuelta y terminó derrotando a Jair Bolsonaro por un margen estrechísimo. Cuatro años después, llega segundo. La historia brasileña reciente es, ella misma, un ir y venir. El resultado del domingo no cierra ese movimiento; vuelve a colocarlo en el centro de una corriente mucho mayor: la marea roja.

2. El cambio de corriente

Brasil no es una excepción. América Latina ha vuelto a cambiar de color. La primera “marea rosa” —expresión popularizada en 2005 por Larry Rohter, de The New York Times, para describir una izquierda regional más rosa que roja— recorrió, con diferencias importantes, Venezuela, Brasil, Argentina, Uruguay, Bolivia, Ecuador y parte de Centroamérica.

El rojo, durante tanto tiempo color de la izquierda, identifica hoy en Estados Unidos al Partido Republicano. La marea vuelve a ser roja, pero esta vez llega por la derecha.

Una segunda oleada de “marea rosa” alcanzó después a México, Argentina, Bolivia, Perú, Honduras, Chile, Colombia y nuevamente Brasil. Hoy el movimiento apunta en sentido contrario. Argentina, Chile, Colombia y Perú son algunas de las expresiones más visibles de un giro que ha devuelto a la derecha buena parte del terreno perdido.

Pero la corriente rebasa las costas latinoamericanas. En Estados Unidos, 2016 marcó un punto de inflexión. Donald Trump no significó simplemente el regreso de un republicano a la Casa Blanca: expresó una transformación de la propia derecha estadounidense, con manifestaciones ultranacionalistas y ultraconservadoras y un tono marcadamente confrontacional que la distancia, en aspectos importantes, del conservadurismo tradicional.

Su regreso al poder mostró que aquello no había sido un accidente electoral. En Europa, fuerzas de derecha radical han crecido, condicionado gobiernos o llegado a ellos, desplazando hacia la derecha debates sobre inmigración, seguridad, identidad nacional y soberanía.

Hay, pues, razones para hablar de una marea. Pero no todo el rojo tiene el mismo tono. Conviven derechas liberales y conservadoras tradicionales, populismos de derecha y expresiones calificadas como derecha radical o ultraderecha.

Tampoco el nacionalismo o el conservadurismo son patrimonio exclusivo de la derecha, ni la igualdad o la justicia social de la izquierda. Las fronteras se vuelven menos nítidas cuando, en vez de colores y etiquetas, se examinan valores. El problema aparece cuando las posiciones se extreman y la diferencia política deja de reconocerse como legítima.

La coincidencia tampoco demuestra una causa común. Inflación, inseguridad, migración, desgaste de los gobiernos, rechazo de las élites, transformaciones culturales y redes sociales pesan de manera distinta en cada sociedad.

Quizá no estemos ante una sola ola propagada por el mundo, sino ante varias, alimentadas por malestares distintos, que terminan moviéndose en una misma dirección.
Sea una marea o la coincidencia de varias, la fotografía del momento resulta difícil de ignorar: el centro de gravedad político se ha desplazado hacia la derecha.

Y cuando una corriente gana extensión, no solo transforma a quienes navegan con ella. También obliga a mirar a quienes, hasta hace poco, llevaban el viento a favor.

3. La izquierda ante el espejo

Vista desde la izquierda, la marea roja se siente como un derechazo. La sucesión de derrotas electorales significa algo más que pérdida de poder: deja la sensación de que el tiempo político corre en dirección contraria. El golpe duele más cuando, apenas unos años atrás, el mapa parecía anunciar otra cosa. Pero una cosa es el golpe y otra la desbandada.

Hace pocos días, Aníbal de Castro titulaba una de sus columnas en Diario Libre, “La izquierda que falta”. Su llamado no era a desempolvar viejas ortodoxias, sino a recuperar una izquierda democrática capaz de estudiar, proponer y disputar con ideas el rumbo de nuestras sociedades. Quizá sea precisamente cuando baja la marea cuando más necesarios resultan el juicio sereno, la inteligencia y la entereza. Las horas aciagas también pueden ser una oportunidad para la lucidez.

Y la lucidez obliga a interrogarse. ¿Qué dejó de comprender la izquierda? ¿Hasta qué punto ha mirado la realidad desde sus convicciones, en lugar de someter sus convicciones a la prueba de la realidad? ¿Qué preocupaciones sociales no supo reconocer o interpretar? ¿Cuánto de su retroceso responde al vigor de sus adversarios y cuánto a sus propias insuficiencias? ¿No será que una izquierda que quiso poner las ideas sobre sus pies ha terminado, ella misma, con la realidad cabeza abajo? Es fácil atribuir las derrotas al otro; más difícil, y acaso más fecundo, preguntarse por qué parte del electorado que alguna vez acompañó determinadas propuestas dejó de hacerlo.

Esa reflexión exige reconciliar principios y realidad: preservar los valores sin convertirlos en anteojeras frente a la experiencia. Izquierda y derecha siguen siendo categorías útiles, pero no sustituyen aquello que realmente se defiende. Democracia, libertad, igualdad, justicia social, pluralismo, dignidad humana y derechos fundamentales no necesitan pasaporte partidario. La pregunta deja entonces de ser de qué lado estamos y pasa a ser qué valores defendemos y qué políticas los hacen avanzar o retroceder. Algunas expresiones de esta marea roja inquietan precisamente cuando tensionan derechos y consensos democráticos trabajosamente conquistados.

La pregunta para la izquierda no es solo cómo resistir la corriente, sino qué revisar, qué ofrecer y cómo volver a conectar con una sociedad que aspira a transformar.

Epílogo

Ninguna marea dura para siempre. La historia escribe derecho con renglones torcidos: avanza y retrocede, pero nunca deja la playa exactamente como la encontró.

Desde nuestra orilla, camino a 2028, sería ingenuo pensar que partidos, dirigentes y aspirantes dominicanos no miran el oleaje. También miran hacia Washington. Como en el béisbol, saben que conviene no perder de vista la seña antes de batear o salir al robo por su cuenta. En política, las señas suelen ser menos explícitas.

Un viejo merengue típico, del Trío Reinoso: Juana Mecho, lo dice con menos solemnidad: “La ola me lleva, la ola me trae”. Y seguramente muchos, mirando subir la marea roja, tararean en sus adentros:

“¡Qué bonita ola para navegar!”

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