La Propuesta Digital
lunes, 5 de octubre de 2026
La «modernización» de la Ciudad Colonial

La «modernización» de la Ciudad Colonial

·5 de octubre de 2026·5
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Por Juan Llado

Fue en su segundo viaje de 1493 que Colon trajo caballos al Nuevo Mundo. Por mucho tiempo esos animales fueron el medio de locomoción que facilitó las hazanas y tropelías de la conquista iniciada en La Española. En fecha reciente, esa llegada equina fue emulada por la del presidente Abinader en un autobús eléctrico a la Plaza España de nuestra Ciudad Colonial. Abinader llevó un medio de movilidad moderno para relanzar un Alcazar de Colon remozado, obra del Programa Integral de Desarrollo Turístico y Urbano que para el sagrado recinto financia el BID y gestiona el MITUR. El épico e histórico salto del caballo al bus eléctrico es una ocasión propicia para pasar revista a los logros del Programa cuya conclusión se anuncia para el próximo mes de diciembre.

Por siglos, la pátina del tiempo se asentó incansablemente sobre el ambiente construido del hoy Centro Histórico de Santo Domingo. La misma no desfiguró los restrojos de edificaciones, los cuales han permanecido como fieles testigos de las diferentes épocas. El tiempo, sin embargo, ha pasado factura y los remanentes han acumulado deterioro y, en tiempos más recientes, algunos hasta amenazaban volverse escombros. Por suerte, con el fin de que jueguen un papel de representación de nuestras raíces históricas se han acometido varias oleadas de rescate, principalmente para restaurar y conservar monumentos y sitios. Se comenzó en el 1967 cuando el presidente Balaguer creó la Oficina de Patrimonio Cultural para la restauración y conservación de la “Ciudad Colonial”. La creencia prevaleciente entonces era que esta constituía un patrimonio cultural identitario. Los arquitectos Ramón Baez Lopez-Penha, Ivan Feris Iglesias, Roberto Berges, Eugenio Perez Montas y Esteban Prieto propalaron esa creencia y ayudaron adelantar la gran tarea. El Cardenal Lopez Rodriguez apoyó con firmeza los trabajos de los dos últimos.

Pero a medida que el turismo se expandía vertiginosamente y los cruceros traían extranjeros que visitaban el sagrado recinto, lo cultural cedió paso a lo turístico. Así el hoy MITUR comenzó a erigirse como actor del recinto cuando un decreto presidencial del 1967 le asignó el manejo del Alcazar de Colon. Desde entonces las intervenciones se han justificado por el valor patrimonial y la categoría de reliquia histórica que hace del Centro el principal atractivo turístico del país después de las playas y el clima. Ese rol fue luego la justificación de dos préstamos del BID con los fines de restauración y preservación. En el 2011, se inició el primer financiamiento con US$30 millones y en el 2016 se firmó el segundo por US$90 millones, ambos con el expreso énfasis en el fomento del turismo. En esos programas el MITUR ha sido el responsable de la gerencia, con resultados que algunos han tildado de controversiales.

Empero, juzgar los resultados de estas intervenciones sobre el semblante y ethos del Centro Histórico es arriesgado. El objetivo siempre ha sido restaurar para conservar, lo cual en cierta medida implica volver a poner las cosas como estaban originalmente. La tarea es casi imposible: primero porque no se dispone de descripciones enteramente fidedignas de los entornos para poder replicarlos, segundo porque la fisonomía y el paisaje urbano iba evolucionando con el tiempo, y tercero porque los requisitos de la conservación exigen tecnologías que pueden desfigurar lo original. De ahí que cualquier evaluación de los resultados de los programas financiados por el BID será inherentemente controversial. La desastrosa condición actual de una parte de los adoquines en las calles arzobispo Merino he Isabel La Católica es un ejemplo de que no todo fue exitoso en el primer Programa.

Aun con esta advertencia, la tentación de enjuiciar lo logrado por los programas es inescapable. Son cuatro los componentes del último Programa: 1) consolidación de la oferta de turismo cultural; 2) mejora de la habitabilidad; 3) desarrollo de las economías locales; y 4) fortalecimiento de la gestión turística, cultural y urbana. Cada componente se desglosa en varios tipos de intervenciones y aquí no podríamos presentarlas todas. Basta con señalar que en lo primero se restauraron monumentos coloniales, en lo segundo se espera remodelar 140 viviendas de los residentes y pintar un numero apreciable de fachadas, en lo tercero se ha apuntalado la operación de algunos establecimientos comerciales y en lo último se han fortalecido los servicios básicos de gestión. Tomados en su conjunto el Programa ha cambiado la faz –y hasta las entrañas– del histórico recinto, pero justo es señalarlo, el semblante se parece más a una urbanización moderna que a un patrimonio histórico. Los vestigios de la historia han sido engalanados y los entornos urbanos remozados para hacerlos más empáticos con la población y los visitantes.

Sin ser mezquinos con el elogio, hoy la sensación estética es de complacencia con el rostro general del recinto. Las calles, aceras y contenes presentan un semblante arrullador y la restauración de iglesias, la recuperación de fachadas y los complejos trabajos del alcantarillado y de las redes de agua potable han confluido en crear la imagen de un lugar agradable para la visitación. (El Parque Duarte y el Palacio del Virrey Diego Colon son sin duda obras muy bien logradas.) Lo más desafortunado ha sido el despliegue de odiosos bolardos para impedir el estacionamiento en las aceras. Hubiese sido preferible el uso de jardineras y árboles para llenar ese cometido. O, alternativamente, la creación de parqueos soterrados para los cuales se han hecho los estudios y diseños correspondientes.
Por supuesto, los trabajos del actual Programa han causado irritaciones entre los residentes y visitantes del recinto. Pero debe admitirse que, en general, el equipo del MITUR, con las atinadas directrices de su ministro, realizó una eficiente labor, mejor que lo logrado por el Programa anterior. Justo es resaltar también que los trabajos del segundo Programa y las intervenciones complementarias del MITUR le deben gratitud al presidente Abinader. Según la IA: “Desde octubre de 2020 hasta septiembre de 2026, el presidente Luis Abinader ha realizado al menos 11 visitas o actuaciones presenciales documentadas en la Ciudad Colonial vinculadas directamente con su proceso de revitalización turística, urbana y patrimonial.” No se conoce ningún otro proyecto, incluyendo los de Cabo Rojo y Punta Bergantín, que haya recibido ese nivel de atención y apoyo presidencial.

Con el anunciado soterramiento de los cables eléctricos y telefónicos culminara la hazana de “modernización” del Centro Histórico. La patina del tiempo ha cedido espacio admitiendo la evolución de sus entornos. Basta recordar que el primer medio de locomoción que se insertó en el recinto para satisfacer a los turistas extranjeros fue, sin que Colon interviniera. el de los coches tirados por caballos. Después de retirar esos animales se introdujo un tren y luego coches eléctricos. Ahora con los buses eléctricos se acentúa aún más su vocación turística, especialmente si algunos extranjeros se interesan en visitar, usando el transporte de los buses eléctricos, nuestra Plaza de la Cultura.

Al final, debemos aceptar que los entornos “coloniales” irán cambiando con el tiempo. Eso siempre fue así en todas las latitudes y, por ende, no merece escarnio que la “modernización” haya transformado el sitio. Ojalá y esa transformación garantice la permanencia de los residentes en sus hábitats para que el acervo cultural que ellos detentan permanezca incólume. Y ojalá que una futura intervención desaparezca los odiosos bolardos de los entornos más emblemáticos. Tal vez así lo que se consiga pueda ser bendecido por la opinión imparcial de la posteridad.

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