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lunes, 27 de julio de 2026
La Parábola de los Dos Pueblos

La Parábola de los Dos Pueblos

·27 de julio de 2026·4

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Por Milton Olivo

Se cuenta que Dios bendijo a dos pueblos con la misma tierra fértil, los mismos ríos, el mismo sol y el mismo mar. A ambos les dio montañas llenas de riqueza, hombres y mujeres trabajadores, jóvenes inteligentes y una ubicación privilegiada para comerciar con el mundo.

Durante muchos años, los dos pueblos caminaron por senderos parecidos. Pero un día comenzaron a pensar de manera diferente.

El primer pueblo repetía cada mañana:

—Alguien vendrá a resolver nuestros problemas.

Esperaban que otros produjeran lo que ellos consumían. Esperaban que otros generaran los empleos. Esperaban que otros descubrieran las oportunidades. Y mientras esperaban, su riqueza permanecía dormida.

El segundo pueblo también tenía dificultades. Pero un dia, un escritor reunió a los niños, a los jóvenes y a los adultos bajo la sombra de un gran árbol y les dijo:

—Dios nunca entrega una semilla para que permanezca guardada. Cada semilla fue creada para dar fruto.

Aquellas palabras comenzaron a cambiar la forma de pensar del pueblo. Comprendieron que la mayor riqueza no estaba enterrada en la tierra. Estaba sembrada en las personas. Descubrieron que aprender era sembrar conocimiento. Que emprender era cultivar los talentos. Y que progresar era recoger los frutos del trabajo.

Desde entonces dejaron de preguntar:

—¿Qué puede hacer el país por nosotros?

Y comenzaron a preguntarse:

—¿Qué podemos construir juntos para nuestro país?

Los agricultores dejaron de vender únicamente sus cosechas y empezaron a transformarlas en alimentos con mayor valor. Los jóvenes aprendieron oficios, tecnología e innovación. Los artesanos convirtieron materiales olvidados en obras admiradas.

Los residuos dejaron de verse como basura y comenzaron a verse como nuevas oportunidades. Las pequeñas empresas crecieron. Nacieron agroindustrias. Se levantaron fábricas. Los puertos comenzaron a exportar lo que antes se importaba. Y las familias descubrieron que la prosperidad no llegaba por casualidad, sino cuando una nación desarrollaba los dones que Dios había puesto en ella.

Entonces comprendieron también cuál era la verdadera misión del Estado. No sustituir el esfuerzo de las personas. Sino crear las condiciones para que ese esfuerzo diera fruto. Garantizar seguridad para que las familias vivieran en paz. Brindar una salud pública digna para que nadie viera apagarse la esperanza por falta de atención. Educar para el trabajo, el emprendimiento y la innovación. Construir infraestructura que impulsara la producción. Proteger la justicia, el orden y la libertad.

Así, el Estado se convirtió en el buen sembrador que prepara la tierra, mientras cada ciudadano cultiva el talento que Dios le confió. Con el paso de los años, viajeros de muchas naciones llegaban para conocer el secreto de aquel pueblo.

Preguntaban:

—¿Cuál fue el descubrimiento que transformó su destino?

Y los seguidores de aquel escritor respondían con una sonrisa:

—El día que comprendimos que la primera riqueza de una nación no está en sus minas, ni en sus edificios, ni en sus bancos. La primera riqueza está en la mente, el corazón y las manos de su gente. Ese día dejamos de esperar el futuro......y comenzamos a construirlo.

Porque Dios ya había bendecido nuestra tierra. Solo faltaba que nosotros decidiéramos convertir esa bendición en trabajo, conocimiento, producción, solidaridad y progreso. Y desde entonces enseñamos a nuestros hijos una verdad que jamás olvidarán:

Quien aprende, descubre sus talentos.

Quien emprende, multiplica esos talentos.

Quien progresa, tiene el deber de servir a los demás.

Por eso creemos que la verdadera revolución no comienza en los palacios de gobierno. Comienza en el corazón de cada ciudadano. Porque cuando cambia la manera de pensar de un pueblo, cambia su manera de vivir. Y cuando un pueblo pone sus talentos al servicio del bien común, con la bendición de Dios, ninguna meta es imposible.

Aprende. Emprende. Progresa. Ese es el camino hacia una Quisqueya Potencia.

Dios no nos preguntará cuántas oportunidades tuvimos. Nos preguntará qué hicimos con los talentos que puso en nuestras manos. Que nuestros hijos puedan decir que esta fue la generación que dejó de esperar el futuro y comenzó a construirlo.

Con la bendición de Dios, llegó la hora de aprender, emprender y progresar. Porque una Quisqueya Potencia no es un sueño. Es una decisión.

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