
La paz prometida a Ucrania viene en un camión de diésel
Donald Trump ofreció terminar la guerra en Ucrania en 24 horas. Así, facilito. Como quien promete arreglar un apagón cambiando un bombillo. Bastaba con que regresara a la Casa Blanca y llamara a Vladimir Putin. Después vendrían los abrazos, las fotografías y, supuestamente, la paz.
Muchos estadounidenses le creyeron. Conocían sus muestras de simpatía hacia el presidente ruso y pensaron que esa cercanía serviría para detener la matanza. La lógica parecía sencilla: si Putin lo escucha, Trump podrá convencerlo. El problema es que llevarse bien con el dueño del pleito no significa que uno pueda acabarlo.
Trump ganó las elecciones de 2024 por varias razones. La inflación castigaba los bolsillos, la inmigración irregular alimentaba el descontento y los demócratas no encontraban cómo responder. Joe Biden, empeñado durante demasiado tiempo en seguir como candidato, también puso de su parte. Aquel partido le dejó al republicano una pista bastante despejada.
Pero ganar unas elecciones y detener una guerra son asuntos distintos. Para lo primero sirven los discursos. Para lo segundo hace falta algo más que decir que uno es el mejor negociador del planeta.
La invasión rusa ya transcurre en su quinto año. Las 24 horas de Trump deben contarse con un reloj especial, de esos que solamente avanzan cuando le conviene al propietario.
Las primeras conversaciones entre estadounidenses y rusos dejaron fuera a Ucrania y a los europeos. Imagínese que alguien invade su casa y dos vecinos se reúnen para decidir cuánto debe usted entregarle al invasor. A usted ni siquiera lo llaman. Después le informan que todo se hizo por su bien.
Más adelante, Trump suspendió temporalmente la ayuda militar y el intercambio de información de inteligencia con Kiev. Luego los restableció, pero el susto quedó. Ucrania entendió que su principal aliado podía quitarle herramientas de defensa mientras le exigía sentarse a negociar.
Ese país, independiente desde 1991, había renunciado a las armas nucleares heredadas de la Unión Soviética a cambio de compromisos de seguridad. Rusia estuvo entre quienes los firmaron. Años después llegó con tanques. Tremenda manera de cumplir la palabra.
También hubo restricciones occidentales para atacar territorio ruso con determinadas armas. Algunas fueron flexibilizadas durante el Gobierno de Biden. Mientras tanto, Ucrania tenía que defenderse midiendo cada movimiento, aunque Rusia no mostrara semejante delicadeza al lanzar sus ataques.
Ahora los ucranianos están golpeando refinerías rusas. Buscan afectar el combustible y los ingresos que ayudan a sostener la invasión. No sabemos si eso obligará a Putin a negociar, pero sí le está creando problemas.
Y justamente ahí aparece Trump con una solución que parece diseñada para el cliente equivocado. El presidente estadounidense anunció un acuerdo con Putin para colocar diésel ruso en Estados Unidos y en el mercado mundial, acompañado de un alivio temporal de sanciones. Quiere bajar los precios antes de las elecciones legislativas de noviembre. En buen dominicano: cuando el bolsillo del votante aprieta, los principios comienzan a coger vacaciones.
Ya Washington había autorizado excepciones para comprar petróleo ruso ante la crisis energética provocada por la guerra con Irán. Ahora vuelve a abrir una puerta que puede darle dinero a Moscú. La presión económica lleva, por lo visto, una llave de paso electoral.
Trump culpa a los ataques ucranianos del encarecimiento del diésel, aunque el conflicto con Irán también ha disparado los precios. Zelenski propone detener esos ataques si Rusia deja de bombardear su infraestructura energética. Una condición bastante comprensible.
Europa tampoco puede hacerse la desentendida. Si invadir al vecino termina dando beneficios, mañana habrá otro vecino en peligro.
Ucrania sigue resistiendo. Trump sigue ofreciendo soluciones. Y Putin encuentra oportunidades.
La paz prometida todavía no llega. Lo que viene por el camino es un camión de diésel. Falta saber quién llena el tanque y quién termina pagando la cuenta.
