
Los secretos detrás de los títulos de la Iglesia Católica
Por Milton Olivo
Una tarde, mientras caminaba por la plaza de un pequeño pueblo, un niño llamado Samuel observó cómo varias personas saludaban con mucho respeto a un sacerdote.
—¡Buenas tardes, Monseñor! —decían unos.
—¡Dios le bendiga, Padre! —respondían otros.
Samuel quedó confundido.
Corrió donde su abuelo Tomás, un anciano que siempre encontraba la manera de explicar las cosas con sencillez.
—Abuelo, ¿ese señor es sacerdote, párroco, obispo o monseñor? Todos le llaman diferente.
El abuelo sonrió.
—Ven, hijo. Imagina que la Iglesia es como un gran sistema de escuelas.
Samuel abrió bien los ojos.
—¿Escuelas?
—Sí. Cada parroquia es como una escuela donde las personas aprenden a conocer y amar a Dios.
—¿Y quién dirige esa escuela?
—El párroco.
—Entonces... ¿el párroco es diferente del sacerdote?
—No exactamente. Todo párroco es sacerdote, pero no todo sacerdote es párroco. Hay sacerdotes que ayudan en una parroquia, otros enseñan en seminarios, otros trabajan en hospitales, otros son misioneros. El párroco es simplemente el sacerdote que el obispo ha nombrado para dirigir una parroquia.
Samuel comenzó a entender.
—Entonces... ¿quién manda sobre todos los párrocos?
El abuelo tomó un palo y dibujó un mapa sobre la tierra.
—Varias parroquias forman una diócesis. Y quien dirige esa diócesis es el obispo.
—¿Qué hace un obispo?
—Tiene tres grandes responsabilidades: enseñar la fe, santificar al pueblo mediante los sacramentos y gobernar la diócesis. Además, puede ordenar nuevos diáconos, sacerdotes y, cuando corresponde, también nuevos obispos.
Samuel miró sorprendido.
—Entonces el obispo tiene más responsabilidades.
—Así es. Él cuida de todas las parroquias de su diócesis y acompaña a los sacerdotes para que puedan servir mejor a sus comunidades.
El niño siguió preguntando.
—¿Y antes de ser sacerdote?
—Primero se puede ser diácono. El diácono sirve a la Iglesia ayudando en la liturgia y en las obras de caridad. Puede bautizar y celebrar matrimonios, pero no puede celebrar la Eucaristía ni administrar el sacramento de la reconciliación.
Samuel ya iba comprendiendo aquella escalera de servicio.
—Entonces primero diácono, luego sacerdote y después algunos llegan a ser obispos.
—Exactamente.
—¿Y los cardenales?
El abuelo respondió:
—Generalmente son obispos a quienes el Papa confía responsabilidades especiales para ayudarle en el gobierno de la Iglesia. Además, cuando un Papa fallece o renuncia, ellos participan en la elección del nuevo sucesor de San Pedro.
—¿Y el Papa?
El anciano levantó la vista hacia la iglesia del pueblo.
—El Papa es el Obispo de Roma y el pastor de toda la Iglesia Católica.
Samuel guardó silencio unos segundos.
Pero aún tenía una duda.
—Abuelo... entonces ¿qué es un Monseñor?
El abuelo soltó una pequeña carcajada.
—Esa es precisamente la palabra que más confunde a la gente.
Le explicó:
—"Monseñor" no es un cargo dentro de la Iglesia. Es una forma de respeto. A todos los obispos normalmente se les llama Monseñor. Pero también el Papa puede conceder ese título honorífico a algunos sacerdotes por sus muchos años de servicio o por méritos especiales.
—Entonces... ¿todo Monseñor es obispo?
—No.
—¿Y todo obispo es Monseñor?
—Sí, porque así se les trata habitualmente.
—¿Y un sacerdote puede ser Monseñor sin ser obispo?
—También.
Samuel sonrió.
Por primera vez comprendía que aquellas palabras no hablaban de privilegios, sino de diferentes maneras de servir a Dios y a las personas.
Mientras regresaban a casa, el abuelo le dijo algo que Samuel nunca olvidaría:
—En la Iglesia, el cargo más importante no es el que tiene más autoridad, sino el que sirve con mayor amor. Porque desde el diácono hasta el Papa, todos han recibido una misma misión: anunciar el Evangelio, cuidar del pueblo de Dios y seguir el ejemplo de Jesucristo, que vino no para ser servido, sino para servir.
Desde aquel día, cuando Samuel escuchaba decir "Padre", "Párroco", "Monseñor", "Obispo" o "Papa", ya no pensaba en rangos ni honores. Pensaba en una gran familia donde cada uno tenía una responsabilidad distinta, pero todos caminaban hacia el mismo propósito: acercar a las personas a Dios.
