Opinión

Luis Abinader ante el futuro

Por Milton Olivo

La historia de los pueblos no cambia solamente cuando se construyen carreteras, puentes o edificios. Las verdaderas transformaciones ocurren cuando cambia la manera de pensar de una nación, cuando una sociedad comienza a imaginarse distinta, cuando la gente empieza a creer que el futuro puede ser mejor que el pasado. Y eso es precisamente lo que muchos dominicanos sienten que está ocurriendo bajo el liderazgo de Luis Abinader.

Más que un presidente, Abinader representa para amplios sectores de la sociedad dominicana el símbolo de una transición histórica: el paso de una cultura política basada en el caudillismo, el clientelismo y la resignación, hacia una visión de institucionalidad, transparencia, modernización y oportunidades.

Durante décadas, la República Dominicana vivió atrapada entre viejas prácticas políticas donde muchas veces el Estado parecía pertenecer a grupos particulares y no a la ciudadanía.

El ciudadano común aprendió a desconfiar de las instituciones, a sobrevivir más por relaciones personales que por derechos garantizados. La corrupción llegó a verse como algo «normal», y la pobreza como un destino inevitable para millones de personas.

Sin embargo, la llegada de Luis Abinader al poder abrió una nueva narrativa nacional. Por primera vez en muchos años, la lucha contra la corrupción comenzó a percibirse como una política real del Estado y no simplemente como un discurso de campaña.

Pero el cambio de era no se limita al combate contra la corrupción. También se expresa en la visión de modernización económica, digitalización del Estado, atracción de inversiones, fortalecimiento del turismo, apoyo a las zonas francas y recuperación de la confianza internacional en la República Dominicana.

El país ha comenzado a proyectarse como una nación abierta al mundo, competitiva y preparada para insertarse en la economía global del siglo XXI. La estabilidad económica, el crecimiento del turismo y el fortalecimiento de la imagen internacional dominicana han contribuido a crear una nueva percepción sobre el país.

Sin embargo, quizás el mayor cambio promovido por Abinader no es económico, sino cultural. Ha emergido una nueva generación de dominicanos que ya no quiere vivir bajo la lógica de la dependencia política. Jóvenes emprendedores, profesionales, líderes comunitarios y ciudadanos comunes empiezan a exigir eficiencia, transparencia y resultados.

Ese cambio cultural es profundo. Y los cambios culturales son los más difíciles de revertir. Naturalmente, ningún gobierno es perfecto.   Luis Abinader parece entender que la República Dominicana no puede seguir siendo administrada con mentalidad del siglo XX mientras el mundo avanza hacia la inteligencia artificial, la economía verde, la innovación tecnológica y la competencia global por el talento y las inversiones.

Por eso, hablar de Abinader es hablar de transición. De una República Dominicana que intenta dejar atrás viejas heridas políticas y construir una cultura nacional basada en la confianza. Toda época tiene líderes que encarnan su tiempo. Algunos administran la continuidad. Otros simbolizan rupturas históricas.

La historia será quien juzgue definitivamente el alcance del legado de Luis Abinader, pero ya muchos consideran que su gobierno representa algo más grande que dos simple períodos presidenciales: representa el inicio de una nueva etapa en la conciencia nacional dominicana.

Una etapa donde la esperanza comienza a competir con el desencanto. Una etapa donde el país empieza a verse no solamente como una nación que sobrevive, sino como una nación capaz de trascender. 

Y cuando un pueblo comienza a creer nuevamente en sí mismo, comienza también el nacimiento de una nueva era.

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