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jueves, 24 de septiembre de 2026
Más allá de un acuerdo de comercio recíproco (ACR)

Más allá de un acuerdo de comercio recíproco (ACR)

·24 de septiembre de 2026·9

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Hugo Guiliani Cury

República Dominicana procura actualmente negociar con Estados Unidos un Acuerdo de Comercio Recíproco (ACR). El objetivo de un convenio de ese género es comprensible y conveniente para tratar de reducir el arancel de un 12.5% que puso EE.UU a determinadas exportaciones dominicanas.

Ese arancel afecta la competitividad de sectores productivos importantes como las zonas francas.

No hay dudas, el problema inmediato es el arancelario. Sin embargo, la pregunta estratégica es otra: ¿debe la República Dominicana limitar su negociación con Estados Unidos para recuperar solo las condiciones comerciales que ya tenía, o además aprovechar nuestra posición geográfica y política con EE.UU para aspirar a una integración productiva más profunda? Nos hacemos esa pregunta frente a la transformación que está ocurriendo en la economía mundial, que nos obliga a unas relacionesde mayor alcance.

Esos dos objetivos no son incompatibles. Pero tampoco son equivalentes.

Una experiencia que conviene recordar es que a comienzos de este siglo, República Dominicana concentraba su política comercial externa en las negociaciones que hacía toda la América Latina en lo que fue denominado Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA). En aquellos años quien esto escribe planteó que el ALCA nunca sería una realidad y que estábamos perdiendo el tiempo. Finalmente eso fue lo que ocurrió.

En ese entonces abogue por una relación más directa con EE.UU vía un acuerdo comercial bilateral o en su defecto unirnos al tratado con centroamérica. Esa propuesta que hice siendo Ministro de Comercio y luego diseñada y ejecutada siendo embajador ante los Estados Unidos, fue inicialmente recibida en el país con considerable escepticismo.

Nuestro liderazgo político y económico veía difícil que una economía del tamaño de la dominicana, que Washington le prestara atención para negociar un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos.

Posteriormente, EE.UU consideró conveniente incorporar a República Dominicana al acuerdo que ya negociaba con Centroamérica. El instrumento logrado terminó siendo la segunda opción del inicialmente propuesto, pero se consiguió el objetivo fundamental de tener una mayor integración con Estados Unidos.

Aquella experiencia dejó una enseñanza que continúa siendo válida: en política comercial externa no debemos comenzar preguntándonos qué instrumento queremos negociar, sino qué posición queremos que ocupe República Dominicana en la economía estadounidense durante las próximas décadas. Veinte años después, debemos hacernos nuevamente esa pregunta.

El mundo que produjo CAFTA-DR ha cambiado

En aquellos acuerdos de hace dos décadas, el paradigma predominante era la apertura de mercados: reducción de aranceles, reglas de origen, protección de inversiones y eliminación de obstáculos al comercio.

Estados Unidos piensa hoy en otros términos como seguridad económica, cadenas de suministro y localización de la producción.La pandemia reveló la vulnerabilidad de cadenas productivas excesivamente largas. A esto se agregó la creciente competencia estratégica entre Estados Unidos y China, las tensiones geopolíticas y la necesidad de garantizar suministros de productos considerados esenciales. De ahí surgieron conceptos que hoy forman parte del vocabulario económico internacional: reshoring, nearshoring y friendshoring. La realidad es que actualmente Estados Unidos está procurando que determinadas actividades productivas regresen a su territorio. Pero no todo puede ni debe producirse allí. Existen segmentos de cadenas productivas que pueden localizarse de manera más eficiente en países cercanos, competitivos y políticamente confiables.

Ahí aparece una oportunidad extraordinaria para República Dominicana. Lo que hoy hacemos es vender a Estados Unidos.

Tenemos que ir a uno diferente que es producir junto con Estados Unidos Durante décadas nuestro objetivo ha sido conseguir mejores condiciones para colocar productos ensamblados aquí y venderlos en el mercado estadounidense. Ese objetivo continúa siendo válido. Pero ya no debería ser suficiente. La próxima etapa debe consistir en identificar aquellas cadenas productivas norteamericanas en las cuales República Dominicana pueda convertirse en una plataforma complementaria. Es decir fabricar productos de alta tecnología y mayor valor agregado.

No estamos comenzando desde cero. Las zonas francas dominicanas exportaron US$8,604.6 millones en 2025 y generan más de 200,000 empleos. Estados Unidos es además el principal origen de la inversión extranjera acumulada en el sector, con aproximadamente US$2,614 millones, equivalentes al 32% del total. Los productos médicos y farmacéuticos representan ya la principal concentración de inversión de las zonas francas. No estamos hablando, por tanto, de convertir repentinamente una economía agrícola en una economía tecnológica.

Parte de esa transformación ya comenzó. La cuestión es cómo profundizar y acelerarla.

El ACR resuelve un problema; pero no necesariamente define una estrategia

Para un empresario de zona franca afectado actualmente por un arancel de un 12.5%, reducirlo constituye razonablemente una prioridad.

Su preocupación es proteger mercados, márgenes, producción y empleos.

Su interés es legítimo. Pero existe una diferencia entre la responsabilidad de un sector productivo y la responsabilidad del Estado.

Los sectores tienen la obligación de defender sus intereses; el Gobierno tiene la obligación adicional de mirar el interés estratégicodel país. Una estrategia de una integración productiva con EE.UU protege el presente pero también el futuro.

La oportunidad tiene fecha: Existe además una razón para actuar con rapidez. El nearshoring y los acuerdos de mayores alcances no es una posibilidad que permanecerá indefinidamente esperando por República Dominicana.Las empresas están tomando ahora decisiones sobre dónde instalar nuevas plantas, dónde diversificar proveedores y cómo reorganizar cadenas que durante décadas estuvieron concentradas en Asia. Al mismo tiempo países como México que tiene la enorme ventaja de su integración bajo el T-MEC, así como Costa Rica que ha construido capacidades importantes en manufactura avanzada se nos han adelantado. Compiten

por esas inversiones y en nearshoring, llegar tarde puede significar quedar fuera durante décadas.

Por eso abogó que los próximos dos años deberíamos resolver el problema arancelario vía un ACR y a la vez construir una propuesta de integración productiva de largo plazo con Estados Unidos. Hace veinte años República Dominicana buscaba lograr su acceso al principal mercado del mundo. Lo consiguió. Hoy se presenta una oportunidad diferente y posiblemente mayor que es aprovechar la reorganización de las cadenas productivas mundiales para subir un nuevo peldaño en nuestro desarrollo industrial y exportador.

El Gobierno tiene razón en procurar las mejores condiciones arancelarias posibles para nuestros exportadores. Pero hacer sólo eso, sería una visión demasiado limitada.

Es también necesario lograr una relación productiva más profunda. El desafío ya no debe ser solamente vender más a Estados Unidos. Debe ser producir más junto con Estados Unidos. Cómo formular esa política y lograrlo será parte de mis próximos escritos.

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