Opinión

Nadie gana en la guerra en Medio Oriente

Por Thomas L. Friedman

Columnista de Opinión

Los líderes de Israel, Irán, Hizbulá, Hamás y Estados Unidos tienen una cosa en común: ninguno quiere que una comisión de investigación analice su desempeño en el conflicto más reciente en Medio Oriente. Así que he decidido hacerlo por ellos, y puedo resumir mis conclusiones en una palabra que se aplica a todos: “Perdieron”. Ya está: les ahorré todo el tiempo y el dinero de una investigación interna. De nada.

Esta es, sin duda, la guerra en Medio Oriente en la que todos han perdido. Aunque aún no haya terminado, ya lo veo claro. De hecho, una de las razones por las que esta guerra podría prolongarse es que la mayoría de los líderes de estos países y milicias saben que la historia los está observando y que, en cuanto las armas queden en silencio, habrá un ajuste de cuentas moral, político y económico que será devastador para cada uno de estos necios.

Demos una vuelta por la mesa. Hamás inició este último conflicto en Medio Oriente el 7 de octubre de 2023, con una invasión a Israel desde Gaza en la que, en un solo día, asesinó a más de 1200 personas —hombres, mujeres y niños— y secuestró a más de 250. ¿Cuál era el objetivo bélico de Hamás? Por lo que sabemos, su fantasía era que, al invadir Israel, desencadenaría un levantamiento regional en el que las fuerzas de “resistencia” —incluidos Hizbulá, Irán e incluso algunas naciones árabes— le ayudarían a aniquilar el Estado judío.

Hamás no inició esta guerra con ninguna intención pacífica. Es decir, con un arma en una mano y un mapa de paz en la otra que mostrara cómo dos pueblos originarios, judíos y palestinos, podrían coexistir entre el río Jordán y el mar Mediterráneo. No, los mapas que llevaban los combatientes de Hamás solo les indicaban dónde encontrar a la mayor cantidad de judíos para matarlos en las comunidades fronterizas que invadieron, incluso en escuelas primarias y un centro juvenil.

Es difícil olvidar la llamada telefónica, difundida por el ejército israelí, de un combatiente de Hamás quien participó en el ataque violento del 7 de octubre y quien cuenta emocionado a sus padres que está en Mefalsim, un kibutz cerca de la frontera de Gaza, y que mató a 10 judíos él solo. “¡Mira a cuántos maté con mis propias manos! ¡Tu hijo mató judíos!”, dijo, según una traducción al inglés. “Mamá, tu hijo es un héroe”.

El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, y su gobierno de extrema derecha formado por supremacistas judíos lanzaron una guerra de aniquilación de inmediato. El único mapa que presentó era uno en el que solo los judíos controlarían la zona desde el río hasta el mar.

Como Hamás se había infiltrado entre la población civil de Gaza y se negaba a permitir que los gazatíes se refugiaran en los cientos de kilómetros de túneles de combate que había excavado bajo Gaza, la población civil quedó devastada por la feroz represalia de Israel. Según el ministerio de Salud de Gaza, Israel mató a más de 70.000 personas —la mayoría civiles, incluidos miles de niños — e hirió al menos a 170.000. Es una cifra vergonzosa: alrededor del 10 por ciento de los aproximadamente 2,2 millones de personas que vivían en Gaza antes de la guerra.

Según se informa, el líder de Hamás, Yahya Sinwar, describió esas pérdidas como “sacrificios necesarios” para impulsar la causa palestina a nivel mundial. Funcionó. Su sacrificio humano de civiles palestinos ha deslegitimado a Israel en todo el mundo hasta un punto nunca visto. El movimiento del pueblo judío por la autodeterminación en su patria bíblica —llamado sionismo— se ha convertido en una palabra malsonante en los campus universitarios y en los partidos políticos liberales, y cada vez más en algunos conservadores. Hoy en día, los artistas y académicos israelíes simplemente ya no son bienvenidos en muchos rincones del mundo. La guerra brutal de Israel también ha servido de excusa para que los antisemitas salgan de sus escondites.

No es de extrañar. Porque, aunque Netanyahu derrotó militarmente a Hamás, nunca fomentó ni acogió una alternativa palestina moderada. Así que matar a todos esos civiles palestinos durante la guerra se vio así ante el resto del mundo: como la acción de matar, pura y simple, no para allanar el camino hacia un mejor gobierno palestino, sino para allanar el camino hacia la ausencia total de palestinos en Gaza.

Hagamos cuentas: Israel ha gastado miles de millones de dólares, ha destruido su reputación internacional, ha perdido gran parte del apoyo de los partidos liberales de Estados Unidos y Europa… y Hamás sigue al mando en el 40 por ciento de Gaza. Hoy en día no hay ninguna perspectiva de paz con los palestinos. Muchas de estas decisiones se tomaron para que Netanyahu pudiera conservar el apoyo de los extremistas de ultraderecha que lo mantienen en el poder y evitar una posible condena de cárcel por cargos de corrupción. Ahora ya sabes por qué Bibi está haciendo todo lo posible por sofocar una investigación judicial israelí sobre el fracaso a la hora de prevenir los ataques del 7 de octubre, que podría perjudicar sus posibilidades de reelección.

En cuanto a Hamás, tampoco tendrá comisión de investigación. Por mucha victoria táctica de relaciones públicas que haya conseguido para la causa palestina, no puede traducirla en un beneficio político duradero para la creación de un Estado palestino, porque, al igual que Netanyahu, se niega a aceptar la idea de que la tierra entre el río y el mar pueda ser compartida por dos pueblos. Así que los aproximadamente dos millones de palestinos de Gaza ahora viven en una miseria mayor que nunca. Vaya victoria.

Solo la supera la “victoria” de Hizbulá en Líbano. Hizbulá arrastró a todo Líbano a una guerra con Israel por la que nadie en Líbano votó y que, obviamente, se llevó a cabo a instancias de Irán y en beneficio de sus intereses. Porque antes del 7 de octubre de 2023, Israel no ocupaba ni un centímetro de territorio libanés. Israel tiene ahora soldados por todo el sur del Líbano y ha respondido a los ataques de Hizbulá contra el norte de su territorio arrasando pueblos chiítas de la zona y barrios chiítas de Beirut. Aproximadamente un millón de libaneses se han convertido en refugiados en su propio país, y Hizbulá ha dejado al descubierto lo que realmente es: un ejército mercenario que actúa en interés de los iraníes que lo financian, no en interés de Líbano, o siquiera de los chiítas libaneses.

Así que si esperas que Hizbulá cree una comisión de investigación, espera sentado.

En cuanto al frente iraní, ahora está claro que el presidente Donald Trump y Netanyahu iniciaron una guerra contra el régimen islámico para derrocarlo mediante bombardeos aéreos y no tenían un Plan B por si el Plan A fallaba, lo cual ocurrió.

Irán, por desgracia, tenía un Plan B y un Plan C. Una vez que el régimen sobrevivió al ataque inicial de Estados Unidos e Israel —aunque con la pérdida de decenas de altos funcionarios y comandantes militares y gran parte del equipo militar—, Irán bloqueó el estrecho de Ormuz, lo que cortó el suministro de alrededor del 20 por ciento del petróleo crudo mundial. También atacó a los aliados árabes de Estados Unidos en el golfo Pérsico, dando a entender a Trump que “si nos matas, los desestabilizaremos y entonces de verdad vas a ver una crisis mundial del petróleo”.

Los opacos líderes de Irán no quieren saber nada de ninguna comisión de investigación, porque, aunque tenían planes B y C para garantizar la supervivencia de su régimen, no tenían un plan D para que el pueblo iraní prosperara. La primera pregunta que seguramente haría una comisión de investigación iraní sería: “¿Qué has conseguido exactamente con los miles de millones de dólares que has gastado al intentar construir un arma nuclear y extender el imperialismo iraní sobre el Líbano, Irak, Yemen, Siria y los Estados árabes del Golfo?”. Los líderes de Irán saben que esa pregunta viene de su propio pueblo, así que les conviene que siga la guerra, para no tener que responderla. (No me sorprende que, según Trump, acaben de derribar un helicóptero estadounidense en el estrecho de Ormuz).

En cuanto a Trump, aún puede salvar algo de esta guerra si logra convencer a Teherán de que entregue todo su uranio casi apto para armas nucleares. Espero que sí. Eso sería importante. Pero en este momento, eso solo ocurrirá si Trump le da una nueva oportunidad a este terrible régimen de Teherán. Y es que Irán seguramente no aceptará abandonar sus materiales nucleares a menos que Trump, aunque sea de manera tácita, acepte el control de facto de Irán sobre el estrecho de Ormuz (la nueva arma de destrucción masiva de Irán), la transferencia a Irán de miles de millones de dólares en activos congelados y el levantamiento de las sanciones económicas. Un presidente de Estados Unidos que prometió la “rendición incondicional” de Irán le garantizará una supervivencia ilimitada. No creo que Trump quiera que ninguna comisión de investigación del Congreso examine esa negociación.

En resumen: la guerra que comenzó el 7 de octubre de 2023 fue iniciada y librada por hombres muy malos que de manera sistemática antepusieron sus propios intereses y fantasías a los sencillos sueños de su pueblo de una vida digna. Si buscas un rayo de esperanza, sería que el dolor provocado por todo esto los obligue a establecer un alto al fuego. Y que ese alto al fuego cree un espacio para la política, para las comisiones de investigación populares que digan a los líderes de Irán, Gaza, Hizbulá, Israel y Estados Unidos que provocaron este desastre: “¿Qué estaban pensando? Fuera de aquí”.

Fuente: The New York Times

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