
Pensé que íbamos a ser mejores
Por Gilka Menléndez
Durante la pandemia de COVID-19 perdí a Frederic, mi amigo desde los diecisiete años, cuando entrábamos a la universidad. La última vez que hablamos me dijo que no se sentía bien y que iría al médico. Yo estaba por viajar a Austria. Estando allí supe que lo habían ingresado, y después recibí la noticia de su muerte. No pudimos despedirnos. Todavía me cuesta creer que se haya ido.
Pienso en él cuando recuerdo aquellos días, en lo difícil que resulta comprender que alguien con quien acabamos de hablar ya no estará para la próxima conversación. Quedan tantas cosas que habríamos querido decirle a un amigo del alma, y uno se lamenta de no haber estado más cerca.
Durante aquel largo tiempo de restricciones, mascarillas y distancia, pensé mucho en lo que nos estaba pasando. Nos hacía falta abrazarnos, visitar a quienes queríamos, acompañar a un enfermo, despedirnos de quienes sabíamos que se iban. Gestos que formaban parte de la vida cotidiana se volvieron imposibles o motivo de temor.
Creí que esa experiencia cambiaría profundamente nuestra forma de vivir, como personas y como humanidad. Imaginaba que, cuando pudiéramos volver a encontrarnos, nos saludaríamos con más cariño, incluso sin conocernos. Que nos preocuparíamos más por quien vive cerca, por quien está solo, por quien necesita ayuda y no sabe cómo pedirla. Que reconocer nuestra vulnerabilidad nos haría más sensibles a la de los demás.
Al principio sentí que algo de eso estaba ocurriendo. Hubo quien le hacía la compra al vecino mayor, quien llamaba cada día a alguien que vivía solo, quien regalaba mascarillas. Parecía que estábamos comprendiendo cuánto nos necesitamos unos a otros.
Llegué a pensar que, después de ver tantas vidas interrumpidas, nos preguntaríamos para qué acumular a costa de otros, y que daríamos más valor a nuestra palabra. Me costaba concebir que, después de luchar tanto por salvar vidas, siguiéramos dispuestos a destruirlas en las guerras. Sí, pensé que íbamos a ser mejores.
Estos días, viendo tantos conflictos, tanta desigualdad y tanta indiferencia en el mundo, he vuelto a pensar en aquellos meses, y me pregunto si entonces quise ver solo una parte de lo que estaba ocurriendo. Mientras la gente se cuidaba en su barrio, algunos países acaparaban vacunas que otros esperaron durante meses, y había quien se enriquecía con el precio de lo más necesario. Lo sabíamos, pero el día a día nos tenía ocupados cuidando a los nuestros. Quizás la pandemia dejó al descubierto tanto nuestra solidaridad como nuestro egoísmo.
Y luego olvidamos. El historiador Alfred W. Crosby, en su libro America’s Forgotten Pandemic, examinó cómo la devastadora gripe de 1918 fue quedando relegada en la memoria colectiva de Estados Unidos. También nosotros volvimos pronto a nuestras ocupaciones, a las urgencias y a las diferencias, como si fuéramos eternos.
Pero esta reflexión estaría incompleta si no me incluyera. ¿Cuánto he conservado yo de aquella disposición a cuidar? ¿He cumplido lo que me prometí cuando sentía tan cerca la posibilidad de perderlo todo? Es fácil posponer una llamada, una visita, una conversación pendiente. La vida cotidiana nos absorbe y olvidamos que, para alguien, nuestra presencia tiene un valor que desconocemos.
También están quienes han sostenido su solidaridad y siguen acompañando, cuidando y cumpliendo su palabra. Nos recuerdan que lo que esperábamos sigue siendo posible.
Por eso no quisiera que el desencanto nos quitara la capacidad de confiar o el deseo de hacer el bien. Podemos reconocer lo que nos duele y, aun así, revisar nuestra propia manera de vivir: ser más honestos, reparar una falta, cumplir un compromiso, escuchar con paciencia. Darle tiempo al afecto mientras todavía podemos compartirlo.
Cuando pienso en Frederic, vuelve aquella conversación que nunca imaginé que sería la última. Y vuelven también sus palabras: «Tú escribes con mucho sentimiento, deberías escribir». Muchas veces es su recuerdo lo que me lleva a escribir; hoy también. Su ausencia sigue conmigo, y con ella la certeza de que hay palabras y encuentros que no deberíamos dejar para después.
Si mientras leía estas líneas le vino a la mente alguien, quizás hoy sea el día de llamarle.
