La Propuesta Digital
domingo, 13 de septiembre de 2026
Prepararnos sin miedo entre la prevención y la fe

Prepararnos sin miedo entre la prevención y la fe

·12 de septiembre de 2026·22

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Por Gilka Meléndez
Hace más de veinte años, cuando desde mi trabajo en población y desarrollo hablaba sobre el cambio climático, la protección de los ecosistemas y la necesidad de cuidar nuestros ríos, bosques y recursos naturales, aquellas advertencias parecían para muchos exagerados o demasiado lejanas. Se hablaba del calentamiento de la Tierra como si fuera un problema del futuro y no una realidad que ya comenzaba a transformar silenciosamente nuestra vida.
El mundo escuchó, pero no siempre actuó con la urgencia necesaria. Gobiernos, empresas y ciudadanos continuamos consumiendo, construyendo y utilizando los recursos naturales como si fueran inagotables. Hoy ya no tenemos que imaginar las consecuencias. Las vemos en las temperaturas extremas, las sequías prolongadas, los incendios forestales, las inundaciones, el deterioro de las fuentes de agua y los efectos cada vez más severos sobre la salud, la agricultura y la infraestructura.
Europa, durante mucho tiempo asociada a temperaturas moderadas, ofrece ejemplos que hace algunas décadas habrían parecido insólitos. Familias que nunca necesitaron aire acondicionado ahora deben instalarlo para soportar veranos sofocantes. En Austria, la empresa ferroviaria nacional advirtió en junio de 2026 que el calor extraordinario podía dilatar y deformar los rieles, obligando a reducir la velocidad de los trenes o cerrar temporalmente algunos tramos. Los rieles no se derriten, pero pueden calentarse hasta alcanzar temperaturas extremas y perder su alineación. La imagen es poderosa: incluso infraestructuras construidas para durar deben adaptarse a una realidad climática diferente.
En la República Dominicana también sentimos esa transformación. El calor parece cada vez más intenso; nuestros ríos, bosques y costas sufren presiones acumuladas, y muchas comunidades viven con mayor exposición a fenómenos extremos. Durante años separamos el medio ambiente del desarrollo, como si proteger la naturaleza fuera un lujo. Hoy comprendemos que cuidar el entorno es proteger la vida, la economía, la salud y el porvenir de nuestros hijos.
Paralelamente, en las últimas semanas ha aumentado la preocupación de la población ante las advertencias de especialistas sobre la posibilidad de un terremoto de gran magnitud. Nuestro país se encuentra en una zona de actividad sísmica y tiene que prepararse. Los simulacros, la educación ciudadana, la revisión de las edificaciones, el cumplimiento de las normas de construcción y la capacidad de respuesta de las instituciones pueden salvar muchas vidas.
Pero debemos establecer una diferencia esencial. El cambio climático no es la causa directa de los grandes terremotos tectónicos, que se producen principalmente por el movimiento de las placas de la corteza terrestre. Ambos asuntos, sin embargo, nos dejan una enseñanza común: ignorar los riesgos y posponer la prevención aumenta nuestra vulnerabilidad. La naturaleza no negocia con nuestra indiferencia.
También debemos distinguir la preparación del alarmismo. La ciencia puede identificar fallas geológicas, estudiar terremotos anteriores y construir escenarios posibles, pero no puede anunciar con certeza el día ni la hora en que ocurrirá el próximo gran sismo. Después de un terremoto fuerte suelen presentarse réplicas y es prudente mantenerse alerta; esa realidad no debe convertirse en una sentencia permanente de angustia. Prepararnos no significa levantarnos cada mañana esperando una tragedia.
Las orientaciones deben ser claras y responsables. Durante el movimiento, la recomendación general es agacharse, cubrirse debajo de una mesa o escritorio resistente y agarrarse. Quien esté en un edificio alto no debe correr hacia las escaleras ni utilizar el ascensor mientras la tierra está temblando. También conviene que cada familia identifique un lugar de encuentro, mantenga suministros básicos y conozca cómo comunicarse después de una emergencia. La prevención ordenada produce seguridad; el miedo descontrolado puede conducir a decisiones peligrosas.
Junto al conocimiento y la prudencia, yo reconozco otra fuente de fortaleza: la fe. Creo en Dios como Creador y creo en los milagros. Creo, además, que la República Dominicana es una isla bendecida. Somos un pueblo mayoritariamente bueno, creyente, generoso y solidario, especialmente cuando una familia o una comunidad atraviesan momentos difíciles.
Esa convicción no significa que estemos exentos de los fenómenos naturales ni que otros pueblos hayan sufrido por ser menos buenos, menos creyentes o menos amados por Dios. Jamás podríamos formular semejante juicio ante el dolor ajeno. La fe verdadera no nos concede superioridad ni reemplaza la responsabilidad. Nos enseña a vivir sin desesperación, a cuidar al prójimo y a mantener la esperanza aun en medio de la incertidumbre.
La protección de Dios también puede manifestarse en la sabiduría para escuchar a los especialistas, en una edificación construida correctamente, en una institución que revisa sus protocolos, en una familia que conoce su plan de emergencia y en una comunidad dispuesta a auxiliar a sus vecinos. La fe no debe llevarnos a la pasividad; debe convertirnos en personas más conscientes, prudentes y solidarias.
Preparémonos, entonces, pero sin entregar nuestra paz al temor. Cuidemos la Tierra que hemos recibido, exijamos construcciones seguras, aprendamos qué hacer ante una emergencia y mantengamos nuestra confianza en Dios. La prevención y la fe no son adversarias. Unidas, pueden ayudarnos a afrontar los riesgos con responsabilidad, serenidad y esperanza.

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