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lunes, 10 de agosto de 2026
Putin y su guerra sin salida: cuatro años de sangre, ruinas y delirios imperiales

Putin y su guerra sin salida: cuatro años de sangre, ruinas y delirios imperiales

·9 de agosto de 2026·27

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Cuando Vladimir Putin ordenó invadir Ucrania el 24 de febrero de 2022, probablemente creyó que estaba iniciando una excursión militar de corta duración. Quizás imaginó a sus tropas desfilando por Kiev pocas semanas después, mientras el Gobierno ucraniano huía y el Kremlin presentaba al mundo una nueva “victoria histórica”.

En Moscú debieron calcular que Ucrania, antigua república de la desaparecida Unión Soviética, no soportaría ni tres meses frente a una de las principales potencias militares del planeta. Sobre el papel, la cuenta parecía sencilla: más soldados, más tanques, más aviones, miles de misiles y un arsenal nuclear suficiente para convertir varias veces el mundo en cenizas.

Pero las guerras tienen la desagradable costumbre de no obedecer los discursos preparados en los palacios.

Más de cuatro años después, Ucrania continúa resistiendo y Rusia sigue sin alcanzar sus objetivos estratégicos fundamentales. La operación relámpago se transformó en una interminable procesión de cadáveres, ciudades destruidas, pueblos arrasados y familias desmembradas.

La guerra de tres días que ya va por cuatro años

La propaganda rusa ha utilizado todos los nombres posibles para evitar llamar guerra a la guerra. La bautizó “operación militar especial”, como si bombardear edificios residenciales, destruir hospitales y lanzar misiles contra ciudades fuera una práctica quirúrgica de rutina.

Aquella supuesta operación breve ha superado los cuatro años y medio. Ya no parece una demostración de poder, sino una prueba monumental de que hasta una potencia militar puede quedar atrapada en su propia arrogancia.

Putin quiso demostrar que Rusia podía ocupar Ucrania rápidamente. Lo que ha demostrado es que puede prolongar una guerra durante años, perder una cantidad espantosa de soldados y destruir el país que afirma querer “liberar”.

¡Vaya forma de liberar a un pueblo! Primero se bombardean sus viviendas, después se ocupan sus territorios y finalmente se le explica que todo se hace por su propio bien. Si eso es liberación, cuesta imaginar cómo será la enemistad.

Una montaña de muertos sin cifra definitiva

La guerra ha dejado un balance humano estremecedor. Naciones Unidas ha verificado la muerte de más de 16,000 civiles desde el comienzo de la invasión, aunque advierte que el número real es considerablemente mayor debido a las dificultades para documentar lo ocurrido en los territorios ocupados.

Solo durante el primer semestre de 2026 murieron cerca de 1,400 civiles y casi 8,000 resultaron heridos, según los datos divulgados por organismos internacionales. Las víctimas aumentaron mientras Rusia intensificaba sus ataques con drones y misiles contra ciudades e infraestructuras ucranianas.

Determinar la cantidad de militares muertos es mucho más difícil. Rusia y Ucrania administran las cifras como parte de la guerra informativa, mientras las estimaciones occidentales difieren según las fuentes y el período analizado.

Lo indiscutible es que las bajas rusas —entre muertos y heridos— se cuentan por cientos de miles y posiblemente superan el millón. Ucrania también ha sufrido pérdidas militares devastadoras, aunque dispone de una población mucho menor para reemplazar a sus combatientes.

Pero ninguna montaña de cadáveres parece suficientemente alta para llamar la atención del señor del Kremlin. Putin observa las bajas desde la comodidad de sus salones, seguramente convencido de que siempre quedará algún joven ruso disponible para enviarlo al frente.

Los hijos de los ciudadanos comunes son convertidos en estadísticas. Los hijos de la élite, mientras tanto, parecen tener una habilidad extraordinaria para mantenerse lejos de las trincheras.

Putin no negocia: administra el tiempo

El elevado número de víctimas no ha llevado al mandatario ruso a aceptar siquiera un alto el fuego incondicional. Su verdadera aspiración continúa siendo imponer una rendición disfrazada de acuerdo de paz.

Moscú pretende que Ucrania acepte la pérdida de cerca de una quinta parte de su territorio, renuncie a recuperar las zonas ocupadas y limite su capacidad futura de defensa. Es decir, Rusia invade, destruye, ocupa y luego exige que la víctima agradezca la generosidad de no haberle quitado todavía más.

Eso no es una negociación. Es un atraco acompañado de un borrador diplomático.

Putin ha utilizado cada intento de diálogo para ganar tiempo, reorganizar sus tropas, intensificar sus exigencias y proyectar la imagen de que está dispuesto a negociar, siempre que negociar signifique aceptar todo lo que él quiere.

Trump descubrió que Putin no era su compañero de negocios

El cambio de Gobierno en Estados Unidos representó un golpe para Ucrania. La llegada de Donald Trump modificó el ritmo y las condiciones de la asistencia militar que Kiev necesitaba con urgencia.

Trump parecía convencido de que su relación personal con Putin abriría rápidamente el camino hacia un acuerdo. Durante la campaña prometió resolver el conflicto con una facilidad casi milagrosa, como si cuatro años de guerra pudieran solucionarse con una llamada telefónica, una fotografía sonriente y un apretón de manos.

Pero Putin no estaba buscando una oportunidad para la paz. Estaba buscando tiempo.

El gobernante ruso elogió, demoró, condicionó, endureció sus demandas y colocó a Trump en situaciones cada vez más incómodas. La anunciada solución rápida terminó convertida en otro fracaso de la diplomacia personalista.

Trump probablemente pensó que trataría con un socio difícil. Descubrió que Putin no negocia como un empresario interesado en cerrar un acuerdo, sino como un autócrata que interpreta cada concesión como una señal de debilidad.

A estas alturas, la Casa Blanca debería haber comprendido que el ocupante del Kremlin no está interesado en la paz si esta no incluye la sumisión de Ucrania.

Europa despertó tarde y todavía busca sus zapatos

Europa también merece una dosis de ironía. Durante años disfrutó de la protección militar estadounidense, redujo sus capacidades defensivas y compró energía rusa como si la dependencia no tuviera consecuencias.

Cuando Putin invadió Ucrania, muchos gobiernos europeos descubrieron con asombro que los discursos no derriban misiles y que las resoluciones solemnes no detienen tanques.

Debilitada en el terreno militar, Europa tuvo que adaptarse a las cambiantes políticas de Washington. Aun así, debe reconocerse que la Unión Europea mantuvo una asistencia económica, política y militar crucial para la resistencia ucraniana.

En junio de 2026, el Consejo Europeo reafirmó su respaldo a la independencia y la integridad territorial de Ucrania, reclamó un alto el fuego inmediato y reiteró la necesidad de acelerar la entrega de defensas antiaéreas, municiones, drones y misiles.

Europa continúa apoyando a Kiev, pero lo hace mientras intenta reconstruir apresuradamente una capacidad defensiva que debió preservar desde hace décadas. Ahora descubre que fabricar armas toma tiempo. Extraordinario hallazgo.

Ucrania también golpea dentro de Rusia

Ucrania dispone ahora de mayores capacidades para realizar ataques de largo alcance contra objetivos dentro de Rusia mediante drones y misiles.

Esas operaciones han alcanzado refinerías, depósitos de combustible, instalaciones militares, redes logísticas, puertos y embarcaciones relacionadas con la llamada flota fantasma utilizada por Moscú para evadir las sanciones.

Los golpes contra la infraestructura petrolera buscan reducir los ingresos que financian la guerra y trasladar parte del costo del conflicto al territorio ruso.

Algunos ataques ucranianos también han causado víctimas civiles, hechos que deben ser investigados y condenados con el mismo criterio utilizado frente a las acciones de Rusia. Ninguna bandera convierte a un civil muerto en un objetivo legítimo.

Sin embargo, existe una diferencia fundamental que la propaganda del Kremlin intenta borrar: Ucrania no cruzó la frontera rusa el 24 de febrero de 2022 para conquistar Moscú. Fue Rusia la que invadió Ucrania.

Pretender equiparar al agresor con el agredido es como reprocharle a la víctima de un asalto que haya golpeado al delincuente mientras trataba de defenderse.

Ni la OTAN ni la Unión Europea justifican esta carnicería

Putin presentó la posible entrada de Ucrania en la OTAN como una amenaza existencial para Rusia. Sin embargo, la alianza atlántica no ha establecido una fecha para admitir al país y cualquier incorporación inmediata resulta improbable mientras continúe la guerra.

Eso no significa que la puerta esté cerrada. La OTAN mantiene formalmente el camino de Ucrania hacia una futura integración, pero no existe un calendario concreto ni consenso para incorporarla en medio del conflicto.

En cuanto a la Unión Europea, Ucrania sí posee la condición de candidata y las negociaciones de adhesión han avanzado. En junio de 2026 se abrió el bloque inicial de conversaciones, aunque el proceso será largo, condicionado al cumplimiento de reformas y sin una fecha segura de ingreso.

Por tanto, ni la OTAN estaba a punto de instalarse en Kiev ni Ucrania iba a incorporarse automáticamente a la Unión Europea. El argumento de la amenaza inminente ha servido principalmente como envoltura ideológica para justificar una ambición imperial.

Entonces, ¿qué quiere Putin?

La respuesta parece cada vez más sencilla: Putin quiere que Ucrania deje de existir como nación plenamente soberana.

Pretende controlar su política exterior, limitar sus Fuerzas Armadas, anexar los territorios ocupados y mantener al resto del país dentro de la esfera de influencia rusa.

No busca únicamente seguridad para Rusia. Busca obediencia de Ucrania.

La guerra forma parte de una visión imperial según la cual Moscú posee algún derecho histórico sobre los pueblos que estuvieron sometidos a la Unión Soviética o al antiguo Imperio ruso.

El problema es que los ucranianos no quieren regresar a ese pasado, por más discursos históricos, mapas antiguos y delirios geopolíticos que Putin coloque sobre la mesa.

Un imperio sostenido con petróleo y propaganda

Putin actúa sin contrapesos efectivos, sin tolerancia frente a la oposición y con un sistema político diseñado para confirmar cada una de sus decisiones.

Mientras habla de grandeza nacional, Rusia soporta sanciones, inflación, limitaciones tecnológicas, escasez de mano de obra y una creciente dependencia de países como China, Irán y Corea del Norte.

El Kremlin presume de potencia mundial, pero necesita soldados norcoreanos, drones iraníes y mercados alternativos para mantener una guerra que supuestamente iba a resolver con facilidad.

La economía rusa no se ha derrumbado, como se pronosticó en algunos círculos occidentales, pero está cada vez más subordinada al esfuerzo bélico. Una cosa es resistir las sanciones y otra muy distinta construir un país moderno, innovador y próspero.

Rusia continúa siendo una potencia militar y energética, pero no ha conseguido convertirse en referente global de desarrollo tecnológico, industrial o democrático. Su principal producto de exportación parece seguir siendo el miedo.

Una guerra estúpida que nadie puede celebrar

La prolongación de este conflicto carece de sentido humano, económico y político. Rusia no ha logrado someter a Ucrania y Ucrania, pese a su resistencia, no dispone por ahora de condiciones para recuperar rápidamente todo el territorio ocupado.

Cada mes adicional significa más civiles muertos, más soldados mutilados, más ciudades destruidas y otra generación de rusos y ucranianos educada en el odio.

Putin puede continuar enviando tropas, lanzando misiles y proclamando avances sobre pequeñas franjas de terreno. Puede controlar la televisión rusa, encarcelar opositores y ordenar que cada derrota sea presentada como una brillante maniobra estratégica.

Lo que no puede controlar es la historia.

Y la historia difícilmente recordará esta invasión como una demostración de grandeza. La recordará como la guerra absurda de un hombre atrapado mentalmente en la Guerra Fría, dispuesto a sacrificar a dos pueblos para satisfacer una nostalgia imperial que el mundo ya no comparte.

Putin quiso reconstruir un imperio. Hasta ahora, solo ha construido cementerios.

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