
Sobre un Espejo y el Sentido de la Existencia
Por Milton Olivo
Se cuenta que un anciano sabio vivía junto a un inmenso jardín. Un día llegó un joven y le preguntó:
—Maestro, todos corren detrás del dinero, del placer y de la fama. Dígame, ¿cuál es el verdadero sentido de la vida?
El anciano no respondió de inmediato. Lo invitó a caminar.
Después de un largo recorrido llegaron a un árbol gigantesco.
—¿Sabes quién lo sembró? —preguntó el anciano.
—No.
—Un hombre que murió hace muchos años. Nunca disfrutó plenamente de su sombra ni de sus frutos. Lo plantó porque entendió que la vida consiste en dejar algo mejor para quienes vienen después.
Más adelante encontraron un bosque convertido en tierra estéril.
—¿Y aquí qué ocurrió?
—Aquí vivieron personas que solo pensaron en sí mismas. Derribaron los árboles para obtener riqueza inmediata y dejaron a sus hijos sin sombra, sin agua y sin futuro.
Siguieron caminando hasta un río de aguas cristalinas.
—Cada río limpio —dijo el anciano— existe porque alguien decidió protegerlo. Quien contamina un río no destruye solamente agua; destruye la vida de personas que aún no han nacido. Lo mismo ocurre con los bosques, con los animales y con la tierra. Cuidar la naturaleza es cuidar la existencia misma.
El joven guardó silencio. Entonces el anciano lo condujo hasta una colina donde había monumentos dedicados a hombres y mujeres que habían luchado por la libertad de su pueblo.
—Muchos pasan por aquí sin detenerse —dijo el anciano—, pero olvidan que la libertad que hoy disfrutan fue conquistada con sacrificio. Cada generación recibe una nación como un jardín heredado. No tiene derecho a consumirlo sin antes hacerlo más fértil para quienes vendrán después.
Mientras descendían, encontraron personas que vivían únicamente buscando diversión, riqueza o placeres pasajeros.
El anciano comentó:
—Quien vive solo para sí mismo termina descubriendo que el placer nunca llena el vacío del alma. La verdadera alegría nace cuando comprendemos que fuimos creados para servir, construir, amar y dejar una huella de bien.
Al caer la tarde llegaron a una pequeña casa donde solo había un espejo.
—Mírate —dijo el anciano.
El joven vio reflejado el rostro de un anciano. Era él mismo al final de su vida. Entonces escuchó una pregunta que parecía surgir desde lo más profundo de su conciencia:
—¿Qué hiciste con la vida que Dios te entregó?
Comprendió que ese día no importarían las riquezas acumuladas ni los aplausos recibidos. Solo tendría valor el bien que hubiera sembrado, la lealtad con que vivió, la compasión que mostró hacia los demás y la responsabilidad con la que cuidó de su familia, de su patria y de la creación.
El anciano abrió entonces un viejo libro.
—¿Qué libro es ese?
—La Palabra de Dios. En ella hablan generaciones que aprendieron, acertaron y también se equivocaron. Quien escucha su sabiduría encuentra una brújula para no repetir los errores del pasado y para caminar con esperanza hacia el futuro.
Antes de despedirse, el anciano entregó al joven una pequeña semilla.
—¿Qué debo hacer con ella?
—Plántala donde haga falta esperanza. Siembra honestidad donde haya corrupción; justicia donde haya abuso; conocimiento donde haya ignorancia; reconciliación donde haya odio; árboles donde falte vida y oportunidades donde exista pobreza. Así comprenderás el verdadero sentido de la existencia.
El joven descendió de la montaña con la semilla en sus manos. Muchos se burlaron de él porque una sola semilla parecía insignificante.
Pero el anciano sonrió, porque sabía que toda gran transformación comienza con alguien que decide sembrar, aunque nunca llegue a sentarse bajo la sombra del árbol.
Porque el verdadero sentido de la existencia no consiste en preguntarnos cuánto recibimos de la vida, sino cuánto dejamos floreciendo para quienes vendrán después. FIN.
