Tercera Palabra: “He aquí a tu hijo. He aquí a tu madre”

Mons. Francisco Ozoria Acosta

“Junto a la cruz de Jesús estaba su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y al lado al discípulo amado, dice a su madre: – Mujer, ahí tiene a tu hijo. Después dice al discípulo: – Ahí tienes a tu madre. Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa” (Jn. 19, 25-27).

Nos alegra grandemente tener una reflexión sobre esta tercera palabra de Jesús en la cruz. Sobre todo, en el contexto de este año jubilar altagraciano en ocasión de conmemorarse el centenario de la Coronación Canónica de la Virgen de la Altagracia como Protectora de la República Dominicana.

En el marco de este centenario quiero llamar a todos los cristianos y a todos los dominicanos a una contemplación de estas palabras de Jesús. Y propongo una contemplación en doble vía. Así lo propone Jesús:

Primera vía: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”.

Desde la cruz Jesús dice a su Madre, mujer ahí tienes a tu hijo. Es Juan el menor de los discípulos de Jesús, que está con ella al pie de la cruz.

En esta primera vía hay un movimiento de la Madre hacia el hijo. El discípulo amado es entregado a María como hijo muy amado, quien deberá tener conciencia de la maternidad de María. Ella cuidará, protegerá y amará a su nuevo hijo como a su propio Hijo Jesús.

Todos nosotros los discípulos de Jesús, tenemos que reconocer esa maternidad de María y sentirnos amados y cuidados por ella como sus hijos. Podríamos decir que el mejor regalo de Jesús, nos lo hizo desde la cruz al entregarnos a su Madre como nuestra Madre.

La segunda vía: “Ahí tienes a tu madre”.

Aunque parece una idea repetida no es así. En esta segunda vía, se trata de un movimiento del hijo hacia la Madre. El discípulo está invitado a reconocer y a amar a María como su Madre. Y en este sentido, el hijo tiene ciertos deberes y obligaciones respecto a la Madre.

¿Cómo podemos expresar un amor filial a la Virgen María de la Altagracia?

En el Evangelio, Jesús nos dice: “Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa”.

Estamos seguros de que ella nos acoge como sus hijos, en su corazón. A ejemplo de Juan acojamos a María en nuestra casa, en nuestras familias y en nuestro corazón.

Me atrevo a recomendar cultivar una relación permanente y seria con María. No se trata sólo de una devoción. No se trata nada más de rezos, ritos y jaculatorias.

Acoger a María como Madre nos debe llevar a ser como ella, a imitarla en sus actitudes y acciones. Imitarla en su sensibilidad ante los problemas y las necesidades de los demás, como en Caná de Galilea. Imitarla en su aceptación y obediencia a la Palabra de Dios: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc. 1, 38).

¡Ave María Purísima!

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