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miércoles, 30 de septiembre de 2026
Trump y Xi: la diplomacia que no cambiará el rumbo histórico

Trump y Xi: la diplomacia que no cambiará el rumbo histórico

·30 de septiembre de 2026·5

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Por Manolo Pichardo

Donald Trump y Xi Jinping sostuvieron una reunión en Washington que sirvió para ratificar que Estados Unidos y China conducen el rumbo geopolítico global. El recibimiento personal en el aeropuerto por parte del mandatario estadounidense constituye un reconocimiento implícito hacia el líder chino como la cabeza de una potencia en ascenso que avanza hacia el desplazamiento de la hegemonía occidental. La dinámica geopolítica de esta transición no se resolvió en la cumbre; las fuerzas económicas continuarán moviéndose en el marco de las contradicciones estructurales que caracterizan el paso hacia un nuevo orden multipolar. Por esta razón, las tensiones continuarán y los escenarios de conflicto podrían multiplicarse hasta que se reestabilice el sistema internacional y se definan con claridad las esferas de influencia de los nuevos actores globales.

​El mensaje diplomático emanado de la reunión encaja en una narrativa diseñada para calmar a los mercados financieros globales al transmitir la certidumbre de que los conflictos en regiones clave, como Medio Oriente, no escalarán hacia un punto de no retorno. Con ello se reduce el estrés bursátil, se alivia la volatilidad en el mercado energético y se frena el impulso de desdolarización buscado por diversos países del Sur Global. Dichas naciones han sentido el peso de un sistema financiero internacional crecientemente politizado, utilizado como arma geopolítica para debilitar o sancionar a gobiernos disidentes mediante el estrangulamiento de sus economías.

​En este complejo panorama resulta imposible omitir la cuestión de Taiwán, la isla que sirvió de refugio a Chiang Kai-shek tras la Guerra Civil china con la pretensión inicial de reorganizar sus fuerzas y retornar al territorio continental para reinstaurar el gobierno del Kuomintang. Para la República Popular China, y de manera prioritaria para la administración de Xi Jinping, el tema representa un asunto indiscutible de soberanía e integridad territorial, indispensable para la reunificación nacional. Beijing observa a la isla como el último reducto estratégico de la influencia occidental en su propio territorio, en continuidad con la presencia histórica ejercida en su momento en Hong Kong y Macao.

​Amortiguar los choques derivados de la competencia tecnológica es otro de los objetivos centrales de esta dinámica bilateral. A pesar de las sanciones contra gigantes tecnológicos como Huawei -que incluyeron la detención de su directora financiera en Canadá y restricciones severas de suministros-, la firma asiática ha logrado superar el aislamiento comercial irrumpiendo nuevamente en el mercado global, sobrepasando las barreras en la fabricación de microchips avanzados e ignorando los bloqueos impuestos por las políticas de contención occidentales.

​China lidera de forma sostenida el volumen mundial de solicitudes de patentes e innovación, destacando el empuje del país asiático en sectores estratégicos como la computación cuántica, la robótica industrial y la biotecnología avanzada. Estos elementos, sumados a las dinámicas de la guerra comercial, convierten a la diplomacia tecnológica en una partida de ajedrez geopolítico donde los movimientos son irreversibles y decisivos para el liderazgo global.

​Evitar la denominada “Trampa de Tucídides” -la tendencia estructural al conflicto bélico cuando una potencia emergente amenaza con desplazar a una potencia hegemónica, tal como Gran Bretaña cedió el poder a Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial- parece ser el objetivo estratégico de Xi Jinping. El líder chino busca prevenir una confrontación armada directa, en consonancia con las convicciones de pensadores como Sun Tzu, quien planteaba que la verdadera victoria reside en vencer sin combatir.

​Sin embargo, estos encuentros bilaterales difícilmente alterarán el curso de la historia. Cubrir con diplomacia y una taza de té el choque entre una potencia consolidada en repliegue y otra en constante ascenso no detiene la dinámica dialéctica del sistema internacional. En términos del materialismo histórico, la contradicción entre la tesis hegemonista y la antítesis emergente continuará su desarrollo natural hasta la configuración de una nueva síntesis en el orden mundial.

​Visto así, resulta evidente cómo Europa ha iniciado un camino hacia la irrelevancia. Alemania, inmersa en un acelerado proceso de desindustrialización tras el efecto rebote de las sanciones aplicadas a Rusia -que emerge como un actor de peso diplomático y militar-, ha pasado a la encrucijada de intentar salvar su liderazgo regional. El país de Angela Merkel ya no es el motor económico del Viejo Continente ni aquella potencia que exhibía con orgullo su supremacía tecnológica. Ahora, el crecimiento regional lo marca España con una economía impulsada por los servicios; sin embargo, esta “economía del postre” está a punto de enfrentar la desaceleración de una Alemania e hiperinflación europea incapaces de seguir emitiendo el caudal de turistas que abarrotan sus hoteles, restaurantes y museos.

​En este tablero global, y a pesar del apretón de manos entre Xi y Trump, la alianza de los BRICS continuará consolidándose. El bloque abre nuevas oportunidades de negocio, inversión y financiamiento para la construcción de una arquitectura financiera alternativa a la hegemonía del dólar, apostando fuertemente al comercio en monedas nacionales.

​Mientras el protocolo en Washington imponía sonrisas y fotos oficiales, el Golfo Pérsico continuaba ardiendo, reconfigurando la distribución energética mundial y perfilando nuevos bloques de poder. Al mismo tiempo, África emerge sacudiéndose el despojo neocolonial para buscar nuevos socios comerciales en Oriente. A este nuevo mapa se suma la Iniciativa de la Franja y la Ruta, un motor que continuará transformando el comercio global y al que no escapa América Latina, una región que ha consolidado su apuesta por la diversificación comercial sin ceder ante presiones externas o vaivenes ideológicos de coyuntura. Las nuevas fuerzas económicas y productivas han marcado un rumbo irreversible que la simple retórica diplomática ya no puede detener, pues esta podría ayudar a aliviar los traumas propios de los choques derivados de las luchas por la hemorragia global o los cambios civilizatorios, pero no altera la dirección de los acontecimientos.

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