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jueves, 8 de octubre de 2026
 Un gol no cambia las fronteras

Un gol no cambia las fronteras

·7 de octubre de 2026·57
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Una distinguida dama de La Vega decidió realizar algunas reparaciones interiores en su casa de veraneo en Jarabacoa. Una persona cercana le recomendó a un trabajador haitiano que acostumbraba a hacer ese tipo de labores. Lo contrató, confiando en que recibiría un trabajo bien hecho.

Pero las cosas no salieron como esperaba. Surgieron diferencias por la calidad de las reparaciones y, en medio de la discusión, según el relato que nos hizo llegar, el trabajador soltó una expresión que la dejó fría: “Esto aquí es nuestro, República Dominicana es Haití”.
La señora había contratado una reparación. No sabía que también tendría que discutir la independencia nacional.

Lo que la impactó fue escuchar semejante afirmación de alguien que encuentra aquí una oportunidad para ganarse la vida, lejos de la violencia y las penurias que golpean a tantos de sus compatriotas. Una diferencia por un trabajo mal terminado podía discutirse y resolverse. Desconocer el país que lo acoge era otra cosa.

Esta es una anécdota que presentamos como nos fue relatada, pero recuerda un episodio público reciente que los dominicanos sí pudimos conocer: las palabras del futbolista Wilson Isidor después de la victoria de Haití por 4-1 sobre nuestra selección en Santo Domingo. El jugador afirmó que La Española es Haití y que por tanto República Dominicana era Haití.

Haití ganó el partido. Eso se reconoce sin dificultad. Nuestro fútbol sigue abriéndose camino en un país cuya gran pasión deportiva ha sido el béisbol. Si el equipo contrario jugó mejor, se le felicita y se trabaja para mejorar.

Ahora bien, una victoria deportiva no entrega escrituras. Meter goles en el Olímpico no convierte el estadio, ni mucho menos el país, en territorio del visitante.

Se ha querido explicar aquella frase por la emoción del momento. Podemos entender la alegría. Lo que no tenemos por qué hacer es aceptar cualquier expresión como si celebrar autorizara a faltar el respeto.

La emoción puede explicar lo que alguien dice. También deja a quien lo dijo con la responsabilidad de aclararlo o corregirlo.
Sería igualmente un error afirmar, sin pruebas, que todos los haitianos piensan así, o que esa es la posición de la mayoría. Una columna que exige respeto debe cuidar también lo que afirma. Lo comprobable es que esas palabras fueron pronunciadas y que tocaron una fibra sensible entre los dominicanos.

Caos en el olimpico

Pero hace falta que quienes protagonizaron el episodio entiendan por qué sus palabras provocaron rechazo. Compartimos una isla, no una nacionalidad. Tenemos una frontera, dos Estados y una historia que no puede despacharse con una ocurrencia después de un partido.

La Constitución imperial haitiana de 1805, bajo Dessalines, proclamaba que el Imperio de Haití era uno e indivisible. Ese texto corresponde a otra época y no puede utilizarse para atribuirles hoy una misma intención a millones de personas. Pero la historia explica por qué cualquier expresión que parezca desconocer la existencia de República Dominicana encuentra aquí una respuesta firme.

El 27 de febrero de 1844 tiene un significado que los dominicanos conocemos. Nuestra independencia costó sacrificios. Mantenerla exige instituciones que funcionen, autoridades responsables y una ciudadanía consciente de lo que debe preservar.

Eso no significa vivir viendo enemigos en todas partes. Significa tener claras las responsabilidades del Estado.
La crisis haitiana sigue imponiendo enormes dificultades a sus propios ciudadanos.
En el ámbito deportivo, AP ha documentado incluso la ocupación por pandillas del principal estadio de Puerto Príncipe y de instalaciones cercanas de entrenamiento.

Esa realidad debería llamar a la reflexión. Cuando un país necesita colaboración para que sus deportistas puedan competir, lo razonable es cuidar las relaciones con quienes le facilitan las cosas. La gratitud y el respeto no cuestan un centavo.

Crisis de seguridad en Haiti

Aquí hemos tendido la mano en momentos difíciles. Y podemos seguir colaborando dentro de nuestras posibilidades. Pero la solidaridad no obliga a cargar indefinidamente con problemas que deben resolver las autoridades haitianas con apoyo de la comunidad internacional. Tampoco obliga a aceptar que se hable de nuestro territorio como si estuviera disponible.

República Dominicana tiene sus propias dificultades. Nos faltan mejores servicios, más seguridad, empleos de calidad y oportunidades para mucha gente. Hemos avanzado, pero todavía hay demasiados dominicanos esperando que ese progreso les llegue a la puerta de su casa.

Precisamente por eso necesitamos una política migratoria seria. El Gobierno debe saber quién entra, en qué condiciones permanece y qué actividades realiza. Debe reforzar la frontera, enfrentar el tráfico de personas y aplicar las normas de manera constante.

Y aquí hay responsabilidades que no se pueden seguir escondiendo. Algunos reclaman mano dura en público mientras buscan mano de obra irregular para sus negocios. Quieren una frontera cerrada para el discurso y abierta para abaratar sus costos. Así resulta muy fácil ser patriota: la bandera por delante y la conveniencia por detrás.

El orden migratorio debe alcanzar también a quienes contratan al margen de la ley y a quienes cobran por facilitar entradas irregulares. De lo contrario, seguiremos dando vueltas alrededor del mismo problema.

También debemos hablar con claridad sobre los derechos políticos. La nacionalidad, el ejercicio de esos derechos y la permanencia en el territorio se rigen por la Constitución y las leyes. Ese orden debe respetarse, sin improvisaciones ni decisiones acomodadas a intereses particulares.

Ahora bien, defender un trato digno para un inmigrante no convierte a ningún dominicano en enemigo de su país. Se puede exigir que la ley se cumpla y que las personas sean tratadas con respeto. Ambas cosas caben perfectamente en una misma posición.

Lo que merece crítica es la actitud de quienes minimizan cualquier falta de respeto y pretenden que los dominicanos guardemos silencio para no incomodar. La buena vecindad requiere consideración de ambos lados.

A la señora de Jarabacoa le correspondía recibir una explicación sobre el trabajo contratado. A los dominicanos que acudieron al estadio les correspondía disfrutar de un partido. Ninguno tenía que escuchar que su país era otro.

La respuesta puede ser firme, sencilla y sin odio: Haití es Haití y República Dominicana es República Dominicana.
Quien venga a trabajar debe cumplir nuestras leyes. Quien venga a competir debe respetar al anfitrión. Y quien necesite nuestra solidaridad debe entender que ayudar no significa renunciar a lo nuestro.

La frontera no se mueve por una discusión en una casa ni por el resultado de un partido. Conviene recordarlo antes de que a alguno se le vuelva a subir el marcador a la cabeza.

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