¿Un “Instituto Antihaitiano”?

Por Juan Llado

¿Qué es ser un patriota? Según un diccionario, un patriota es alguien “que ama profundamente la patria propia y trabaja y se arriesga por esta”. La definición viene al caso al enjuiciar las “marchas patrióticas” que está patrocinando últimamente el Instituto Duartiano. Cuando se analiza la iniciativa frente a nuestras relaciones actuales con Haití parecería que esa entidad no ama ni trabaja por la patria ni para exaltar la memoria de Juan Pablo Duarte.

La actual coyuntura de las relaciones bilaterales se caracteriza por ser sumamente delicada. No solo la migración ilegal de haitianos hacia nuestro país crece sin parar, sino que la situación interna de Haití es incendiaria y sus repercusiones podrían afectarnos negativamente. Siendo Haití nuestro segundo socio comercial nuestras exportaciones podrían mermar, amén de que las masivas deportaciones de haitianos crean una atmósfera enrarecida. Con animosidad en sus declaraciones, algunas voceros haitianos tampoco ayudan a evitar problemas. Si bien no existe amenaza de guerra, hay nubarrones que podrían causar serias disrupciones de nuestras relaciones con el hermano país.

Ante esta situación conviene resaltar que la iniciativa del Instituto Duartiano no compagina con su misión institucional. Según su página web, el propósito de la entidad es “llevar al pueblo dominicano y a otras naciones la historia de Juan Pablo Duarte e impulsar que, por medio del conocimiento de sus ideales, laboriosidad, honestidad acrisolada y vida ejemplar, exista un mejor ciudadano y la Patria justa y feliz que soñó el Padre de la Patria. Nuestra misión es difundir la vida, obra y ejemplo de Duarte, en primer lugar, y de los trinitarios y los próceres de la Restauración de la Independencia Nacional, en segundo término, para la edificación moral y cívica del pueblo dominicano y su mejor formación». En otras palabras, su trabajo es educar sobre la grandiosa obra de Duarte y sus compañeros trinitarios y las virtudes que adornaron la vida del Padre de la Patria.

Sin embargo, el referido Instituto ha decidido ampliar su rango de actividades para incluir la situación del hermano país. Un reciente reporte de prensa señaló: “El Instituto Duartiano externó su preocupación ante los acontecimientos que están sucediendo en Haití, los cuales podrían atentar contra la estabilidad del país dada la cercanía de ambos países”. Tal preocupación ha llevado a la entidad a patrocinar unas “marchas patrióticas” en Santo Domingo y en Santiago para demandar que “la comunidad internacional, principalmente la ONU (Organización Mundial de las Naciones Unidas), la OEA (Organización de Estados Americanos) y las grandes potencias como Estados Unidos, Francia y Canadá, acompañen a la nación haitiana a emprender un sostenido proceso” de desarrollo. Una próxima marcha está programada para el 5 de noviembre en Azua.

Cuando se contrasta la misión del Instituto con los reclamos de sus “marchas patrióticas” se podrá comprobar que una cosa no coliga con la otra. Es al gobierno dominicano a quien le compete hacer llamados a la comunidad internacional, como repetidamente lo ha hecho el presidente Abinader. (El gobierno está manejando con mucha prudencia la situación.) Tampoco le compete al Instituto albergar preocupación alguna por la posible amenaza a la estabilidad de nuestro país, dando la impresión de que estamos frente a un monstruoso enemigo que podría dar al traste con nuestra estabilidad económica y nuestra paz social. El impacto de las “marchas patrióticas”, por el contrario, lo que pueden lograr es azuzar los odios, la xenofobia y el racismo que algunos segmentos de nuestro población albergan contra los haitianos por razones históricas. De ahí devendrían los oscuros instintos de la agresión.

Por lo que manda la misión institucional, el Instituto esta para enseñar las virtudes de Duarte y esas virtudes execran el posible odio contra los haitianos. Duarte dejó muy claro su pensamiento sobre nuestros hermanos haitianos cuando dijo: “Yo admiro al pueblo haitiano desde el momento en que, recorriendo las páginas de su historia, lo encuentro luchando desesperadamente contra poderes excesivamente superiores, y veo cómo los vence y cómo sale de la triste condición de esclavo para constituirse en nación libre e independiente. Le reconozco poseedor de dos virtudes eminentes, el amor a la libertad y el valor; pero los dominicanos, que en tantas ocasiones han vertido gloriosamente su sangre, ¿lo habrán hecho para sellar la afrenta de que en sus sacrificios le otorguen sus dominadores la gracia de besarles la mano? ¡No más humillación! ¡No más vergüenza! Si los españoles tienen su monarquía española, y Francia la suya francesa; si hasta los haitianos han construido la República Haitiana, ¿Por qué han de estar los dominicanos sometidos, ya a la Francia, ya a España, ya a los mismos haitianos, sin pensar construirse como los demás? ¡No, mil veces! ¡No más dominación! ¡Viva la República Dominicana!”.

De ese pensamiento no se puede destilar ni una onza de odio o animadversión de parte de Duarte hacia los haitianos y su nación. Por el contrario, Duarte expresa su admiración por el pueblo haitiano porque “lo encuentro luchando desesperadamente contra poderes excesivamente superiores, y veo como los vence y como sale de la triste condición de esclavo para constituirse en nación libre e independiente”. En su afán por crear y afincar los fundamentos de la nación dominicana el insigne patricio no culpó a nuestros vecinos, sino que reafirmó el derecho de convertirnos en una nación independiente, reconociendo respetuosamente el derecho de cada pueblo a ser libre e independiente.

Hoy la presencia de más de un millón de haitianos en nuestro territorio, muchos de ellos en situación de ilegalidad, no representa una invasión violenta o una avanzada de invasión. Representa la tragedia de un pueblo paupérrimo tratando de sobrevivir a través de la migración. Según un destacado articulista: “Si somos duartianos, debemos también tener el espíritu cristiano que él mostró frente a los haitianos. Nunca debe haber ni habrá una fusión entre República Dominicana y Haití. Pero tampoco debe haber ni odio, ni racismo, ni xenofobia ni discriminación contra los haitianos.” Duarte nos legó el dictamen supremo: “Sed justos lo primero, si queréis ser felices. Ese es el primer deber del hombre; y ser unidos, y así apagaréis la tea de la discordia y venceréis a vuestros enemigos, y la patria será libre y salva.”

Gran parte de nuestro pueblo llano tiene el derecho de repudiar la migración ilegal y la avalancha de parturientas haitianas. Nuestro país no dispone de los recursos suficientes para añadir más pobreza a un segmento de nuestra población que sufre sus embates. Pero de ahí a que emprendamos actitudes y acciones belicosas en contra de nuestros vecinos hay una gran distancia. Y más cuando si nos sinceramos nos percataríamos que la migración ilegal es nuestra propia culpa. Desde los consulados dominicanos que en Haití hacen zafra de los haitianos desposeídos, hasta los militares que usufructúan el trasiego ilegal en la frontera y los empresarios agrícolas y de la construcción que buscan pagar más bajos salarios, nosotros somos quienes propiciamos la migración ilegal.

El Instituto Duartiano emite fogonazos de intolerancia y mala voluntad hacia nuestros vecinos con sus “marchas patrióticas”. Estas tendrían mayor sentido si se hicieran para condenar las malas prácticas de nuestros conciudadanos que son culpables de la migración ilegal. Logrando erradicarlas consolidaríamos mejor nuestra nacionalidad. Alternativamente, su gestión sería más fructífera si se enfoca en promover la concordia entre los dos pueblos. En un esfuerzo mancomunado con una entidad similar de Haití se estaría honrando los principios del Tratado de Paz, Amistad y Arbitraje de 1929 y, como lo querría Duarte, sembrando la semilla del entendimiento entre los dos pueblos. Si el Instituto no cancela esas marchas no ama ni trabaja por la patria ni por la memoria de Duarte. ¡Zapatero a tus zapatos!

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