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sábado, 26 de septiembre de 2026
Un viaje a Haití para “causar problemas”

Un viaje a Haití para “causar problemas”

·26 de septiembre de 2026·4

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La contratación de los braceros haitianos que venían a la República Dominicana autorizada por el Convenio firmado entre los dos gobiernos en 1952, renovado y mejorado posteriormente en 1978, fue una piedra en el zapato cuando me designaron embajador en Haití en 1983. En ocasión de una primera cita, el presidente Salvador Jorge Blanco ofreció nombrarme, pese a los reparos que puse en otras dos entrevistas que sostuvimos en el Palacio Nacional, en presencia únicamente de doña Asela Mera de Jorge Blanco y el periodista y amigo Plinio Martínez.

Nunca se habló del tema de los braceros. Yo creía que esas cosas las manejaba el Consejo Estatal del Azúcar, CEA, y el ministerio de Trabajo de Haití. No sabía que el embajador dominicano participaba, aunque fuera en lo mínimo en esos tratos. Por ello fue sorpresivo que, tras acreditarme, recibí un encargo.

Se trataba de solicitar al presidente haitiano, Jean Claude Duvalier, una partida de varios miles de jornaleros que irían a trabajar en los ingenios del CEA, que todavía era un emporio de gran significación para la economía dominicana. Lo dirigía el licenciado Eulogio Santaella.

Yo había escrito numerosos artículos en el periódico Última Hora sobre la contratación de los braceros haitianos y los negocios que se hacían alrededor de ese convenio, que involucraba a políticos y militares como el diputado André León, de Juana Méndez, y el general Manuel Checo, del Ejército Nacional.

La contratación, cuyo convenio fue mejorado mucho cuando lo autorizó el presidente Guzmán en 1978, esencialmente consistía en el pago en efectivo de varios millones de dólares a cambio de algunos miles de braceros que venían al país “temporalmente” cuando ya los dominicanos se habían desencantado de ese trabajo.

Esos braceros debían retornar a sus hogares haitianos, pero muchos fueron a parar a los campos de las empresas azucareras del sector privado y otros, al terminar la zafra, se dispersaban entre la población cercana a los bateyes y comenzaron a engrosar los cinturones de miseria de Santo Domingo.

Cuando se concretizó la primera contratación de mi época, llegaron a Puerto Príncipe cuatro delegados del CEA encabezados por un coronel de apellido Dalmau que al parecer era el principal reclutador, un par de contadores y el piloto del avión Cesna que los traía. El CEA no les proveyó de alojamiento por lo que se quedaron, muertos de miedo, en mi residencia.

Al día siguiente fuimos a visitar al ministro de Trabajo de Haití, Theodore Achille, a quien debían entregar el dinero y firmar los papeles correspondientes. Achille me recibió primero y hablamos de cosas que no tenían nada que ver con la contratación que era la razón de la visita con los emisarios del CEA.

Me excusé y salí, para que la comisión del CEA entrara a la conversación, aunque ellos creyeron que yo había resuelto el tema. Observé que la comisión dominicana llegó con dos cajas negras del tipo de visitador a médico donde estaba el dinero. No tuve presente en la entrega ni vi un solo dólar. El CEA tampoco cubrió ningún gasto en que incurrió la embajada.

Hubo una segunda visita para contratar otro grupo de haitianos, pero no tuve nada que ver ni los delegados del CEA se acercaron por la embajada. Estaba claro que para mí era desagradable participar en la actividad como se lo había dicho al presidente Jorge Blanco cuando me comunicó sus instrucciones.

Por algunas razones en el gobierno del presidente Jean Claude Duvalier se creía que yo había ido a Haití a “causar problemas”. Algunas suspicacias salieron al parecer de la propia Cancillería dominicana, luego de que un embajador que pasó en tránsito por Washington ,DC, donde me desempeñaba como Consejero y Cónsul General, esparciera el rumor de que me nombrarían como el nuevo embajador en Haití. (Continuará).

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