
Una alerta a las 2:47 de la mañana, un conejo y 220.000 evacuados mientras Francia arde
BURDEOS, Francia, 29 julio. — El mensaje de alerta en el celular, marcado como “URGENTE”, llegó con un pitido en plena noche.
“Evacúen ahora mismo”, decía.
Tras despertarse de golpe, Morgane Bonichot actuó a toda prisa. Agarró a su hija de 9 años, a su conejo y a su perro, pero no se le ocurrió empacar ropa interior.
La trabajadora de jardín de infantes, de 40 años, se vio inmersa en una de las mayores evacuaciones que ha vivido Europa desde la Segunda Guerra Mundial, obligada junto con más de 220.000 personas a huir de un monstruoso incendio forestal en el suroeste de Francia que ha consumido una superficie cuatro veces mayor que París y está desafiando los enormes esfuerzos —en los que participan una docena de países— para controlarlo.
En retrospectiva, Bonichot cree que quizás debería haberlo visto venir.
Su hija estaba en el epicentro del incendio cuando se desató la semana pasada: se alojaba con un tío en medio de los pinares, el matorral y las tierras de cultivo que están siendo devorados por un infierno tan virulento que, por momentos, se ha transformado en una tormenta de fuego que se autoalimenta, lanzando rayos que han provocado aún más llamas.
La hija, que fue una de las primeras evacuadas por el incendio, regresó a casa el viernes. Pero, con las llamas cada vez más cerca de la casa de su madre al oeste de Burdeos, empezó a prepararse para huir otra vez.
“Preparó una maleta con un montón de cosas y me decía: ‘Mamá, tienes que preparar tu maleta porque nos van a tener que evacuar’”, contó Bonichot.
Apenas unas horas después, a las 2:47 de la madrugada, recibió en su teléfono la orden de evacuación para su pueblo, Saint-Jean-d’Illac.
“Incendio forestal en curso”, decía.
En total, las autoridades regionales han vaciado dos docenas de localidades y pueblos, algunos arrasados por el fuego. Otros situados entre el incendio y Burdeos, como Saint-Jean-d’Illac, fueron evacuados como medida de precaución por autoridades gubernamentales que aseguran que su prioridad es garantizar que no se pierda ninguna vida.
Las evacuaciones se pausaron el lunes, cuando el incendio detuvo su avance, pero se reanudaron el martes al reavivarse las llamas. Otras 4.000 personas fueron trasladadas desde campings y viviendas vacacionales en el extremo norte del incendio, lo que elevó el número de personas obligadas a huir a más de 220.000 solo en la región de Gironda. En España, los históricos incendios también han obligado a decenas de miles de evacuaciones, elevando el número de desplazados en el suroeste de Europa a aproximadamente un tercio de millón.
“Nos fuimos así, sin más”, afirmó Bonichot. “Mi coche se había averiado, así que los vecinos tuvieron que llevarme, junto con mi niña y los animales. Pero una de las vecinas tenía un gato y, con el olor del conejo la situación se complicó. Así que tuvo que dejarme”.
Después de pasar unos días en casa de su madre, volvieron a trasladarse, esta vez a un enorme centro de exposiciones en Burdeos que las autoridades municipales han convertido en un refugio temporal. Tiene catres, comida, servicios médicos y veterinarios, ropa y voluntarios que hacen lo que pueden para que la gente esté cómoda.
El conejo está en una jaula entre las camas de la madre y la hija, y el perro se acurruca en un cuenco grande. Tras un par de días en esas condiciones improvisadas, “empiezo a estar realmente agotada”, agregó.
Pero no quiere volver a su casa hasta estar segura de que no los evacuarán de nuevo.
“No puedo someter a mis animales a otro viaje. El único trayecto que deberían tener que hacer ahora es el de regreso a casa. Si no, para el conejo, el estrés podría ser mortal”, dijo.
“Y mi perro estaba deshidratado”, añadió. “Aquí hay aire acondicionado y de todo, así que por el momento está un poco mejor”.
Las autoridades de Gironda señalaron que no se permitirá el regreso de los evacuados hasta que el incendio esté contenido, aunque el martes dieron luz verde para volver a tres suburbios de Burdeos a donde no llegó el fuego. Se desconoce cuándo podrán regresar los demás. Los camiones de bomberos siguen corriendo de un foco a otro, mientras aeronaves arrojan agua y retardante. El martes podían verse nubes de humo desde kilómetros de distancia.
Incluso cuando se venza este infierno, es posible que el siguiente no tarde en llegar. Las sucesivas olas de calor de este año han dejado los bosques europeos secos como yesca. También han servido como recordatorio aleccionador de que el cambio climático causado por el ser humano hace que este tipo de fenómenos extremos sean cada vez más probables.
“Lo que de verdad me vuelve loca es que me preocupa muchísimo el futuro, porque cada año va a peor”, manifestó Bonichot.
“Va a ser una catástrofe”. AP
