Una bomba de relojería llamada Darién

Necoclí (Colombia), 7 oct (EFE).- En el pueblo colombiano de Necoclí ya se acostumbraron a que a diario cientos de personas acampen en sus playas a la espera de coger las lanchas que los llevan a la frontera de Panamá en una travesía migratoria hacia EE.UU. que crece cada día y amenaza con «explotar».

Es un flujo constante, itinerante, de personas de todo el mundo, familias enteras que caminan juntas y que solo comparten las ganas de conseguir un futuro mejor a cualquier costo, incluso el de pasar por uno de los pasos fronterizos más peligrosos del mundo: la aventura de una semana por una selva frondosa, montañosa, que dicen que se traga a las personas.

El año pasado, según cifras de las autoridades panameñas, cruzaron por el Tapón del Darién 133.726 personas, un número que jamás se había registrado por la dificultad del trayecto. Los números no paran de aumentar y en los primeros nueve meses de este año ya van 151.572.

Necoclí es la primera parada en la ruta por el Darién. Este es un pueblo antioqueño situado en la costa este del golfo del Urabá, en el Caribe colombiano, donde, arrullados por el vallenato y la salsa de los kioskos de la playa, los migrantes descansan acostados sobre la arena mientras sus hijos se bañan en el mar o juegan a hacer castillos con fichas de dominó.

SITUACIÓN COMPLICADA

«La situación está difícil. Nos va a estallar esta vaina en la cara», confiesa una persona de Capurganá, el pueblo que los recibe al otro lado del Golfo del Urabá, ya casi en la frontera con Panamá, y que conoce bien el negocio. Dice que cada día están pasando entre 1.200 y 1.600 personas, mientras el año pasado, por limitaciones del Gobierno colombiano, solo podían pasar 650.

Desde que comenzó a recibir este éxodo constante de personas en tránsito, un fenómeno que siempre ha existido pero que el año pasado se disparó, Necoclí ha evolucionado. La migración es un negocio fácil de percibir.

Ahora el edificio de la empresa que gestiona las lanchas que lleva a los migrantes -que es la misma que usan los turistas que quieren disfrutar de este paradisíaco rincón de Colombia- está en expansión: compraron tres embarcaciones más.

Hay más hoteles y los negocios informales, de venta de comida, botas de caucho o cambio de dólares, florecen por el humilde paseo marítimo donde la basura se acumula en las esquinas y los migrantes caminan de un lado para otro haciendo acopio de lo necesario para la travesía por la selva.

El muelle de tablas de madera de apenas 200 metros ahora mira receloso al flamante muelle de cemento, que construyeron rápido, pero que no puede ser inaugurado porque es demasiado alto para las lanchas.

NUEVA OLA DE VENEZOLANOS

También han cambiado quienes pasan por aquí. Mientras el año pasado casi la totalidad fueron haitianos, este año más del 70 % son venezolanos, algunos de los cuales se suben a las lanchas tarareando «Pedro Navaja», del panameño Rubén Blades, cuando se escucha de fondo.

Leonardo no consiguió tiquetes en las lanchas hasta el domingo, así que su familia, las 40 personas que lo acompañan, tendrán que esperar hasta entonces en la playa.

«Algunos dicen que Venezuela se mejoró, pero es una gran mentira», dice Yasmari, una de los miembros de esta gran familia. Vienen de Venezuela -o de otros países donde primero probaron suerte, como Perú, Chile o la propia Colombia- alentados por conocidos que desde Estados Unidos les dicen que allí las cosas están mejor.

No dudan en confesar que les da miedo lo que tienen por delante, una selva donde los riesgos intrínsecos de las crecidas de ríos, picaduras de insectos, empinadas lomas repletas de lodo y las lluvias torrenciales se juntan con robos, violaciones y otros peligros.

Pero eso, aseguran, es mejor que quedarse de donde vienen. El miedo no opaca la voluntad de conseguir un futuro, aunque eso suponga hacer costumbre una realidad que roza lo irreal y sobre todo lo inhumano.

Irene Escudero

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