
“Yo soy en cierto modo, un instrumento del destino”
Jatzel Roman
Esta fue la reflexión sobre sí mismo que compartió el doctor Joaquín Balaguer cuando anunció el 24 de marzo de 1970 su primera repostulación consecutiva a la presidencia del país. Aquel discurso, transmitido al país en cadena nacional el mismo día que miembros del Movimiento Popular Dominicano (MPD) procedieron a secuestrar al coronel Donald Joseph Crowley, agregado militar de la Embajada de Estados Unidos en Santo Domingo, se convirtió en uno de los más citados del estadista cuyo natalicio hace 120 años hoy observamos.
Sin hacer siquiera una sola mención explícita al secuestro ni a la subversión izquierdista como prolongación de la guerra civil de 1965, cuando diversos grupos de inspiración marxista-leninista optaban por la toma del poder vía las armas tanto aquí como en el resto del continente, basó su alocución en el mensaje de moderación con que había ganado las elecciones cuatro años antes. No hacía falta el señalamiento, los hechos alrededor de la fecha hablaban por sí solos, tal como le expresara el profesor Juan Bosch al periodista Víctor Grimaldi durante la extensa conversación transcrita en 1977 mirando hacia atrás.
Esa misma pieza oratoria de Balaguer contiene una de las expresiones con las que más se le asoció durante el resto de su vida y más allá, a pesar de que era una cita directa a lo dicho por otro presidente también ligado a la unificación de un país destruido por la guerra interna, desatando las mayores pasiones imaginables. El líder reformista citó textualmente al presidente republicano Abraham Lincoln al momento de aceptar la candidatura de su partido en 1864 mientras el odio fratricida llenaba de sangre el suelo americano y proclamó:
“No me imagino ser el hombre que más vale de este país, pero me acuerdo siempre de aquel cuento de un holandés que, yendo de viaje, decía a sus acompañantes que no es bueno cambiar de caballos cuando se está vadeando un río”
Aquella anécdota, trasladada del fragor de la Guerra de Secesión estadounidense a la convulsa realidad dominicana de 1970, resumía con singular precisión la justificación de su permanencia en el poder. El presidente Balaguer no se presentaba como un político que aspiraba a prolongar su mandato, sino como un hombre que por las circunstancias de la historia, entendía que había sido colocado al frente del país para conducirlo a través de un período que consideraba inconcluso.
El pueblo dominicano no fue el único en América Latina golpeado por la polarización ideológica de entonces, ni el más herido por ella, pero lo que sí somos es el que mejor transición logró en una encrucijada que pudo haber significado el salto definitivo hacia el fondo del abismo pedregoso. En gran medida, eso se lo debemos al liderazgo político con que fuimos bendecidos en el momento clave, tanto desde la oposición, representada por el profesor Juan Bosch y el doctor José Francisco Peña Gómez, como en el gobierno que lideró entonces Balaguer. Otras naciones cuando se vieron en la misma disyuntiva, sucumbieron ante la tentación de la confrontación entre los extremos, dejando sus sociedades atrapadas en ciclos interminables de inestabilidad.
Si hoy existe una presidencia de la República con la fortaleza necesaria para implementar políticas desarrollistas, es porque en lugar de dejarse llevar por la gloria personal momentánea que habría traído un rápido retiro en 1970, el gobernante de esa coyuntura apostó al robustecimiento de la Jefatura de Estado democrática al ritmo que las circunstancias demandaban. Gradualismo del cual bien hubiesen podido aprender quienes pensaron que las limitaciones casi absolutas a la autoridad presidencial eran por sí solas garantía de democracia, error que los hechos subsiguientes se han encargado de ilustrar en un vecindario afectado por la fragilidad política.
En torno a aquella dualidad filosófica giraban las discusiones de esa época, durando hasta tiempos muy recientes en que por fin se reconoció a la reelección consecutiva, aunque limitada, como una herramienta legítima para la implementación de una agenda pública. El primer mandatario de la nación estaba muy consciente de ello y fue por eso que en el mismo discurso respondió de manera directa ironizando que:
“A los que arguyen que la reelección puede ser una fuente de conflicto, yo les preguntaría a mi vez, si el simple hecho de mi desaparición del escenario público, ¿traería la virtud de serenas todas las pasiones o de impedir que a quienes me sustituyan, le hagan una oposición todavía más violenta, si acaso de un tono, rabiosamente más sectaria? No creo que los conflictos a los que aluden, los genere yo, sino que esos conflictos, los genera esta silla en que me encuentro sentado”
Era la silla y no quien circunstancialmente la ocupaba el verdadero objeto de la disputa. Dejarla a su suerte en ese momento habría equivalido a permitir una lucha sin cuartel como la que con frecuencia leemos en las noticias de otras latitudes y agradecemos que aquí no sucede así. Eso no sucede en automático ni es algo que por razones biológicas tengamos reservado como país, es el resultado de una construcción de nación que ha requerido de dirigentes capaces de tomar en serio su encomienda, a sabiendas que el poder, antes que un privilegio, es una responsabilidad frente a la historia.
Es difícil entender la República Dominicana contemporánea sin reconocer que en medio de toda esa turbulencia, hubo decisiones que contribuyeron a mantener al país alejado de los destinos más agoreros.
Para esta toma de decisiones, conviene siempre reconocer, como lo hizo el presidente Joaquín Balaguer, cuando nos toca servir como instrumentos del destino nacional.
