¿En qué se parece este gobierno a la tiranía de Ulises Heureaux?

Felipe Ciprián
Cuando República Dominicana vive un largo periodo de incertidumbre, endeudamiento, mala calidad de la educación, los servicios y acciones coercitivas para cercenar los derechos ciudadanos, lo ideal es repasar períodos históricos parecidos y las lecciones de sus desenlaces.
Ulises Heureaux (Lilís) debió ser el oficial que acuñó los mayores conocimientos militares a la sombra de Gregorio Luperón durante la Guerra de la Restauración entre 1863 y 1865.
Para acumular ese acervo guerrero y político, Lilís se vio favorecido por una inteligencia natural extraordinaria que no necesitó de la academia para alcanzar un alto desarrollo.
Contrario a su maestro que tenía conocimientos elevados para su época y se codeaba con grandes intelectuales del país y de Europa, Lilís combinaba su demostrada bravura con un desprecio total por la vida de sus contrarios, se aprovechó de sus posiciones para agenciarse recursos y como gobernante convirtió la acción política en un ejercicio permanente de traiciones, represión, exilio y muerte de sus enemigos.
Durante los cuatro lustros que gobernó al país, además de matar, encarcelar y exiliar a contrarios y amigos –incluido el mismo Luperón-, su desprecio por los hombres de honor y capacidad lo condujo por un sendero que hundió al país en una de las peores crisis económicas y de endeudamiento externo, que al final determinaron su asesinato el 26 de julio de 1899 en una bodega en Moca.
Asesinar a un tirano como Lilís que tenía 20 años sometiendo al pueblo a sus brutales métodos de persecución, fue posible porque la forma en que concentró todo el poder, amañó las instituciones y acalló las voces críticas de la nación, no dejaba dudas a nadie de que sería imposible vencerlo por elecciones.
No había opción, pero tampoco un partido organizado que se planteara descabezar su gobierno.
El paso lo dieron hombres de honradez y valor que dedicados al cultivo de la tierra, hicieron a un lado la yunta de bueyes y el arado, la coa y el azadón, para empuñar el revólver y prestarle un servicio histórico a la patria.
Horacio Vásquez y Ramón Cáceres encabezaron a un pequeño grupo que emboscó a Lilís y en un breve intercambio de disparos, lo eliminó para poner fin a su tiranía.
Nuevo gobierno
Muerto Lilís, que era el único bando político organizado, los primeros días fueron de incertidumbre y conmoción, los que rápidamente se disiparon debido a que el pueblo se sacudió y dio respaldo a Vásquez y a Cáceres, quienes salieron de la manigua en San Francisco de Macorís y marcharon sobre las ciudades, las que conquistaron sus pequeñas tropas con relativa facilidad.
La falta de ambición política de los que pusieron fin a la vida de Lilís era tal que liquidado su gobierno, Horacio no mostró interés en ser el gobernante que se había ganado la posición en el campo de batalla y prefirió cederla a Juan Isidro Jimenes, quien con mayor experiencia en administración de negocios y academia, venía de regreso del exilio.
Pese a los golpes que recibió el lilisismo al perder a su caudillo y el poder, tras 20 años en el gobierno conservaban fuerza política, capacidad de maniobra y experiencia para tratar de torcer el rumbo de la historia.
Los sectores patrióticos no tenían un partido en ese momento, no disponían de un programa ni de un liderazgo sólido capaz de cohesionar a una importante fracción de la población que se había cultivado en las ideas revolucionarias de Eugenio María de Hostos y sus aventajados alumnos.
Por eso no resultó difícil que poco tiempo después de asesinar a Lilís, de asumir el gobierno Jimenes con apoyo de Horacio como vicepresidente y Cáceres como jefe militar, los remanentes del depuesto tirano lograran provocar la división del bando patriótico en lo que devino en un enfrentamiento militar que dio al traste con el poder de Jimenes a manos de Horacio.
Los bolos y coludos estaban naciendo para alegría de los lilisistas que no tenían fuerza para dar la batalla contra los patriotas unificados.
El presente
Las raíces primigenias del gobierno de Luis Abinader y el PRM son el viejo PRD fundado en 1939 en La Habana, Cuba, con el propósito de luchar para derrocar la dictadura de Rafael Trujillo.
Por décadas, el PRD marchó por ese camino aunque no logró su objetivo. A Trujillo lo asesina la coyuntura cambiante del Caribe que venía derrotando una a una las tiranías de la región y la decisión de Estados Unidos de eliminar el régimen que ellos habían sustentado durante 30 años para que no lo hicieran las guerrillas inspiradas en la Revolución Cubana que lideró Fidel Castro.
El momento de mayor gloria del PRD fue la integración de la mayoría de sus dirigentes y militantes en la Guerra de 1965 y el enfrentamiento a la agresión militar estadounidense iniciada el 28 de abril de 1965.
Esas páginas de gloria quedaron manchadas por un ejercicio de gobierno malo, que descuartizó potentes sindicatos, entronizó la corrupción y desmadró las empresas del Estado que sobrevivieron a la guerra y los 12 años de gobierno de Joaquín Balaguer.
Lo que ha seguido posteriormente es una estela de gobiernos que instrumentalizan a las masas que les niegan educación, para que les renueven poder a caudillos políticos asociados a la oligarquía y entregados completamente a las órdenes de los imperios.
Aunque con métodos más sutiles, así hemos llegado a una situación muy parecida a la que imperaba bajo la tiranía de Lilís.
Un país endeudado hasta el límite, una población sin horizonte y desesperada por emigrar por la falta de oportunidades, un gobierno tratando de provocar la autocensura y la persecución penal contra las voces críticas de sus prevaricaciones y la inoperancia, carestía de alimentos, medicinas, pasajes y servicios; generando un panorama de desaliento general y desprecio por los partidos políticos y la falta de honestidad de sus dirigentes.
La lección del presente es que por absurdo que parezca un momento, el pueblo dominicano siempre sabrá cómo abrir un hueco para que pasen las grandes masas gritando libertad y destronando tiranías.
