Enfoque ¿Tiene valor económico la vida de Darlin Mercado?

Por Haivanjoe Ng Cortiñas
La muerte del joven Darlin Mercado ha conmovido profundamente a la sociedad dominicana. Su partida, ocurrida en circunstancias que las autoridades están llamadas a esclarecer con absoluta transparencia, ha despertado dolor, indignación y una reflexión inevitable sobre el valor de la vida humana y la responsabilidad del Estado de protegerla.
Toda muerte prematura representa una tragedia. Pero cuando ocurre durante una actuación de quienes constitucionalmente tienen el deber de preservar la vida y garantizar la seguridad ciudadana, el hecho adquiere una dimensión aún mayor. No solo pierde una familia; también pierde la sociedad, porque se debilita la confianza en las instituciones y se resiente uno de los principios esenciales del Estado de derecho: la protección de la dignidad humana.
La vida humana posee un valor intrínseco. No depende del ingreso, la profesión, el patrimonio ni de la utilidad económica de una persona. Cada ser humano posee una dignidad propia e irrepetible. Por ello, el derecho a la vida ocupa el primer lugar entre los derechos fundamentales y constituye la base sobre la cual descansan todos los demás.
La economía no cuestiona ese principio; lo complementa desde otra perspectiva. Su propósito consiste en medir las consecuencias que determinadas decisiones producen sobre el bienestar colectivo. Precisamente por ello ha desarrollado herramientas que permiten estimar cuánto pierde una sociedad cuando una vida se extingue de manera prematura.
Una de ellas es el Valor Estadístico de la Vida, utilizado por gobiernos y organismos internacionales para evaluar políticas públicas. El nombre no pretende ponerle precio a una persona. Lo que estima es el beneficio social de evitar una muerte. Gracias a esta metodología, los gobiernos pueden determinar cuánto conviene invertir en carreteras más seguras, hospitales mejor equipados, prevención del delito, regulación ambiental, capacitación policial o sistemas de respuesta a emergencias.
En pocas palabras no responde cuánto vale una persona; responde cuánto gana la sociedad cuando logra salvar una vida.
Si se quisiera aproximar la dimensión económica de esta tragedia utilizando metodologías reconocidas internacionalmente, los resultados serían reveladores. Conviene aclarar que se trata únicamente de estimaciones ilustrativas, jamás de una valoración de la vida de Darlin Mercado.
Por una parte, el enfoque del capital humano permitiría estimar que la muerte prematura de un joven de 18 años como Darlin podría representar, en valor presente, una pérdida de hasta RD$15 millones, correspondiente a la productividad, los ingresos del trabajo que desempeñaba y la contribución económica que el país dejaría de recibir durante el resto de su vida laboral.
Por otra parte, una estimación del Valor Estadístico de la Vida, adaptada al contexto de una economía como la dominicana, podría situarse hasta en RD$90 millones. Esta cifra tampoco representa el precio de una vida humana. Expresa el beneficio social que obtiene una sociedad cuando logra evitar una muerte prematura y constituye una referencia utilizada para evaluar inversiones públicas en seguridad, salud, infraestructura vial y prevención de la violencia.
La diferencia es fundamental. Mientras el enfoque del capital humano cuantifica la producción que la economía deja de generar por la pérdida de una persona, el Valor Estadístico de la Vida estima el beneficio social de preservar esa vida. Ninguna de las dos pretende asignarle un precio a un ser humano. El verdadero valor de la vida de Darlin Mercado pertenece al ámbito de la dignidad, la ética y los derechos fundamentales; dimensiones que ninguna metodología económica puede expresar en términos monetarios.
La economía desarrollo estas herramientas para darle métrica a lo que la filosofía, la ética y el derecho habían comprendido desde hace siglos: proteger una vida no solo constituye un deber moral; también es la inversión pública con el mayor retorno económico y social que puede realizar un Estado.
Con apenas 18 años, Darlin trabajaba como sonidista y luminotécnico de eventos. Apenas iniciaba una vida productiva cuyo potencial estaba por desarrollarse. Tenía por delante décadas para adquirir experiencia, innovar, emprender, formar una familia y contribuir al crecimiento económico del país.
Desde la perspectiva económica, junto con su muerte desaparecieron años de producción, consumo, ahorro, inversión y creación de riqueza. La sociedad perdió un trabajador, un posible empresario, un contribuyente y un ciudadano que todavía tenía la mayor parte de su vida por delante.
Pero incluso esa explicación resulta insuficiente.
Darlin no era únicamente un agente económico. Era un hijo, un hermano, un amigo y un joven con sueños y aspiraciones. Ningún modelo matemático puede medir el sufrimiento de una madre, el vacío que deja una ausencia definitiva o los proyectos que jamás podrán realizarse.
Ahí termina la economía y comienza la condición humana.
Precisamente por eso, el Valor Estadístico de la Vida y el enfoque del capital humano no deshumanizan a las personas. Todo lo contrario. Demuestran que proteger la vida también es una decisión racional, eficiente y socialmente rentable. Cuando el Estado invierte en hospitales, educación, seguridad vial, prevención de la violencia o capacitación policial, no realiza simplemente un gasto; está efectuando la inversión con mayor retorno social posible: preservar vidas humanas.
Esta reflexión adquiere especial importancia cuando una muerte ocurre en el contexto de una actuación policial.
En una democracia, el Estado posee el monopolio legítimo del uso de la fuerza. Pero esa legitimidad está condicionada por la Constitución, la ley y los principios de legalidad, necesidad, proporcionalidad y rendición de cuentas. La autoridad existe para proteger la vida, no para convertir su pérdida en una consecuencia evitable del ejercicio de sus funciones.
Cada vez que una intervención policial termina con la muerte de un ciudadano, corresponde a las autoridades investigar con independencia, establecer las responsabilidades que procedan conforme al debido proceso y revisar los protocolos institucionales para impedir que hechos semejantes vuelvan a repetirse.
No hacerlo tiene un costo que trasciende el caso particular.
La confianza ciudadana es uno de los activos más valiosos de cualquier democracia. Cuando se deteriora, aumentan la incertidumbre, el miedo y la percepción de vulnerabilidad. También aparecen costos económicos: mayor gasto privado en seguridad, menor inversión, debilitamiento de la cohesión social y pérdida de productividad.
Si una sola muerte prematura puede representar una pérdida social estimada de decenas de millones de pesos, entonces cada inversión destinada a profesionalizar la Policía, fortalecer sus protocolos de actuación, mejorar la supervisión y perfeccionar la formación en el uso proporcional de la fuerza deja de ser un gasto presupuestario para convertirse en una de las inversiones públicas con mayor rentabilidad económica y social.
El éxito de una política de seguridad no debería medirse por la cantidad de operativos realizados ni por el número de enfrentamientos registrados. Debería medirse, sobre todo, por la cantidad de vidas protegidas.
La muerte de Darlin Mercado debe servir para reafirmar que la preservación de la vida constituye el objetivo superior de toda institución pública. La mejor policía no es la que hace mayor uso de la fuerza, sino la que posee la preparación suficiente para resolver situaciones complejas minimizando el riesgo para todas las personas involucradas.
La economía puede calcular cuánto pierde una sociedad cuando una vida se extingue antes de tiempo. Puede estimar los años de productividad que desaparecen, el capital humano que deja de existir e incluso el beneficio social asociado a evitar una muerte mediante el Valor Estadístico de la Vida.
La economía nunca podrá medir el silencio que invade un hogar cuando un hijo no regresa, el sufrimiento de una madre que pierde a su hijo o el vacío que deja un joven cuyo futuro fue interrumpido antes de desplegar todo su potencial.
Ahí terminan las matemáticas y comienza la conciencia de una nación.
La vida de Darlin Mercado no tenía precio. Pero su pérdida nos recuerda que el costo humano, institucional, económico y moral de una muerte prematura es inmensamente superior a cualquier cifra que pueda calcular la economía.
