Máximo Gómez Báez

Por Wilkins Román Samot
San Juan, Puerto Rico. - Máximo Gómez Báez (1836–1905), conocido como ”El Generalísimo”, fue el genio militar detrás de la independencia de Cuba. Curiosamente, no era cubano, sino dominicano, nacido en Baní. Es una de las figuras más fascinantes de la historia militar americana, comparado a menudo con estrategas de la talla de Napoleón o Bolívar por su dominio de la guerra de guerrillas.
El Maestro del Machete
Gómez transformó una herramienta de trabajo agrícola en un arma de guerra aterradora. Fue él quien introdujo la ”carga al machete” en la Guerra de los Diez Años (1868). Al mando de tropas que a menudo carecían de armas de fuego y municiones, utilizaba la velocidad de la caballería y el filo de los machetes para desarticular a las disciplinadas columnas de infantería española.
El Estratega de la “Tierra Quemada”
Gómez entendía que Cuba era una colonia rica que financiaba su propia ocupación. Para derrotar a España, aplicó una estrategia implacable: destruir la base económica de la isla.
Prohibió la zafra azucarera y ordenó quemar los cañaverales y las infraestructuras que servían al ejército español.
Su lógica era clara: “Si no hay azúcar para España, no hay dinero para la guerra”.
Los “Tres Generales” del Invierno
Gómez solía decir que sus mejores generales eran Junio, Julio y Agosto. Se refería a que el clima tropical de Cuba, con su calor extremo y sus enfermedades (como la fiebre amarilla), diezmaba a las tropas españolas recién llegadas de Europa, mientras que sus soldados (“mambises”) estaban adaptados al terreno.
La Invasión a Occidente
Junto a Antonio Maceo, lideró la histórica invasión de 1895. Mientras Maceo era la fuerza de choque, Gómez era el cerebro estratégico. Juntos llevaron la guerra desde el oriente de la isla hasta Pinar del río, cruzando la “Trocha de Júcaro a Morón” (una línea fortificada española que se creía impenetrable), dejando al ejército español en total desconcierto.
El Manifiesto de Montecristi
Antes de iniciar la guerra final en 1895, firmó junto a José Martí en la República Dominicana el Manifiesto de Montecristi. Este documento explicaba al mundo las razones de la guerra y establecía que la lucha no era contra los españoles, sino contra el régimen colonial. La unión del pensamiento de Martí y la espada de Gómez fue lo que hizo posible la independencia.
Un Hombre de Ética y Desprendimiento
Al finalizar la guerra en 1898, tras la intervención de Estados Unidos, Gómez se negó a participar en la política activa para la presidencia. A pesar de ser el hombre más poderoso de la isla, mantuvo una postura de humildad y principios.
Cuando fue destituido de su cargo de Generalísimo por la Asamblea de Representantes (debido a conflictos sobre el pago de las tropas), respondió con una elegancia histórica: ”Extranjero como soy, no he venido a servir a este pueblo ayudándole a defender su causa de libertad para recibir premios y honores”.
Máximo Gómez murió en La Habana en 1905, amado por el pueblo cubano que lo adoptó como uno de sus hijos más ilustres. Representa el internacionalismo antillano: un dominicano que entregó 30 años de su vida, su familia (su hijo Francisco “Panchito” Gómez Toro murió en combate junto a Maceo) y su salud por la libertad de una tierra que no era la suya, pero que él sentía como parte de una sola patria caribeña.
