La Propuesta Digital
miércoles, 1 de julio de 2026

No se fueron; regresaron

·1 de julio de 2026·20
No se fueron; regresaron
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La gente dice: “Se fueron”. Yo prefiero decir: regresaron.
Por: Gilka Meléndez

El sábado, y nuevamente ayer, recibí dos noticias que entristecieron mi corazón. Dos personas queridas habían concluido su paso por esta vida: Nedir y Cherry. La distancia no disminuye el dolor.

Escribí a sus familiares buscando palabras de consuelo y les dije algo que brotó de lo más profundo de mi fe: "No se fue; regresó."

No he dejado de pensar en esas palabras. Quizás porque expresan mejor lo que siento. Quizás porque la palabra regresar tiene algo de esperanza, mientras que partir parece dejarlo todo en el vacío.

La humanidad ha intentado responder la misma pregunta desde el comienzo de los tiempos: ¿qué ocurre cuando termina la vida? Religiones, filósofos, poetas y científicos han buscado comprender ese misterio.

Incluso, a comienzos del siglo pasado, el médico estadounidense Duncan MacDougall realizó el célebre experimento que dio origen a la teoría de los “21 gramos”, al observar una aparente pérdida de peso en el instante de la muerte. La ciencia nunca pudo confirmar aquella hipótesis. Sin embargo, ese intento revela algo profundamente humano: nuestra necesidad de comprender si existe algo de nosotros que trascienda al cuerpo.

Mi respuesta no nace de un laboratorio. Nace de la fe. Y creo que esa fue precisamente la razón por la que Jesucristo vino al mundo: no solo para anunciarnos que la muerte no tiene la última palabra, sino para enseñarnos cómo debemos vivir mientras permanecemos aquí.

Y resumió toda esa enseñanza en apenas seis palabras que contienen una revolución espiritual: “Amaos los unos a los otros.”

He pensado muchas veces que, si la humanidad hubiera comprendido realmente el significado de esas seis palabras, probablemente la historia sería distinta. Habría menos guerras y más reconciliación. Menos odio y más compasión. Menos corrupción y más integridad. Menos ambición desmedida y más justicia.

Porque el amor al que Jesús se refería no era un sentimiento pasajero. Era una forma de vivir.

Con los años también he comprendido que creer es muy diferente a saber. La ciencia continúa buscando respuestas sobre el universo visible. La fe nos invita a explorar el universo invisible. No son necesariamente caminos opuestos.

Ambos nacen de la misma necesidad profundamente humana de comprender quiénes somos y cuál es el sentido de nuestra existencia.

La vida, al final, termina convirtiéndose en una escuela. Todos nos equivocamos. Todos caemos. Todos herimos y somos heridos. Pero también todos recibimos la oportunidad de aprender, rectificar, pedir perdón y comenzar de nuevo.

Quizás esa sea una de las mayores expresiones del amor de Dios: no exigir perfección, sino esperar que cada experiencia nos haga mejores seres humanos.

Con frecuencia creemos que el éxito consiste en acumular bienes, reconocimiento o poder. Sin embargo, cuando la muerte toca nuestra puerta, ninguna de esas cosas viaja con nosotros.

Lo único que permanece es el bien que hicimos. Permanece una palabra que alivió un dolor. Una mano tendida en el momento oportuno. Un acto silencioso de generosidad. Un abrazo. Un perdón. Una vida vivida con dignidad.

Tal vez por eso el verdadero legado de una persona nunca se mide por lo que tuvo, sino por el amor que dejó sembrado en quienes tuvieron el privilegio de conocerla.

Hoy pienso en Nedir y en Cherry con gratitud. No porque ya no estén físicamente entre nosotros, sino porque su paso por esta tierra dejó recuerdos, afectos y enseñanzas que continúan vivos en quienes los amaron.

Y entonces vuelvo a la frase que escribí casi sin pensar: No se fueron. Regresaron.

Regresaron al origen de toda luz, de toda verdad y de todo amor.

Mientras tanto, nosotros seguimos aquí. Todavía tenemos tiempo para corregir un error, reconciliarnos con alguien, pedir perdón, ofrecer una mano, cuidar la creación, amar un poco más y juzgar un poco menos.

Porque quizás el verdadero milagro no consista en descubrir qué ocurre después de la muerte. Quizás el verdadero milagro sea vivir de tal manera que, cuando llegue nuestro momento de regresar, dejemos detrás de nosotros un mundo un poco mejor del que encontramos.

Ese, creo yo, es el sentido más profundo de nuestra existencia.

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