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martes, 7 de julio de 2026

Soy psicólogo. No todo el mundo debería ir a terapia

·7 de julio de 2026·3
Soy psicólogo. No todo el mundo debería ir a terapia
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Por Harvey Lieberman
Lieberman es psicólogo y uno de los fundadores del Institute for Community Living, una organización de servicios sociales.
La terapia puede ser esencial, lo sé como psicólogo clínico con más de 50 años de experiencia. Una persona con pensamientos intrusivos persistentes puede aprender maneras de reducir la intensidad de esas ideas. Alguien que esté pasando por una crisis severa puede concebir una perspectiva que le ayude a equilibrar su modo de pensar.

Pero por lo que me cuentan antiguos pacientes y colegas, muchas personas suelen recurrir a la terapia no por trastornos del pensamiento, sino por circunstancias difíciles: soledad, conflictos en el trabajo, problemas económicos. La terapia parece haberse convertido en la receta por defecto para todo tipo de infelicidad.

Cualquier persona que solo necesite que alguien lo escuche puede sacar algún beneficio de la terapia. Pero cuando cada dificultad se busca tratar con un profesional, corremos el riesgo de confundir los problemas de salud mental que requieren tratamiento con problemas de aislamiento u otros temas circunstanciales.

La infelicidad no suele ser un trastorno, sino una condición estructural. En 2023, el cirujano general de Estados Unidos identificó la soledad y el aislamiento social como problemas urgentes de salud pública. Señaló la erosión de las relaciones sociales cotidianas como causa principal, pero gran parte de la respuesta se ha enfocado en ampliar el acceso a la atención clínica en lugar de reconstruir la vida relacional. En 2019, aproximadamente uno de cada 10 adultos estadounidenses dijo haber recibido asesoramiento o terapia. En 2024, esa cifra había aumentado a más o menos uno de cada siete.

Las grietas del sistema clínico empiezan a hacerse evidentes. En muchas partes, las listas de espera para ir a terapia se prolongan por meses, y los profesionales de salud se quejan de agotamiento. Los pacientes con los problemas más graves se ven obligados a competir por el limitado tiempo disponible, y aquellos que buscan principalmente amistad y conexión pueden acabar sintiéndose decepcionados.

Parte de la confusión está en lo que la terapia realmente ofrece. Cuando es eficaz, suele ayudar con problemas persistentes que vienen del interior: pensamientos obsesivos que vuelven por mucho que intentes ignorarlos, miedos que de manera reiterada dañan relaciones, periodos de desesperación que continúan incluso cuando las circunstancias de la vida mejoran. La terapia puede resultar especialmente útil cuando los hábitos de las personas profundizan su sufrimiento o cuando las experiencias dolorosas siguen siendo difíciles de entender por uno mismo. Pero cuando la angustia se debe principalmente a dificultades situacionales o a la falta de comunidad, es posible que la terapia no sea la mejor opción.

Consideremos algunas dificultades situacionales: frustraciones con el cuidado de los niños, ansiedad después de mudarte a un lugar nuevo, una disputa familiar. A veces, estos problemas pueden afectar tu forma de pensar de maneras que es posible que la terapia ayude. Pero por sí mismos, estos problemas no requieren necesariamente una intervención clínica. Pueden ser dolorosos sin que reflejen un trastorno.

Hay quien diría que la perspectiva constante y neutral de un terapeuta ayuda a cualquier persona. Es cierto que a mucha gente le viene bien tener un lugar donde pensar y sentirse escuchado, y tener la atención disciplinada de un terapeuta. Pero las herramientas de la terapia son limitadas.

En mi consulta, ayudaba a los pacientes a ver sus problemas desde una nueva perspectiva, pero esa perspectiva solo podía ayudar hasta cierto punto si otras circunstancias no cambiaban. Algunos pacientes que venían tras una crisis vital me contaban que, tras unas cuantas sesiones, empezaban a volver a conectar con amigos y familiares y buscaban el apoyo que no habían sabido pedir durante la crisis. En retrospectiva, creo que restablecer esas conexiones era tan importante como cualquier cosa de la que habláramos en la consulta.

En nuestro entorno, cada vez más situaciones que antes se consideraban parte de la vida ahora se ven como problemas que necesitan tratamiento. Algunos psiquiatras como Allen Frances, quien dirigió el grupo de trabajo que elaboró una versión previa del manual de diagnóstico de trastornos mentales, han advertido sobre la “inflación diagnóstica”. El duelo prolongado tiene ahora su propia categoría diagnóstica. Los nuevos diagnósticos, que en parte buscaban reducir el sobrediagnóstico del trastorno bipolar infantil, también pueden considerar más comportamientos infantiles —como los berrinches o rabietas— en el espectro de los trastornos del estado de ánimo.

Conforme los límites entre un trastorno incapacitante y la angustia cotidiana se difuminan, la gente puede empezar a ver su sufrimiento desde una perspectiva clínica. Pero, a menudo, la angustia funciona menos como un síntoma y más como una señal. Sentirse ansioso no significa padecer un trastorno de ansiedad. Podría indicar que hay circunstancias que vale la pena cambiar.

Antes de recurrir a la terapia, piensa en hablar con alguien en quien confíes, hacer voluntariado, inscribirte a hacer alguna actividad comunitaria o volver a conectar con un grupo que antes fue importante para ti. Las relaciones significativas casi nunca surgen de la noche a la mañana, pero todos esos son pequeños pasos para crear vínculos más profundos. A veces, la esperanza llega antes que la compañía. Si tu malestar sigue afectando tu vida diaria y tus relaciones, la terapia podría ser el siguiente paso adecuado.

Reconstruir relaciones no solo debería recaer en los individuos, también en los colegios, los lugares de trabajo y los gobiernos. El Reino Unido ha abordado la soledad con una estrategia nacional que incluye un programa de “prescripción social”, un modelo diseñado para ofrecer a los pacientes planes de atención personalizados que los pongan en contacto con grupos comunitarios y oportunidades de voluntariado. Japón creó una Oficina de Políticas sobre Soledad y Aislamiento que ha apoyado iniciativas comunitarias para afrontar la desconexión social.

En Estados Unidos, los estados o condados podrían adoptar un enfoque similar: muchas de las instituciones que dan forma a la conexión social —bibliotecas, colegios, programas de ocio— se organizan y reciben apoyo a nivel local. Las agencias gubernamentales podrían ayudar a las comunidades a medir la soledad, identificar a los grupos de mayor riesgo y apoyar las iniciativas de acercamiento que conecten a los residentes con recursos existentes. El reto no suele ser crear nuevas oportunidades de conexión, sino ayudar a las personas aisladas a descubrir y participar en las que ya existen.

El psicólogo William Schofield describió una vez la psicoterapia como “la compra de amistad”. Más de 60 años después, sus palabras siguen siendo ciertas: las sociedades modernas han formalizado la práctica de recibir la atención constante de otras personas. Para algunas personas, la terapia puede ayudar de maneras que nada más puede hacerlo. Pero muchos descubrirán que las mejores formas de comprensión y apoyo emocional vienen de redes informales de familiares, vecinos y amigos, no del sistema de salud.
Fuente: The New York Times

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