Ucrania en la era del mundo desunido

Este es un artículo de opinión de Gustavo González, periodista, magíster en Comunicación Política, exdirector de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile y corresponsal y editor de IPS en varios países.

SANTIAGO DE CHILE– La nebulosa de Andrómeda es una atractiva novela de ciencia ficción, publicada por primera vez en español en 1965 por las Ediciones en Lenguas Extranjeras de Moscú. Fue en muchos sentidos una novedad para los aficionados al género, que conocieron la obra de un soviético en un terreno narrativo hegemonizado en aquellos años por escritores de habla inglesa, como Ray Bradbury, Isaac Asimov o Philip Dick.

Recordar hoy a propósito de la guerra en Ucrania la novela del biólogo, filósofo y escritor ruso-soviético Ivan Efremov (1908-1972) es más que un ejercicio literario, porque La nebulosa de Andrómeda fue tal vez la más audaz de las utopías comunistas, una prefiguración de un mundo feliz imposible de vislumbrar en el actual escenario internacional.

Efremov terminó de escribir esta obra en 1952 y fue publicada en 1957, bajo el proceso de desestalinización comandado por Nikita Jrushov, porque el libro apuntaba “errores” cometidos en la construcción del socialismo que podían interpretarse como una crítica a Iosif Stalin.

Ambientada en la futurista Era del gran círculo, en una civilización galáctica que advendría tras varios milenios, la novela hace en algunos pasajes una retrospectiva desde nuestra Era del mundo desunido, caracterizada por “los siglos sombríos del capitalismo”, que desembocaron en el siglo del desgajamiento, donde se enfrentaron los “viejos estados capitalistas” con “los nuevos estados socialistas”, para que finalmente triunfaran estos últimos y dieran paso a la Era de la unificación mundial.

El autor, Gustavo González

Desde que en 1848 Karl Marx proclamara “¡Proletarios de todos los países, uníos!”, como colofón del Manifiesto Comunista, para los marxistas la unificación mundial se conjugaría en clave de un internacionalismo regido por las identidades de clase y no por nacionalidades, religiones, etnias o fronteras. No está de más recordar que la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) se llamó así precisamente por los soviets, asambleas de obreros, campesinos y soldados.

La vocación internacionalista generó algunas heroicas páginas en la historia, pero no persistió como un sello distintivo de la promesa de un mundo unido en torno al socialismo. Al contrario, en la Guerra Fría pasó a ser un mal argumento de respaldo a intervenciones militares en el Este de Europa, como zona de influencia de la URSS.

Un chiste de agosto de 1968. En plena invasión del Pacto de Varsovia a Checoslovaquia, una enfervorizada multitud rodea en Praga a un tanque soviético. Se abre la escotilla y se asoma el tanquista que lanza esta proclama: ¡Proletarios de todos los países, uníos… o disparo!

Más de algún viejo profesor de teoría marxista enseñaba con sentido crítico en aquellos años que las deformaciones del “socialismo real” tenían su origen en el predominio de los intereses de Estado por sobre los intereses de clase.

El sometimiento represivo y burocrático que el estalinismo ejerció sobre los diversos pueblos que integraron la URSS persistió en toda la Guerra Fría y explica la rápida fragmentación tanto de la Unión Soviética como de los países de Europa del Este desde la caída del muro de Berlín en 1989.

Fue tan frágil la supuesta hermandad en el socialismo, tan precario ese internacionalismo impuesto desde arriba, que no solo se produjo el desmembramiento, sino que además los nuevos gobiernos del Este europeo, así como algunas ex repúblicas soviéticas corrieron a abrazar el capitalismo y a pedir su ingreso a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), con el beneplácito de Estados Unidos.

La Era de la unificación mundial, soñada en la utopía de Efremov, parecía más al alcance desde “los viejos estados capitalistas”, aunque al poco andar se demostraría que la hegemonía unipolar de Washington estaba lejos de garantizar un mundo sin guerras, sino que, al contrario, se intensificarían viejos y nuevos conflictos.

El combate al terrorismo tras el 11 de Septiembre produjo más víctimas que el terrorismo mismo y alimentó fundamentalismos religiosos y nacionalistas con sus secuelas dramáticas de migraciones masivas. La “pax americana”, como su ancestral antecesora, la “pax romana”, defendía el centro del imperio sometiendo a la periferia.

Nuestra Era del mundo desunido volvió a teñirse de belicismo desde Afganistán hasta el Golfo y el África subsahariana, con la imposición artificial de “primaveras árabes” en Egipto y Libia que derivaron en dictaduras o estados fallidos, para recalar en Siria, donde los equilibrios geopolíticos impulsaron el involucramiento de Rusia, Irán y Turquía, además de Estados Unidos, dando aviso del retorno de la Guerra Fría.

Todo eso parecía importar poco hasta la invasión de Ucrania. Las Naciones Unidas y la propia OTAN soslayaban con una criminal indiferencia la agresión combinada de Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos contra Yemen, que en siete años ha dejado 377 000 muertos, 70 % niños menores de cinco años.

Es que el mundo desunido se une en el comercio y no admite preocupación por los derechos humanos ni en África, América Latina o China.

También la sangrienta normalización de Europa del Este tras la caída del muro de Berlín, sobre todo en la exYugoslavia, perdió pronto relevancia. Las tensiones acumuladas se miraban de reojo hasta que Rusia quiso ponerle un tardío freno a la expansión de la OTAN en sus fronteras y Vladimir Putin apuntó los dardos hacia Kiev.

El Occidente civilizado descubrió con mal disimulada sorpresa que la Guerra Fría no había muerto, aunque ya no era posible vestirla como una confrontación ideológica entre capitalismo y socialismo.

Para los sostenedores del discurso antiimperialista que campeaba en la izquierda en la segunda mitad del siglo XX, resultaba grato que Moscú recuperara protagonismo, contrarrestando a Washington en Siria.

Del mismo modo, la decepción que ha significado el gobierno de Joe Biden, que lejos de corregir las intemperancias de Donald Trump, intentó superarlo con discursos prepotentes de cara a China y la propia Rusia, justificaría una cierta adhesión a Putin.

Sin embargo, resulta incomprensible que sectores de la izquierda marxista pretendan reivindicar al actual presidente ruso tras la invasión a Ucrania como símbolo de un renacido antiimperialismo.

Putin es un nacionalista conservador, gestor en Rusia de un sistema neoliberal en lo económico con un régimen político que apela a lo más profundo del “alma rusa” para imponer desde las urnas una autocracia con rasgos de totalitarismo.

Tal vez en eso el exagente de la KGB puede asimilarse a Stalin, pero de ningún modo a los revolucionarios bolcheviques que en 1917 quisieron sembrar la simiente de lo que varias décadas después Ivan Efremov caracterizara en su utopía como “los nuevos estados socialistas”.

Hay una batería de discutibles argumentos a favor de la invasión ordenada por el Kremlin, desde antecedentes históricos que remiten al zarismo, hasta la “desnazificación” de Ucrania.

Pero en lo sustantivo la única razón atendible es la respuesta a los afanes expansivos de la OTAN, con un trasfondo en que la irreconciliable beligerancia entre Moscú y Kiev es en última instancia otra desgarradora demostración de que el internacionalismo que guió la creación de la URSS fue incapaz de despejar los nacionalismos prototípicos de esta Era del mundo desunido.

La utopía de La nebulosa de Andrómeda ya no es una apuesta idealizada que se proyectaba al futuro, sino una ingenua ensoñación por el momento rescatable solo como una pieza curiosa en la literatura de ciencia ficción.

Este artículo se publicó originalmente en el diario digital chileno El Mostrador.

IPS/Noticias

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